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La Opinión de Zamora

Julio Llamazares

Julio Llamazares

Escritor y guionista. Autor de 'Luna de lobos', 'La lluvia amarilla', 'Cuaderno del Duero' y 'Atlas de la España imaginaria'.

Un minuto de silencio

Para determinados partidos de la derecha lo que vale para unos muertos no vale para los otros

opinion LOZ

La excusa más empleada por determinados partidos políticos españoles y por gran parte de quienes los apoyan para no cumplir con el mandato constitucional, moral y hasta evangélico (honrarás a los muertos) y rescatar de cunetas y fosas comunes a los más de 100.000 españoles que permanecen en ellas desde la Guerra Civil y la Dictadura franquista es que hay que dejar de mirar hacia atrás, puesto que ya ha pasado el tiempo y lo único que nos debe importar es el futuro. Es el mismo argumento que utilizaba el alcalde de Matiora en la película del ruso Elem Klimov «Adiós a Matiora» cuando, para convencer a los habitantes de su aldea de que debían aceptar la construcción de la presa y marcharse, les decía: «¿Dónde tenemos los ojos, en la parte delantera de la cabeza o en la trasera?... En la delantera, ¿no?... ¿Y por qué?... Pues muy sencillo: porque tenemos que mirar hacia delante, no hacia atrás». Más o menos era lo que decía el obediente (a las autoridades soviéticas) alcalde de Matiora a sus vecinos y más o menos es lo que nos vienen diciendo a los españoles desde que comenzamos a vivir en democracia los partidos políticos de la derecha para no abordar el problema de los desaparecidos de la Guerra Civil y la Dictadura, que continúan en el mismo lugar en el que estaban casi medio siglo después de finalizada ésta. Lo cual no les impide reclamar a la vez reconocimiento y justicia para los asesinados por el terrorismo etarra, que, aunque por menos tiempo, también forman parte ya del pasado de este país, por suerte. Para determinados partidos de la derecha española lo que vale para unos muertos (mirar hacia atrás y pedir justicia) no vale para los otros, parece.

El oportunismo de la portavoz parlamentaria del Partido Popular en el Congreso y contrincante del presidente del Gobierno en el debate sobre el estado de la nación celebrado esta semana al no ser diputado el nuevo líder de su partido reclamando desde la tribuna un minuto de silencio en memoria del concejal popular de Ermua Miguel Ángel Blanco, de cuyo asesinato se cumplen 25 años, un minuto de silencio que guardaron puestos en pie todos y cada uno de los parlamentarios, incluidos los dos de Bildu, no sólo se manifiesta desde la perspectiva que decía antes (falta que llegue el día en el que el principal partido de la derecha española pida un minuto de silencio por los asesinados en la Guerra Civil y en la dictadura que aún permanecen en las cunetas: más de 100.000, repito), ni siquiera desde su informalidad (como le recordaría después la presidenta del Parlamento a la peticionaria del minuto de silencio, esas cosas se han de hacer siguiendo el reglamento del Congreso, que indica que es a la presidencia de este a quien compete hacer esas peticiones, ya sea por iniciativa propia, ya sea a petición de los portavoces) sino, sobre todo y principalmente, en la intención, que no era otra que torpedear la ley de Memoria Democrática que el Gobierno presentaba a votación desviando a la vez la atención del verdadero fondo de esta hacia ETA, un capítulo sangrante de la memoria del último siglo de este país, pero sólo un capítulo para nuestra desgracia. La presencia de Bildu, la versión renovada e institucionalista del independentismo vasco de izquierdas, entre los partidos que apoyarían la nueva ley al Partido Popular le ha parecido esta vez una excusa mejor para oponerse al cumplimiento del Evangelio y del mandato de la ONU que aquel del alcalde de Matiora de que hay que mirar hacia delante y no hacia atrás, pues por algo tenemos los ojos en la cara.

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