11 de diciembre de 2019
11.12.2019
La Opinión de Zamora

El infierno que viene

Desconfianza hacia los ecologistas profesionales sin ser negacionista

10.12.2019 | 20:41
El infierno que viene

El abajo firmante, no tiene carné de conducir, viaja habitualmente en metro, cambia de zapatos cuando se le caen de viejos y tiene una heredada y genética aversión a los centros comerciales, los "Black Friday" y todas esas campañas que incitan al consumo masivo. A la hora del aseo, siempre intenta ahorrar agua, por eso rehúye la bañera y practica la famosa ducha chavista de los tres minutos -uno para mojarse, otro para enjabonarse y un tercero para enjuagarse-. También está en contra de las urbanizaciones con piscina, aunque la suya la tiene, porque considera que un país con pertinaces problemas de sequía debe dedicar el agua a fines más básicos.

El que suscribe, ahora vecino orgulloso de la mestiza y acogedora Madrid, sigue siendo para algunas cosas un rapaz de pueblo que aún ordena su vida diaria por el ciclo de las cuatro estaciones. No tiene ninguna cosecha que recoger, pero está muy pendiente de los fríos, los calores y las lluvias y es un asíduo de la web embalses.net que una vez a la semana actualiza los metros cúbicos de agua que acumulan los pantanos españoles. Desde la lejana capital recuerda cuándo es el tiempo de la arada, de la siembra, de la vendimia, de la recogida de aceitunas y se siente solidario con el ganadero cuya majada es atacada por el lobo o que tiene que comprar paja o pienso en los otoños o las primaveras de sequía. A veces incluso llama por teléfono a Fermoselle a su amigo José Bicho para preguntarle cuánto ha llovido, si los almendros ya están en flor o si los regatos han empezado a correr.

Porque el abajo firmante disfruta de cosas como esa. También de las peñas cubiertas con el musgo resplandeciente y verde de las primeras lluvias, del manso discurrir de las riveras de Sayago que en primavera se llenan de flores blancas, del brillo de las hojas de los olivos cuando caen cuatro gotas de agua o de los alcornoques viejos y las encinas jóvenes que se crían en las tierras de las Carbas. Allí ha pasado muchos veranos cortando zarzas y arrancando escobas y jaras, para intentar evitar que un fuego furtivo acabe en minutos con los árboles que ha cuidado durante tantos años.

Pese a todo lo anterior, el que suscribe se pregunta muchas veces porqué se siente tan ajeno e incluso enfrentado a algunos movimientos ecologistas. Debería ser de los suyos porque él también es un defensor de la naturaleza y en la medida de sus posibilidades hace todo lo que puede por conservarla. Sin embargo, hay algo que le escama, que le hace sospechar. En primer lugar, el lenguaje: apocalíptico, maniqueo, que divide al mundo entre reincidentes pecadores capitalistas y santones antiglobalización. Con una emergencia climática y un inquietante tic-tac repetido machaconamente por las televisiones, que es el mismo infierno con el que ya los curas de la posguerra aterrorizaban a sus feligreses.

Pero, además subyace un supremacismo de lo urbano sobre lo rural, de manera que el hombre del campo es un cateto, una especie de buen salvaje al que todavía hay que educar en la nueva fe. Ahí está esa ministra con la luz más cara de la historia pidiendo que se prohíba la caza o un sinfín de tontos del bote sosteniendo que es legítimo que el lobo mate a las ovejas, porque algo tienen que comer. Si alguien les quitará un céntimo de su nómina, la montarían parda, pero no pueden entender que quien mejor conserva la naturaleza es el agricultor o el ganadero, que naturalmente vive de la leche o de la carne de su ganado.

El abajo firmante tampoco entiende y desconfía del ecologista profesional, habitualmente ligado a partidos de izquierda y que sostiene sus campañas, no con las cuotas de los fieles concienciados, sino con las subvenciones de las administraciones afines. Pongamos que hablamos de Madrid. La tala de árboles se convierte en imprescindible cuando gobierna Manuela Carmena y en un arboricidio cuando lo hacía Ana Botella. Lo mismo ocurrió con la conversión en parque de la M-30, donde el cadáver de cada árbol que fue necesario cortar durante las obras fue paseado por las televisiones como una víctima del terrorismo integrista y de la falta de sensibilidad medio ambiental del entonces alcalde Gallardón. Fue también este alcalde el que intento llenar el centro y la periferia de parquímetros para ahuyentar el tráfico. Ya nadie se acuerda, pero los aparatos fueron combatidos hasta con violencia por los mismos "curas párrocos" que ahora defienden desde el púlpito las ventajas del Madrid Central.

Y luego, están los parvulitos, esos niños de las "siervas de Greta", que de vez en cuando toman las capitales españolas con sus bambas de marca, sus eslóganes clónicos, sus móviles de última generación y el bono-bus a 20 euros subvencionado por la Comunidad. En cuanto cumplan los 18 años se sacarán el carné de conducir y antes de los 25 la mayoría ya habrá viajado, por supuesto en avión, a Londres, París o Roma. Es la cruel venganza de la sociedad del bienestar que como reveló la sacerdotisa mayor en la ONU ha decidido robarles la infancia. Pocos habrán plantado un árbol, ni limpiado un monte. ¡Que lo hagan los brutos de los pueblos! Con alta probabilidad no distinguen la encina del alcornoque y les disgusta que llueva en fin de semana, pero se lo saben todo sobre el deshielo de los Polos, el retroceso de los glaciares y que comer carne destruye el Planeta.

El que suscribe no es negacionista. En su propio pueblo se quejan de que llueve menos, de que hace menos frío, de que a veces las estaciones se confunden y las plantas andan despistadas. Pero también es periodista y desconfía de las campañas de adoctrinamiento y lleva muchos años combatiendo contra las "fake news". Pero sobre todo desconfía de los doctrinarios, de los oportunistas, de las nuevas religiones y de los falsos profetas.

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