16 de febrero de 2017
16.02.2017

La maleta ajena

Nos estamos convirtiendo en elementos aislados, incapaces de relacionarnos con lo que nos rodea

16.02.2017 | 00:13
La maleta ajena

Me dejó turbado la historia que me contó hace unos días un buen amigo. Se dispuso a esperar el microbús que le llevara a su destino y decidió hacerlo sentado frente a las dársenas adonde llegan o parten los viajeros. Antes de tomar su medio de transporte vio como aparcaba un gran autobús que,en tránsito a ciudad más populosa, dejaba algunos pasajeros en Benavente. Se abrió la puerta para las personas y también la portezuela de la bodega de equipajes. Pudo observar que de la misma resbaló una maleta, golpeó contra el suelo y quedó arrumbada entre el bordillo y una papelera. Dos mujeres y un hombre somnoliento se acercaron para extraer del inmenso y atiborrado maletero sus bolsas y una mochila. Debieron sortear la desubicada maleta y pasar por encima de ella, no obstante, nada hicieron y nada dijeron. Debió ser quien esto me relató el que avisara al conductor del autobús para devolver a su lugar la maleta extraviada. A buen seguro que su dueño dormitaba, ignorante de todo, a la espera de seguir ruta.

Cuando estamos atentos a lo que pasa en nuestro entorno puede que nos importe el equipaje ajeno. Entonces nos molestaremos para que esa persona, que no conocemos de nada, pueda llegar al destino con su maleta. Seguro que en ella porta objetos necesarios o muy queridos, algunos imprescindibles para su vida.

Me molesta contemplar con cuánta indolencia nos movemos. Nos estamos convirtiendo en elementos aislados, nada dispuestos a relacionarnos con lo que nos rodea, sean personas o cosas. Caminamos absortos, esquivando a otros peatones con gesto de fastidio. Nos cuesta fijarnos en lo que pasa, siempre conectados con otro mundo, sin percibir lo más inmediato. Corremos el riesgo de ser atropellados por cualquier artefacto que se mueva, nuestra atención está en otro plano. Corre peligro nuestra integridad física, también nuestro equilibrio mental, pero lo que está más en riesgo es la salud de la convivencia social. Si no somos capaces de interactuar, de estar pendiente del otro, la comunidad acaba por desintegrarse. Nos vamos a sentir muy desprotegidos, en un parque,una plaza o sentados en una sala de espera, en la que todo el mundo se mira a sí mismo, o sea, a su móvil, que contiene sus contactos, sus redes, sus aplicaciones, en definitiva, su ombligo. Las señales que se pueden ver en un simple paseo por los espacios públicos son preocupantes, no solo actuamos con indiferencia y desdén ante otras personas, también lo hacemos con las cosas de otros o con las de todos. Véase mobiliario público o equipamiento de los edificios que prestan servicios a todos los ciudadanosRecordemos esa maleta ajena que cae dando tumbos del autobús y nadie parece reparar en que alguien debe devolverla al lugar de donde cayó.

Todo esto que les cuento me hizo recordar la teoría ética del filósofo empirista inglés David Hume. Tratamos el tema en clase y para mejor comprenderlo comenzamos aludiendo a vivencias reales. Por ejemplo, vemos a una persona que está robando a punta de pistola a un matrimonio que tomaba el sol. Este hecho por sí solo provoca en nosotros un sentimiento de rechazo, lo mismo ocurrirá si alguien nos describe un caso de acoso escolar o de violencia de género. Los comportamientos de las personas pueden producirnos emociones agradables o desagradables, por eso unas las aceptamos y otra nos causan rechazo. Todos tenemos la capacidad de simpatizar y mostramos inclinación y afecto hacia quienes nos causan sentimientos de aprobación. Dice Hume que la simpatía tiene su origen en la utilidad de una acción con vistas al bien común. Somos capaces de superar nuestro natural egoísmo al ponernos en el lugar del otro - empatía- y dejar a un lado el propio interés, porque lo único importante desde el punto de vista moral es la voluntad de hacer feliz a la humanidad. El pensador nacido en Edimburgo, en pleno siglo de la Ilustración, estaba convencido de su teoría, conocida como emotivismo moral, y su propia vida de servicio y entrega a las ideas ilustradas, así lo demuestra. Por eso afirmó con rotundidad: "la razón es y debe ser esclava de las pasiones".

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