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La Opinión de Zamora

Manuel Antón.

El trato directo, un valor que cotiza a la baja

En la sociedad en la que vivimos, las buenas maneras ni se aprecian ni se valoran

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Tiempo ha, quien trabajaba con lealtad y ahínco para una empresa, podía hablar con el jefe y, si lo deseaba, llegar a alcanzar en ella la jubilación; quien confiaba sus ahorros a un banco, cuando se acercaba a su oficina para interesarse por algo era atendido con amabilidad por alguno de sus empleados, que, generalmente, ponía todo su interés en dar cumplida satisfacción a cuanto se le pudiera demandar; quien era cliente asiduo de un establecimiento comercial, sabía que podía esperar de sus dependientes, e incluso del dueño, un trato directo, digno y respetuoso; y quien tenía que resolver un asunto con algún organismo oficial, aunque lo de “vuelva usted mañana” se pueda recordar, siempre encontraba una “ventanilla” y a un empleado público a quien poder exponer sus dudas…. Todo o casi todo era así porque tanto en casa como en la escuela te enseñaban que la fidelidad y el trato correcto con cualquier persona, independientemente de su clase y condición, eran valores a practicar, como distintivos de cortesía, respeto y buena educación.

Los empresarios ejemplares, los banqueros honrados -que los había-, los comerciantes que sabían estar y los funcionarios de cualquier administración, entre otra mucha gente, tenían por costumbre hacer gala de un trato directo y respetuoso con quienes eran diligentes en su trabajo, leales en su comportamiento, fieles en su proceder o educados a la hora de acudir a donde fuere con buena disposición porque, entendían, en justa reciprocidad, merecían ser bien atendidos.

Dejemos de soñar con un mundo mejor y asumamos que una vez subidos al tren del “progreso” y atrapados por las redes, pocas posibilidades nos quedan de elegir a quien acudir, aunque solo sea para preguntar

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Hoy, por desgracia, en la sociedad en que vivimos, las buenas maneras, la corrección e incluso la fidelidad ni se aprecian ni se valoran, y en el trato nos hemos vuelto cicateros, ramplones y hasta huraños.

Si consigues un empleo, aunque demuestres tu valía y rindas día a día, has de andar con mucho tiento porque, cuando menos lo esperes, puede que alguien más joven y mejor preparado que tu esté esperando en la puerta para entrar a sustituirte, porque lo que impera es la inmediatez y la consecución de objetivos, y poco más….

Si tienes algún dinero y piensas depositarlo en un banco confiando en que te produzca algún rédito, lee bien la letra pequeña de todo lo que te den a firmar porque, si no lo haces, puede que cuando lo quieras rescatar te lleves alguna sorpresa desagradable que nadie te podrá explicar, entre otras razones porque quien te “vendió” el producto andará ya lejos, pues hoy en la banca la movilidad de los empleados es la norma (tal vez para evitar que nadie coja aprecio a nadie)…

Si contratas un servicio con alguna de esas compañías que ofrecen líneas para móviles, internet, televisión y alguna cosa más, date por despreciado desde el minuto uno porque cada vez que saquen una oferta más ventajosa que la que tu contrataste, y quieras acogerte a ella, te dirán que solo es para clientes nuevos, y a ti, aunque lleves un porrón de años abonando “religiosamente” tu cuota, que te den…

Y si, sea por lo que sea, tienes que acudir a una administración para resolver algún trámite, salvo que seas hermano, primo, o amiguísimo del funcionario de turno, tendrás que pedir cita vía Internet y esperar y esperar porque, aunque quien inventó el procedimiento administrativo creyó que lo tenía todo pensado, hoy, salvo en la sanidad, digo yo, en cualquier otra has de armarte de paciencia porque aquello de lo importante puede esperar y lo urgente debe esperar” al parecer, es la primera premisa.

Lo del trato directo, que ya no preferente, en correspondencia a los años de trabajo, a la fidelidad que hayas podido demostrar a lo largo del tiempo, o al madrugón que te puedas haber dado para estar el primero en la cola, es algo que hoy cotiza a la baja y que solo se da a los que pueden entrar por la puerta de atrás…

Y qué decir acerca de lo que te puede suceder si por causa alguna quieres solucionar un problema que se te haya presentado, hacer una consulta, o reclamar por algo que te pueda parecer injusto o mal facturado, me da igual el sitio... Pues que cada vez te resultará más difícil, por no decir imposible, que te atiendan personalmente; como mucho, puede que te indiquen como debes actuar, es decir, a través de una app, la página web, o llamando a un número que casi siempre está conectado a una grabadora con la que te da coraje hablar…. Y si consiguieses hablar con un operador, o una operadora de esas que te dicen: “le atiende fulanito/a, dígame…” procura no ir al grano desde el principio pues los hay que están más que aleccionados para dejarte con la palabra en la boca en el momento que pronuncies el término reclamación…

Es “lo que toca” y a lo que queramos o no tendremos que ir acostumbrándonos cada día más porque la deshumanización en el trato, mucho me temo, no tiene marcha atrás. Así que, dejemos de soñar con un mundo mejor y asumamos que una vez subidos al tren del “progreso” y atrapados por las redes, pocas posibilidades nos quedan de elegir a quien acudir, aunque solo sea para preguntar.

El progreso es lo que trae consigo, y a los mayores no nos quedará otra que claudicar y pensar que, como dijera el gran dramaturgo Pedro Calderón de la Barca:

“Yo sueño que estoy aquí,

destas prisiones cargado;

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son”.

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