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Escultura del siglo XX en Zamora

El audaz empeño de rastrear la “honda intimidad de la materia”

Presumir de ser la “ciudad del románico” está muy bien, pero parece que no hubiera aquí más arte que el medieval. Por ello, no es de extrañar que haya consumido, desde tiempo atrás, las energías de muchos investigadores, en detrimento de otras manifestaciones que, no por discretas, dejan de ser también atractivas. Sin embargo, sería faltar a la verdad decir que aquí el arte de nuestro tiempo no ha preocupado, es más creo modestamente que pocas ciudades de nuestra escala pueden presumir de ello. Me explico. Desde fines de los años ochenta del siglo pasado el interés por el estudio de la arquitectura y el urbanismo – la ciudad es un todo no solo vetustas piedras – no ha dejado de crecer, y cuenta con una obra capital: “Arquitectura y Urbanismo en Zamora, 1850-1950”, (2009), de Álvaro Ávila de la Torre, de cuyo frondoso tronco han salido otras. No puede decirse lo mismo del resto de las artes plásticas, salvo la honrosa excepción de “Pintura del siglo XX en Zamora”, (2005), que fue también la tesis doctoral de Inés Gutiérrez Carbajal. ¿Qué sucede para que a nadie interese el estudio de las artes plásticas contemporáneas locales? Habría que preguntar en las escuelas y facultades de la cosa para saber la respuesta, pero sin dudar que el arte contemporáneo tenga en ellas su espacio, rara vez tiene reflejo en trabajos de grado, máster y doctorado. El que alguien se atreva, porque no deja de ser una audacia, a husmear en el arte de nuestro tiempo, convendrán conmigo constituye una extravagancia, que entraña su dificultad – toda investigación la tiene –, empezando por dejar de lado perjuicios tales como pensar que escribir sobre el arte y los artistas locales es una pérdida de tiempo, dada su escasa relevancia y nula trascendencia. De manera que si esto no cambia, mucho me temo que el vacío historiográfico vaya para largo.

Todo o casi todo es aquí nuevo, pues salvo en el caso de Eduardo Barrón, Baltasar Lobo y José Luís Coomonte, cuya obra es más conocida, el resto de artistas no disponía de estudios específicos, y este libro los rescata del anonimato

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Pero yendo a lo que pretendo transmitirles, se cumple ahora un año de la presentación de otro importante libro de Inés Gutiérrez Carbajal, que viene a ser metafóricamente la pareja de baile del anterior: “Escultura del siglo XX en Zamora”. Si en el libro sobre la pintura Gutiérrez Carbajal levantó una máquina portentosa, en la que dio a conocer vida y milagros de cuarenta y siete pintores nacidos en Zamora, desde José Álvarez Lozano (1874-1951) a Javier Carpintero (1967-), en este, aun siendo menos de la mitad los escultores estudiados, el esfuerzo no ha sido menor. La contrastada metodología seguida en su tesis, vuelve a mostrase aquí eficaz, aunando una vez más escrutinio riguroso de las fuentes documentales, testimonios personales de artistas o personas cercanas, análisis de sus obras, de las que incorpora relación detallada, así como de sus exposiciones, premios y galardones, y bibliografía sobre cada uno de ellos. Suma este estudio dieciocho biografías, que se inician con Eduardo Barrón (1858-1911), el último de los escultores decimonónicos que traspasó el umbral del siglo XX, y llega hasta el más joven de los contemporáneos, Daniel Lorenzo Goñi, nacido en 1975. Además de estos estudios monográficos, el trabajo incorpora un apartado con semblanzas de otros escultores, podríamos decir menores, y una simple nómina de los que constituyen la última generación, fuera ya de los límites cronológicos fijados. Pese a ser las biografías el núcleo y la parte sustancial del libro, hay otros capítulos de interés como el estudio del mecenazgo de la Diputación Provincial, que permitió a muchos de ellos formarse, incluidos los trabajos que estos enviaron para justificar ayudas y pensiones, y otras donaciones y adquisiciones. Labor propia de orfebre es haber elaborado una exhaustiva relación de las exposiciones de escultura celebradas en la provincia durante el pasado siglo, así como el catálogo de la escultura urbana provincial, recogidos en los apéndices.

Escultura del siglo XX en Zamora

Escultura del siglo XX en Zamora

Hay que significar que todo o casi todo es aquí nuevo, pues salvo en el caso de Eduardo Barrón, Baltasar Lobo y José Luís Coomonte, cuya obra es más conocida, el resto de artistas no disponían de estudios específicos, y este libro los rescata del anonimato. A lo dicho hay que añadir la singularidad de ser un estudio de larga duración, lo que nos da idea del esfuerzo, patente en la abrumadora nómina de notas de pie de página, en las que nada escapa a la erudición, ya sea un artículo o una simple nota de prensa. Lo que lo convierte, al igual que su anterior estudio sobre la pintura, en una obra de referencia, que puede ser el punto de partida de nuevos trabajos. Pocos peros pueden ponerse al libro, que une al esfuerzo intelectual el no menos gravoso de haber costeado la autora su publicación, salvo que esta edición no es tan primorosa como “Pintura de siglo veinte en Zamora”, cuyo diseño y maqueta estuvieron al cuidado de Carlos Andrés Fernández Gutiérrez. Si no fuera porque ambas investigaciones consumieron dos décadas de trabajo, bien podrían haberse publicado juntas.

Obra de Baltasar Lobo

Como se apunta en el prólogo, y no acierto a entender muy bien por qué, el Instituto de Estudios Zamoranos, que en 2005 publicó su tesis, le ha negado ahora la gracia, como si este libro desmereciera del anterior. Es inadmisible, y ciertamente humillante, como también se aclara, que se le impusiese como condición corregir el manuscrito. Lamentablemente el provincianismo académico, que también existe, y la miopía, si no la mala fe, de quien lo valoró, han privado al IEZ de haber tenido en su catálogo este importante y exclusivo libro, que, por lo que me cuentan, va camino de agotarse. G. Orwell, hablando de la libertad intelectual, venía a decir – cito de memoria – que para quien escribe hay unos enemigos más “prácticos” que los clásicos censores de las dictaduras, como lo son el monopolio y la burocracia que existen en una democracia. Que la publicación de un libro dependa de la voluntad de un funcionario o de quien represente su papel, no debería tener más límites que su interés o valor científico. En fin, estas formas sibilinas o burdas de vetar o prohibir una publicación, máxime cuando manejas dinero público, no son más que censura pura y dura. Este primero de mayo se cumplieron ciento setenta años del nacimiento del científico más importante y universal que ha dado la historia española, Santiago Ramón y Cajal, del que echo mano por su manoseada frase “investigar en España es llorar”, que para la ocasión viene al pelo.

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