23 de febrero de 2017
23.02.2017
La columna del lector

Invierno en Castronuevo

23.02.2017 | 00:15

Castronuevo en invierno es frío seco que se mete en los huesos y al que se combate con gruesas vestimentas y camillas con faldones que cobijan el brasero (ahora eléctrico, antes de leña y brasas). El pueblo se blinda contra el aire que curte las caras de los pastores y aquellos agricultores que se exponen a trabajar sufriendo los rigores de una climatología que no da tregua. Hombres y mujeres se dan cita obligada en la misa del domingo y no suelen aventurarse a salir de casa más allá de lo estrictamente necesario. La vida, una vez más, se hace de puertas para adentro y las casas son el mejor refugio que protege personas y ganados. También los tractores, arados y demás útiles de trabajo se guardan para protegerlos de las heladas que caen de manera inmisericorde cada madrugada hasta amanecer con un leve manto de hielo que cubre por completo el pueblo.

Recuerdo antaño a mi abuelo encaramado en el hogar (que estaba a un metro del suelo y tenía una chimenea enorme), poniendo una lumbre que duraba todo el día, y recuerdo como todos nos reuníamos frente a la leña ardiendo observando incansables el crepitar del fuego. También me acuerdo de que a la hora de acostarse las sábanas estaban muy frías y mi abuela utilizaba una especie de gran cazoleta llena de brasas con un mango largo a modo de calentador, abría las sábanas y las recorría arriba y abajo para que se impregnaran del calor y no fuera tan fría la experiencia de acostarse entre unas sábanas heladas.

Ahora, cuando basta con apretar un botón para encender una luz, abrir un grifo o aislarnos del calor o del frío y en las ciudades se disfruta de tantas comodidades, no dejo de pensar en que si mis abuelos y todos los antepasados que vivieron y murieron en Castronuevo pudieran disfrutar con tantos avances como los que han traído estos nuevos tiempos, no podrían creerlo. A veces pienso si ellos con sus privaciones fueron más felices que nosotros con tantos boatos, la mayoría incluso innecesarios, pero así somos y así estamos educando a las nuevas generaciones, en la abundancia, en los caprichos, en las comodidades, en el consumismo, en la complacencia?

Tal vez sea precisamente a causa de estos pensamientos, por lo que en cada estación del año yo regreso mentalmente a Castronuevo para rememorar la vida de este y tantos pueblos castellanos soportando las asperezas de una climatología fría y dura que consigue encerrar en casa a la gente para dar un aspecto de pueblos deshabitados y fantasmagóricos que solo el olor a leña y las chimeneas echando humo disuaden de esta soledad y hasta se agradece pasar por estos pueblos en la seguridad de que todavía siguen vivos, de que aún no les ha llegado ese fin previsible al que se abocan si alguien no pone remedio.

Mª Soledad Martín Turiño

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