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Luis M. Esteban

Necesitamos partidos y sindicatos

La democracia necesita interlocutores claros y sólidos, que en verdad representen a colectivos

Internet en la oficina de Hacienda EMILIO FRAILE

Aquellos lectores que, inducidos y hasta abducidos por las viejas nuevas tecnologías, lean el título de este artículo ya se habrán levantado en armas y supongo, y espero a portagayola, que cuando cuelgue estas letras en mis redes sociales me den la del pulpo antiguo, o sea, lo de apalearlo antes de la cocción, aunque eso ya ni se lleva, por si no lo saben. Porque la nueva lectura y la nueva información consiste en leer un título, oír una entradilla en una radio, televisión y, sobre todo, en internet y ya estamos informados y dispuestos al despelleje. Así que asumido está la que me espera para quienes no pasen del titular y en las redes pongan un like, o carita de enfado, y hasta que alguno se despache a su gusto apelando, muy español, por otra parte, a la familia de un servidor. Menos mal que es corta, así les facilito el trabajo.

Podría ponerme castizo, aprovechando la feria isidril, y decir que me da igual, que no escribo para esos lectores. Pero es mentira, porque los escritores, lo digamos o no, escribimos para no se sabe quién, pero nos gusta que nos lean hasta los que no leen, así que intentaré que incluso a los que están imbuidos de la rapidez de estos tiempos lleguen hasta el final, aunque el título invite, con la que está cayendo, a mandar a los partidos y los sindicatos al carajo. Y se lo merecen, desde luego, ya digo yo que se lo merecen.

Cualquiera con acceso a Internet se erige en representante del cabreo de los demás, saca a la gente a la calle, organiza una tangana y luego son incapaces de volver a la vía del diálogo

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Con una pandemia que no se acaba por decreto ni por cambiar los datos que dan, una guerra que no se acaba ni a hostias, un Día del Trabajo donde algunos ministros y ministras se manifiestan contra el Gobierno del que forman parte, unos sindicatos con lenguaje decimonónico cuando la mitad de la población dice que no es clase obrera, unos partidos separatistas y anti sistema que sostienen al sistema y al Estado opresor y se oponen a sí mismos, una oposición que salva al Gobierno y gobernantes pidiendo que los servicios secretos publiciten en el telediario sus actividades como si publicidad y secreto no fueran un oxímoron, la verdad es que dan ganas de mandarlos a todos juntitos al carajo y que les jodan. Porque, desde luego, si Valle-Inclán resucitase, reescribiría el esperpento. Que hasta el rey, este, no el otro, Felipe VI, en pleno 2022 anduvo en estos días por las Hurdes para confirmar que las Hurdes ya no son las de su bisabuelo y de Buñuel, que, por otra parte, no hizo más trampas en el documental de entonces porque no tenía más tiempo. No te jode. Pues solo faltaría. Y del emérito no digo nada, que ya lo dije en estas páginas. Con este panorama, venir aquí a decir que necesitamos a los partidos y a los sindicatos suena a coña.

Pues no, no es coña. Es más, es más serio que un funeral. Mucho más. Porque en un funeral el muerto está muerto y fin, pero aquí estamos en una agonía, con tintes de machadiana charanga y pandereta, pero agonía a fin y al cabo y muy peligrosa.

La democracia necesita interlocutores claros y sólidos, que en verdad representen a colectivos y que, por tanto, sean válidos portavoces e interlocutores con quienes negociar, pactar, gestionar y sacar adelante esto que llamamos Estado del bienestar, aunque muchos hayan olvidado ambos términos.

Y los partidos y sindicatos son quienes deben ser esos interlocutores ante el Gobierno y los empresarios, porque lo demás es fascismo y demagogia, que no deja de ser su preludio. Así que a los afiliados de los sindicatos, y sobre todo a los no afilados, que manda cojones que siendo el país con un paro más elevado de Europa seamos uno de los que tiene menos afiliación sindical, habrá que pedirles y pedirnos seriedad y compromiso con esto que cacareamos como Estado de bienestar, que no es gratis, a ver si nos enteramos. Y cuando unos y otros seamos serios, habrá que exigir a los dirigentes sindicales que dejen de tratarnos como imbéciles y de lanzar soflamas de a las barricadas que estaban bien a principios del siglo XX, pero que ahora suenan a rancio, porque la mitad la población no sabe lo que es una barricada y la otra mitad no está por la labor de levantarlas.

Y a los afiliados, pocos, muy pocos, y votantes, más, de los partidos, habrá que pedirles y pedirnos que exijan a sus líderes que, al menos, se lean el ideario de su partido y lo respeten y defiendan y que no se agarren al salario de las instituciones como los demás nos agarramos al de nuestras empresas. Pero es que nosotros no tenemos más remedio para salvar a nuestras familias, pero ellos venían a salvarnos a nosotros, pobres ciudadanos, de los otros, claro, siempre de los otros, y resulta que se defienden a sí mismos con más ahínco y desvergüenza que los náufragos del Titanic.

No corren tiempos fáciles y me temo que se pondrán peor, pero justamente en estos momentos necesitamos partidos y sindicatos en serio y con seriedad, pero esta necesidad no es un maná que caerá del cielo. Caerá de nuestros votos y nuestras exigencias internas a quienes representan nuestras ideas, o dicen que lo hacen. Y si lo hacen, con ellos; pero si no, contra ellos y sin piedad. Que ya dijo Maura eso de que al amigo el culo, al enemigo por el culo y al indiferente la legislación vigente. Pues eso. Sin acritud, pero con mala leche, y siempre sin perder de vista que partidos y sindicatos son la columna vertebral de la democracia y han de permanecer sobre la transitoriedad de quienes en un momento los lideran.

De lo contario, cualquiera con acceso a Internet se convierte en influencer, o crea una plataforma, asociación o agrupación, proclama su cabreo y se erige en representante del cabreo de los demás y ale, a sacar a la gente a la calle, organizar una tangana y despotricar contra los representantes legítimos. Pero luego son incapaces de devolver las aguas a su cauce, a la vía del diálogo y con ello a la gestión desde las instituciones democráticas. ¿O es que no leemos y escuchamos las noticias?

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