11 de enero de 2019
11.01.2019
Cartas de los lectores

Gracias, Semuret

10.01.2019 | 19:50

A la librería Semuret, regentada por Luis González, me han unido muchos y gratos afectos durante las últimas décadas. Allí he comprado muchos y buenos libros y en ella he podido comprobar la profesionalidad de un gran librero. Recuerdo que hace un par de años anduve por el centro de Madrid, en donde resido, de librería en librería en busca de "Una nota falsa, 2, 39 clues" de Gordon Korman, que tenía que leer uno de mis nietos. No lo encontré ni en librerías de nuevo ni de viejo.

No me di por vencido. "Quizás en Fuentetaja", me dije. Recordaba muy bien esta librería que fue un oasis de libertad en tiempos de la férrea censura franquista. Allí había comprado a finales de los años sesenta las "Obras completas" de León Felipe, editadas en Buenos Aires por Losada en 1963. Sacaron el libro de la trastienda, magníficamente impreso en papel Biblia metido en un consistente estuche de cartón rojo. Me comentó un avezado dependiente que Jesús Ayuso, propietario de Fuentetaja, era ya experto en camuflar libros censurados en unas colmenas que tenía de joven en Guadalajara, como las obras de Neruda, Sartre, Miller y otros. Ahora Fuentetaja había cambiado de sede en la misma calle de San Bernardo, porque el edificio donde se instaló en 1959 tuvo que ser demolido por su estado ruinoso.

Tampoco estaba allí el libro de marras. Al día siguiente de la afanosa búsqueda por calles madrileñas atufadas por la contaminación, me acordé de la librería Semuret. Llamé por teléfono desde Madrid. Luis no estaba en ese momento en la librería, pero me atendió su hija Noemi con una amabilidad exquisita. Buscó en el ordenador el fondo de existencias y me confirmó a los pocos minutos que el libro estaba agotado. Me pidió un teléfono de contacto para informarme si conseguía encontrarlo en algún proveedor. A los diez minutos aproximadamente me llamó para decirme: "Existe la posibilidad de comprarlo por Internet al precio de 11,35 euros y recibirlo en cuatro o cinco días. Si lo desea, yo misma le gestiono el pedido, aunque también puede hacerlo usted mismo".

Como soy reacio a hacer compras por Internet, le supliqué que me hiciera este favor. Lo hizo. Me llamó poco después para comunicarme que no era posible adquirirlo, pero que seguiría la búsqueda. Volvió a insistir en Internet. A los pocos días me llamó de nuevo para informarme que del libro no había ni rastro seguro. Noemi me aconsejó: "Dígale a su nieto que pida al profesor la lectura de otro libro".

En esta ocasión no pudo ser; pero ningún librero me atendió con la amabilidad, el interés y el tesón de Noemi, lo que me hizo suponer que Semuret estaba en el buen camino de lo que debe ser una librería en esta época de vacas flacas para la lectura y para los libreros. Cualquier persona que esté al frente de un negocio sabe que uno de sus retos más importantes es la fidelización de los clientes. En esto radica la supervivencia de toda clase de tiendas -también de las librerías-, a pesar de la competencia de las grandes superficies, aunque fatalmente pueda llegarles la hora del cierre.

Semuret era, hasta hace poco, una de las 3.650 librerías independientes tradicionales que seguían en la brecha; había algo más de 7.000 en el año 2008, según datos de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). Y esto, a pesar de las ventas "online", de los nuevos soportes electrónicos -en donde la piratería campa a sus anchas- y del escaso espacio que se dedica a los temas culturales en los medios de comunicación social.

Mantener hoy abierta una librería es un gran reto, pero sobre todo un exquisito regalo que debemos agradecer quienes seguimos creyendo que el mejor amigo del hombre no es el perro, sino un libro, entre otras razones porque, además de deleitarnos, no muere nunca. Deseo de corazón que Semuret siga abierta, aunque sea en otras manos.

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