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david refoyo

El Cerco: de Pedrero a Klanghor

El concierto de mañana puede ser la última oportunidad para agradecerles su intento por actualizar el romancero a través del rock

REPRESENTACIÓN DEL CERCO DE ZAMORA ANA BURRIEZA

La dijo Antonio Pedrero en clase de dibujo artístico. Tenía dieciséis años y nunca antes la había escuchado. Habíamos salido a bocetar a los jardines del Castillo. A esa edad, los carboncillos volaban por encima de las normas y el maestro afilaba nuestra mirada consciente de que la práctica era la mejor enseñanza. A mí me gustaba dibujar la torre de la Catedral. La dibujaba en los cuadernos, en los blocs, en las mesas de la Escuela de Arte. A Pedrero aquella obsesión le hacía gracia y repetía que “Todos llevamos una ciudad dentro, / ciudad que nos alienta y nos acusa”, parafraseando a su buen amigo Claudio Rodríguez que acababa de morir.

Todos éramos ignorantes entonces, más que ahora, pero teníamos una enorme capacidad de asombro. Cómo no sorprenderse si cursábamos bachillerato en un castillo medieval. Cómo no sentir el peso de la historia sobre los hombros, el talento de profesores como Flecha, Bartolomé, Acilu o el mismo Antonio. Llegábamos casi de noche vislumbrando la Torre del Homenaje y pensábamos en Arias Gonzalo y en el Romancero. Conversábamos en el patio de armas, recorríamos las almenas y los tejados. Y dibujaba la torre, otra vez, desde lugares desconocidos aún para los zamoranos y los turistas.

Organizamos un concierto para pagarnos el viaje de fin de curso. Qué atrevido, ahora que lo pienso, decir organizar. Montamos un escenario y trajimos un grupo. Entonces se llamaban Fuera de lugar, luego serían Klanghor

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Organizamos un concierto para pagarnos el viaje de fin de curso. Qué atrevido, ahora que lo pienso, decir organizar. Montamos un escenario y trajimos un grupo. Entonces se llamaban Fuera de lugar, luego serían Klanghor. Entonces se valoraba el directo, el volumen de los amplificadores o las canciones propias. No conocíamos el autotune y la música urbana eran los Leño, quizá Extremoduro. Manu Acilu, el cantante y guitarrista, era el hijo del director y eso facilitó los trámites para celebrar la vida en aquel patio que hoy no es nada.

Recuerdo aquella tarde preparando el concierto. Era junio, teníamos más pelo y camisetas de Los Suaves. Y ganas, muchas ganas. Recuerdo al bajista, Javi Pino, llamándome Clifor por primera vez. Admiraba el edificio, feliz de tocar en el Castillo, el escenario del Cerco que tanto nos seducía. Estaba alegre, como si hubiera llegado a donde siempre soñó, pero solo teníamos diecisiete años. Supe que no estaba solo, que había otros freaks de nuestra historia y de las leyendas que nos contaban nuestros padres. Otros que se sabían de memoria pasajes del Romancero y disfrutaban recitándolos, normalmente, al calor del vino. Y nos hicimos amigos. No hay amor más puro que la amistad adolescente.

Los fines de semana, en el Rivera, un bar de Los Herreros donde vivíamos, charlábamos durante horas. El mundo estaba por hacer y parecía que nombrándolo sería más fácil hacernos un sitio. Me dijo que trabajaba en unas letras sobre El Cerco y pude leerlas cuando todavía no eran canciones. Arturo Cepeda, el compositor de la banda, trabajó durante meses en hacer de aquellas palabras sueltas un disco redondo. Una obra conceptual de una ambición pocas veces vista en esta ciudad, a caballo entre todas las vertientes del rock y con largos tentáculos en la tradición. Una pequeña y desconocida obra maestra que, como ocurre casi siempre en Zamora, apenas tuvo repercusión cuando se publicó en dos mil cinco.

El disco, que se puede escuchar remasterizado en Spotify, cuenta con catorce pistas que recorren la historia (quizá la leyenda) del Cerco de Zamora. Cada uno de los temas describe un acontecimiento clave

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Acababa de incorporarse Manumón como batería, uno de los músicos más versátiles y pasionales que conozco; directivo de Mubaza, la asociación de músicos y bandas de Zamora. La música era y sigue siendo su vida y sabía contagiarnos a todos. Les aportó el salto de calidad que necesitaban. Ya sonaban como un grupo de verdad, como aquellos que escuchábamos pasándonos cedés piratas de mano en mano. Klanghor se convirtió en sinónimo de calidad, de técnica, de elegancia. El único grupo de metal que versionaba a Metallica y a Paul McCartney en un mismo espectáculo. El único capaz de integrar las cántigas de Alfonso X el Sabio dentro de sus canciones.

Javi, Arturo y yo íbamos a la biblioteca. Leíamos para documentar el proyecto. Yo les echaba una mano mientras ellos tomaban de aquí y de allá para dotar al disco de verdad histórica. Había respeto: a los muertos y a los personajes, en un apasionado ejercicio de actualización que debió tener más recorrido. Siempre creímos que el Cerco merecía más difusión, quizá una gran película, una serie bien producida, cierta visibilidad internacional. Teníamos fe en Vellido y Doña Urraca, pensábamos en Braveheart y nos daba envidia comprobar cómo los demás sabían vender sus historias mientras aquí, con los ingredientes suficientes, éramos incapaces de salir fuera de nuestra particular muralla. La aspiración de llevar el Cerco lejos de nuestras fronteras estaba ahí. Y ahí se quedó.

Teníamos fe en Vellido y Doña Urraca, pensábamos en Braveheart y nos daba envidia comprobar cómo los demás sabían vender sus historias mientras aquí, con los ingredientes suficientes, éramos incapaces de salir fuera de nuestra particular muralla

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El disco, que se puede escuchar remasterizado en Spotify, cuenta con catorce pistas que recorren la historia (quizá la leyenda) del Cerco de Zamora. Cada uno de los temas describe un acontecimiento clave. Desde el reparto de tierras de Fernando I hasta el reto del Campo de la Verdad. Vellido, Urraca o Sancho parecen hablarnos desde otro tiempo. Sus riffs suenan a batalla, a traición y a heroísmo, conceptos en desuso. Incluye detalles como la versión eléctrica de Mater Mea sobre la pieza de Ricardo Dorado; pero también el Cancionero de folklore zamorano de Miguel Manzano, La primavera de Antonio Vivaldi o el Preludio para piano a cuatro manos homenaje a Bach de Miguel Berdión. Siempre respetamos nuestro pasado, a pesar de no haber leído a Claudio Rodríguez entonces, pero la ciudad nos alentaba sin ser conscientes.

Zamora es tierra de grandes artistas, pero no sabemos apreciarlos mientras viven. Ocurrió con Claudio y con Waldo y ocurrirá con Pedrero, a quien debemos una gran retrospectiva que dignifique su obra y sus aportaciones, no ya a la ciudad, sino a la historia del arte. Y pienso en Klanghor y su concierto del próximo 11 de septiembre en la Plaza de la Catedral donde tocarán íntegramente ese disco, “Zamora”, dentro de la programación que conmemora el 950 aniversario del Cerco. Quizá sea su último concierto. Quizá no haya más oportunidades para agradecerles su intento por actualizar el romancero a través del rock y darlo a conocer a un público más amplio (tal vez más joven, no lo sé). El Cerco, sin duda, lo merece.

(*) Escritor

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