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La Opinión de Zamora

Celedonio Pérez

Al grano

Celedonio Pérez

Herminio, Villalar, el Iberismo y la “C”

Hay conversaciones que rompen el tiempo por su acerada levedad

Fiesta de Villalar de los Comuneros

Hacía muchos meses que no me lo encontraba y ocurrió el jueves pasado, enfrente de Semuret. Varias personas esperábamos a la puerta de la librería zamorana la llegada de Lorenzo Silva. Tocaba firma de libros, entre ellos “Castellano”, la recreación novelada de la revuelta comunera que acabó, el 23 de abril de 1521, con la decapitación, en Villalar, de Padilla, Bravo y Maldonado, tres burgueses de principios del XVI, víctimas de la primera revolución popular de la Edad Moderna; un libro que bucea en el sentimiento trágico que acompaña a la identidad castellana y en el viaje interior del autor que le lleva a desvelar sus rincones más profundos y ese orgullo de ser de una tierra de nadie, si acaso del sol y la helada.

Herminio Ramos vive porque piensa y si no escribe es porque apenas ve y se enfada porque ya su físico no ordena como debiera lo que sigue brotando impetuoso en su cerebro. Ayudado en su caminar cansino, de línea curva, no necesita asideros para pensar deprisa. Encarga un libro a Judith, la librera, y al hilo de mis explicaciones sobre “Castellano” discrepa sobre Villalar, la fiesta de la comunidad castellano-leonesa.

Brotan impetuosas sus reflexiones a favor de una celebración que, según él, ensalza los valores íntimos de esta tierra. No tiene duda: la fiesta de Castilla y León debería ser el 7 de junio, conmemorando el Tratado de Tordesillas, firmado en 1494, en el que se selló el reparto del mundo entre los imperios español y portugués. Su defensa vehemente de esta efeméride le costó hace décadas perder la amistad y la palabra del historiador Julio Valdeón, mentor de la conmemoración del ajusticiamiento en el pueblo hoy vallisoletano.

No ha perdido la lucidez mental el historiador, novelista, poeta, ensayista, articulista y enamorado hasta siempre de su María del alma y de su tierra, Sayago. Mantiene viva su defensa del Iberismo, el movimiento que aboga por el estrechamiento de relaciones con Portugal hasta conformar una unidad histórica y un proyecto cargado de futuro.

Herminio se va no sin antes decirme que escriba lo que aquí acabo de escribir, que él ya no puede porque los ojos le niegan lo que ve tan claro. Pero no se resigna y me lo aclara entre sonrisas: “He consumido muchas etapas y espero que la “C” sea la próxima”. “No te entiendo…”. Sí, sí, la de los cien años…”. Se va montado en la levedad de sus pasos, con la historia de la provincia en su cabeza y un aura inmortal de bonhomía.

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