14 de febrero de 2017
14.02.2017

La obscenidad de la mentira

Debería existir un cauce por el que los políticos pudieran responder por lo prometido y no hecho

14.02.2017 | 00:10
La obscenidad de la mentira

Parecería lógico que los representantes de los ciudadanos informaran de lo que están haciendo por ellos, por su pueblo, por la provincia donde viven, y les relataran cuántas propuestas hayan presentado en las instituciones de las que forman parte. Así, deberían hacerlo, concejales, alcaldes, diputados provinciales, autonómicos y nacionales, senadores y demás cargos públicos, como los consejeros autonómicos, presidentes y ministros. O en su defecto, establecieran un cauce donde la gente pudiera enterarse de lo que han hecho, si es que han hecho algo, y el grado de cumplimiento o incumplimiento de las promesas electorales. Pero no existe intención alguna de hacerlo, como tampoco de abrir una ventanilla de información, a esos efectos. Por eso, hay que apañarse con lo que se publica en los medios de comunicación, y alguna que otra declaración de los aludidos, que de manera excepcional no dan la callada por respuesta.

De existir algún canal de información, se les podría preguntar si les parece lícito ilusionar a la gente prometiéndole imposibles o conjugando el verbo del engaño, sin importar herir sentimientos, empujando al personal hacia historias inciertas.

Si se deben prometer museos, como el de Lobo, o el de Semana Santa, fomentando el enfrentamiento - que no el debate - por mor de su ubicación, contaminando las formas de relación, para terminar diciendo que no se han podido hacer por falta de posibles.

Si se debe prometer la construcción de un Palacio de Congresos, vendiéndolo como obra magna y emblemática de la ciudad para, finalmente, hacer volar por los aires tan estéril fascinación, pero, eso sí, dejando un enorme agujero lleno de miseria e inmundicia. Y también que, una vez desatado el último nudo de incertidumbre para darle otro tipo de uso, continúe sin saberse si va a convertirse en un centro cívico, en un "nada" o en un "ya veremos".

Si se debe levantar un recinto ferial, para que la falta de ideas haga que las instalaciones apenas sean utilizadas.

Si se debe prometer la construcción de la Cúpula de la Tecnología, incluyendo un centro logístico, para no volver a saberse nada ni del uno ni de la otra.

Si se debe prometer la implantación de una empresa de producción de software (Softtec) informático, que iba a dar trabajo a 300 técnicos de alta cualificación, de la que se dejó de saber en cuanto pasaron las elecciones.

Y es que viene a resultar que solo la moral de los ciudadanos parece contraer obligaciones y compromisos, mientras la clase política permanece en un orden diferente ¿o en un descorazonador desorden?

Cabría también preguntar si deben permanecer en el inmovilismo quienes se encuentran en la oposición, que han sido elegidos para velar por el buen cumplimiento de las funciones de quienes gobiernan. Como también pedirles que ausculten, con ahínco, los latidos sociales, y dejen de convivir con la cultura del engaño, exigiendo, controlando, proponiendo y defendiendo alternativas que permitan escribir otro tipo de historias.

También cabría preguntarles si es necesario tragar el sapo del día, sin agriar el gesto, ni mostrar desaprobación o repugnancia, por estar imbuidos de una exagerada adicción al peloteo.

Interesante sería conocer si se debe hacer público el ninguneo al que se encuentra sometida esta provincia por su Comunidad Autónoma, empeñada en favorecer, de manera descarada, faraónicas inversiones en la capital de la región, como también que el Gobierno Central, polarice sus inversiones en el centro, norte y noreste de España, olvidándose que los fondos disponibles, europeos o no, deberían corresponder, en mayor medida, a las regiones más deprimidas, entre las que se encuentra la occidental y fronteriza provincia de Zamora.

No sería mala cosa salir de las tinieblas y correr en pos de la ciudad imaginada, huyendo de piruetas políticas, sin dejarse fascinar por el engaño institucionalizado, y dejar de creer que los elegidos son el espejo de la sociedad. Para ello, debería desaparecer el velo que oculta la evidencia, eliminándose así los argumentos objeto de engaño, y dejando al descubierto la obscenidad de la mentira.

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