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Despropósito

Poner Redención a hombros es un capricho, no una necesidad

Redención a su entrada en la Plaza Mayor.

El pasado marzo, en su asamblea ordinaria, la Cofradía de Jesús Nazareno, vulgo “Congregación”, aprobaba, a propuesta de la junta directiva, sacar a hombros el paso de Redención. Aunque no fui, me dicen que sobre el particular no hubo polémica. Uno no acaba de entender muy bien qué necesidad había de tocar una obra de arte, siquiera sea para lo que se hizo: sacarla en procesión. En su ya casi centenaria historia ninguna directiva osó meter las manos en lo que Mariano Benlliure Gil (1862-1947) concibió como un todo. El encargo de Redención, me permitirán que lo recuerde, dio lugar a una monumental y agria polémica que puso al descubierto dos cosas: la inveterada tacañería local para afrontar un proyecto de calidad y por consiguiente costoso, y los codazos entre la directiva de la cofradía y la Junta de Fomento, por quién habría de atribuirse el mérito. El asunto, pese a todo y a todos, pudo salir adelante gracias a la solvencia y amistad con el artista del entonces secretario de la Congregación, Jacinto González Justel. Su estreno, en la Semana Santa de 1931, fue una extravagancia que no encajó muy bien la conservadora sociedad de provincias, ni la propia cofradía, que no entendió había adquirido antes que un paso, una obra de arte sin paragón en su modesto patrimonio, de ahí que no se atreviese a remplazar el artesanal grupo de Justo Fernández, que en definitiva es para lo que se hizo.

Cada año habrá que realizar una compleja y delicada labor, cual es montar y desmontar las imágenes, ya que en el museo se exhibirán con la mesa original, saliendo en la procesión con otra, que será más grande para dar cabida a cuarenta cargadores

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Redención, lo he dicho más de una vez, es la mejor obra que tiene la Cofradía de Jesús Nazareno, el mejor de los pasos procesionales que talló el genial artista valenciano, y me atrevería a decir uno de los mejores de la imaginería procesional del siglo XX español. Sin embargo, su concepción, su estética y acabado, nada tienen que ver con la escultura religiosa tradicional, pues su finalidad no era darle culto; solo así se explica su bendición en el Museo Provincial de Bellas Artes, donde Benlliure quiso también se exhibiese. Resuelto como uno de los muchos monumentos urbanos que realizó, sin embargo la improvisada solución adoptada para sacarlo en procesión, fue un fracaso, pues además de antiestética, la hacía poco menos que imposible dado su elevado peso; razón por la que en 1932, sensatamente, se le colocaron ruedas. A estos problemas hay que unir que, en contra de la opinión del artista, se llevó a la panera, sepultando así una moderna obra de arte sacro en un almacén.

Como he dicho, desde entonces ninguna directiva ha tocado el paso, aunque en 1994 se le colocaron unas molduras para iluminar los paños de la mesa, y me consta que se hizo con profesionalidad, y de forma escrupulosa. Algunos recordarán que antaño hubo un intento de hacer lo que ahora se pretende, aunque ignoro por qué se abandonó. Bien, no es necesario recordar que la exquisita mesa sobre la que va, y cuyo programa iconográfico Benlliure ya había empleado en otras obras, fue pasada a madera por el escultor valenciano Juan García Taléns (1890-1961).

Redención Estudio Mynt

Ese todo que ambas obras forman, y su equilibrada simbiosis, no debería alterarse por algo que es un capricho, no una necesidad. El brindis a la carga a hombros tendrá muchos partidarios, pero el paso no ganará, pues por lo que se conoce, cada año habrá que realizar una compleja y delicada labor, cual es montar y desmontar las imágenes, ya que en el museo se exhibirán con la mesa original, saliendo en la procesión con otra, que obvia decir, será más grande para dar cabida a una cuadrilla de cuarenta cargadores. Además, por mucha seguridad con que la maniobra se realice no evitará que un conjunto patrimonial frágil y de tanta calidad sufra. Ya se puso de manifiesto cuando en 2003 se llevó a la edición de las Edades del Hombre celebrada en Segovia, desaconsejando los técnicos de la empresa especializada encargada de su traslado desmontarlo, porque mesa e imágenes sufrirían.

Que se haya aprobado por mayoría en asamblea no da legitimidad a lo que, en mi opinión, es un despropósito ante el que las seráficas voces de la Semana Santa han enmudecido; como también la del asesor artístico de la cofradía

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Dicho lo dicho, para los desmemoriados o los que lo ignoren, les recuerdo que la recuperación de la carga a hombros contó con el viento a favor de la nostalgia, y el dinero de parte de los cargadores. Entonces, todo se hizo pensando en ellos, sin tener en cuenta la escala de imágenes y mesas, ajustadas a sus reducidos tableros originales, descoyuntando, al ampliarlas, su concepción original. El que paga exige. En algunos casos ha sido tan evidente que La Verónica luce hoy dos mesas, la vieja que le sirve de peana, y la nueva, por no hablar del exuberante exorno foral que lleva en la procesión, hasta el punto que la imagen allí arriba simula el remate de una tarta nupcial. Obviamente, hay más ejemplos. El que unos pocos pasos aún vayan sobre ruedas, como es el caso de Redención, no ha sido por falta de cargadores, sino porque sus peculiares características lo aconsejan. El bucle de la tradición, incrustado en algunas mentes obtusas, no parará hasta erradicarlas, al precio que sea. Quedan pocas. El que el asunto se haya aprobado por mayoría en la asamblea – sin entrar a cuestionar si la escasa asistencia la hace representativa – no da legitimidad a lo que, en mi opinión, es un despropósito, ante el que las seráficas voces que siempre opinan sobre la Semana Santa han enmudecido; como también la del asesor artístico de la cofradía, que entendemos está de acuerdo con el desaguisado. Una vez más el chantaje “semanasantero” amordaza las conciencias, sin que sea necesario controlar los medios de comunicación como hace el malvado Putin. Tampoco cabe esperar nada de los responsables de Patrimonio, aunque la Semana Santa esté declarada bien de interés cultural. Mejor no meterse en ese charco. En fin, a cubierto, no siendo que el próximo sea el Cristo de las Injurias, que, a contracorriente de la tradición, también va en un carro.

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