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Luis Miguel de Dios

Buena jera

Luis Miguel de Dios

Inútiles y presuntos delincuentes

Muchas de las nuevas normas nos consideran estúpidos y propensos a ser culpables

Dos agentes la Policía Eduardo Sanz / Europa Press

Lo primero que hago muchos días nada más levantarme de la cama es mirar a ver si he cometido algún delito sin ser consciente de ello. Y, de paso, comprobar mi grado de inutilidad para estos tiempos supermodernos en los que es difícil estar a la última si no alcanzas a comprender para qué sirve un (o una) influencer y te tropiezas, de buenas a primeras y nada más abrir el periódico, con streaming, thriller, sytart-up, coworking, bluetooth, rider, revolving, backwaters, snippts y no sigo porque si recojo más palabrejas de esas, no cabrían en este artículo y no estamos para derrochar papel. El caso es que cuando te adentras en algunas lecturas “actuales” te entra un fuerte complejo de estupidez, de ser un tonto del haba que está en este mundo por haber de todo y porque así lo reclama la biodiversidad. Entiendes la mitad de lo que tendrías que entender si nos expresáramos en el maravilloso idioma con el que matamos al padre Latín.

Y esa sensación de inutilidad crece conforme te vas enterando (diccionario en mano) de otras cosillas, como por ejemplo qué hace un youtuber para convertirse en millonario o cómo se desarrolla una family banker o dónde hay que estudiar para entrar en la happy new society (me supongo que matricularse en varios masters en universidades americanas). Así que te pasas la mañana tratando de averiguar cómo y por qué hemos llegado a esta situación y qué nos espera en el futuro. Y lo pasas mal. En tiempos de tamaña incertidumbre no es fácil hallar el camino correcto ni encontrar explicaciones a tanta, y tan gran, zozobra. Menos mal que un par de vinitos con sus correspondientes tapas y alguna charla “normal” en la barra de un bar suelen aliviar el sufrimiento. Los viejos remedios no pasan de moda. Además, hablar el castellano de toda la vida reconforta y cura; es un bálsamo.

Los hombres y mujeres del campo recelaban de los escritos y las cartas; solo solían traer malas noticias, arbitrios, impuestos, denuncias. Ahora te los mandan por correo electrónico (el que tenga y sepa usarlo), pero viene a ser lo mismo

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De modo que sale uno a la calle herido por la constatada ignorancia en su propia lengua y, a poco que se descuide, se topa con otra terrible realidad servida en bandeja por los listos del barrio: la presunción de culpabilidad. Ya sé que, en el mundo jurídico, y penal, está recogida la presunción de inocencia, pero parece que eso está cambiando conforme avanza el Progreso. Sacamos una ley o una disposición nueva y casi lo primero es fijar las penas y los castigos para quien pase por allí. Y en muchos casos desde el absurdo de quien legisla u ordena contra el sentido común y sin poner los pies en la tierra. No se pueden quemar residuos en el campo. ¿Y donde los quemamos si nos dicen que hay que limpiar bien todo para evitar incendios? Hay cuidar hasta el infinito el bienestar animal. De acuerdo totalmente, pero ¿hasta el extremo de ponerlo por delante de las personas? Esa pregunta se la hacen gentes que siempre tuvieron perros y gatos en casa y que ahora ven como vienen urbanitas a darles consejos e, incluso, a echarles broncas. Ya son ellos los que más saben de mascotas, de sus costumbres y de sus necesidades. Y si hace falta, en inglés.

Esa tendencia-moda-obsesión por reglamentarlo todo y por ir sumando preceptos a la lista de prohibiciones es como un corsé. No haga, no diga (o dígalo con acento yanqui), no cace, no toree, no siembre más que lo que yo le diga…En fin, un ahogo, que se nota especialmente en sectores y formas de vida que no han estado sujetos a horarios y sí a normas naturales. De ahí que, como decía Miguel Delibes, los hombres y mujeres del campo recelaran de los escritos y las cartas; solo solían traer malas noticias, arbitrios, impuestos, denuncias. Ahora te los mandan por correo electrónico (el que tenga y sepa usarlo), pero viene a ser lo mismo, aunque más vanguardista.

La mezcla de inutilidad y presunta delincuencia nos está llevando a una alarmante pérdida de autoestima. Lo nota uno por la calle, sobre todo cuando el paisano de a pie ha de leer y releer una noticia para enterarse de lo que pasa y de lo que le afecta. Y tiene que llamar al nieto para ver si se aclara. ¿Le podrá explicar el muchacho por qué para poder podar una encina tiene que dar su visto bueno un “experto” que tal vez no sepa que en esos arbolitos nacen bellotas?, ¿cómo explicarle también que no se pueden tapar con ripio los baches de los caminos porque se atenta contra no se sabe qué y se arriesga uno a multas?

El listado de chorradas amenaza con prolongarse hasta el infinito. Todo el que manda quiere dejar su sello y demostrar que tiene la sartén por el mango. El día menos pensado nos ponen en inglés la palabra sartén. Y todo arreglado. ¿Ven que fácil?

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