18 de mayo de 2018
18.05.2018

El valor de hablar de uno mismo

Ser distinto, un quebrado de números primos

18.05.2018 | 00:00
El valor de hablar de uno mismo

Hablar de los demás es sencillo, ni siquiera se necesita cierta dotación intelectual, el chisme crece sin dote y es testimonio directo de cantidad: muchos y variados.

Hay muchas cosas invisibles para los ojos, he podido percibir el horrendo sonido del chisme, sí está por doquier. Con enfermiza desesperación se sienta en cualquier esquina y levanta polvareda con cualquier palabra. A veces, es bueno provocar causas para ver efectos, sí dar de comer al chisme mediante la propiciación de actos y conductas.

La hipocresía tiene una excitación de afecto súbito. Qué contentos se ponen los hipócritas al tropezar con nosotros.

-Me alegro mucho de verte.

El cinismo es el arte de sonreír a los hipócritas. Hay que aprender a ser cínicos con ellos. Es fácil. Es cuestión de abrir un poquito la boca, poner cara de bobalicones y sonreír, siempre sonreír. Al cabo de un rato de conversación con ellos, se acomodan en la repetición y adoptan la palabrería de los loros. Pienso que debemos desnudar el alma, con la personas que se esfuerzan en ser ellos mismos. Los hipócritas pueden esconder los motivos para acercarse a nosotros, a veces, detrás de una gran sonrisa, vive una gran maldad. La extrema amabilidad es más incómoda que la absoluta frialdad... Ser auténtico es ser uno mismo, reflexionar sobre nosotros, compartir nuestro yo sin ningún tipo de disfraz. Las personas auténticas, prefieren las conversaciones genuinas, no son amantes de los chismes, advierten la naturaleza de la espontaneidad y se impulsan por la voz interior, no por la voz del entorno.

El agua clara y transparente invita a desnudarse... La hipocresía no.

Al descubrir el lúgubre espectáculo de aquellos hablan de los demás, se propicia la conversación con uno mismo, pensando que todo aquello que veo lo puedo esperar...

La sociología es fascinante, mediante su estudio podemos ver las partes más mutiladas del ser humano. Hablar de los demás es una forma fácil de rumiar el suplicio envilecido de nuestra propia vida, es convertir en letrina al primero que pasa por nuestro lado, es dispersar la paz y agitar el odio, es escuchar el tañido de la mentira, de la difamación, de la calumnia...

Hay artículos que nacen de la observación, la misma que se estremece al anhelar la concordia y que advierte la importancia de la famosa frase: vive y deja vivir.

La paz no tiene una puerta de entrada, ni tampoco de salida. Es una necesidad vital, que conquistamos cada día: con el amor, el respeto, la educación y la tolerancia.

La violencia no debe esconderse en ninguna mirada humana. El odio, es un mal figurante, es un vocablo inútil, entorpece el camino de la tranquilidad.

Encontrarán el vacío de la maldad, los hombres que viven en guerra. La paz desafía todas las tempestades, sin ruido es grandiosa, no necesita imponerse, es la rama de olivo en el pico de una paloma.

Miren ustedes, tengo un amigo que está en Egipto, durante el día de ayer compartió varias publicaciones y gracias a la influencia de ellas he terminado junto a René Guénon.

He aquí uno de los hombre más abundantes de todos los tiempos: un visionario. Un hombre que pensó y escribió sin conveniencia, penetrando sin intención en los difíciles campos de la metafísica. Todos sus libros son avisos, algunos son un instrumento de uso diario. Gran defensor de las civilizaciones tradicionales, se esforzó en estudiar la confrontación entre oriente y occidente, aportando un legado de enorme calidad.

La tarea de ser genio es complicada, en el ocaso de la vida descubres que ser distinto, es un quebrado hecho de números primos. Los hombres de talento advierten la maligna sonrisa de la mediocridad y enfilan su existencia a lugares deseados por el pensamiento. El cuerpo se abre paso en cualquier plaza, la mente no.

Las pirámides son grandes, los libros también...

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