17 de noviembre de 2016
17.11.2016

Clara Peeters

Cada país tiene su bodegón, como cada casa su despensa

17.11.2016 | 00:17
Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas.

El Museo Nacional del Prado dedica por vez primera una exposición a una pintora: Clara Peeters, artista de "bodegones". Por si alguien tiene necesidad de recordar este término artístico diremos que piense en la alacena de sus abuelos, con mejores o peores viandas, y el menaje correspondiente a su nivel económico.

El bodegón era un género menor en la pintura de su época, frente a los grandes temas mitológicos, paisajes o retratos. Con todo, el oficio de pintor era un trabajo de siervos, por mucho que encumbrase al artista la fama de su pincel. El propio Velázquez (pintor de cámara) tuvo que falsear su currículum (con anuencia del rey) para recibir la Cruz de Caballero de Santiago, declarando que no se ganaba el pan empleando las manos, lo cual en parte era cierto porque ejercía, a mayores, cargos palaciegos. Por entonces, como ahora, molaba forrarse sin dar palo al agua. Los que curraban procuraban disimularlo, si venía al caso. Y cuando la nobleza de cuna no traía consigo el pan a la mesa, el orgullo se comía la salud. No tenemos más que releer el capítulo del Hidalgo, del Lazarillo de Tormes.

Clara Peeters era mujer y pintora. ¡Casi nada! Le bastaba presentarse así para automarginarse de la grandeza que coronaba a los grandes holgazanes de la época. A mayores, vender cuadros cuando ya estaban brillando paisanos tan geniales como Rembrandt o Frans Hals ya fue todo un atrevimiento. Pero ella se plantó en el mercado con sus bodegones y naturalezas muertas: Algo así como el periódico de ofertas del supermercado de alimentación. Esto es, una despensa bien provista para copiar y hacer acopio de kilos.

El bodegón español de entonces era mucho más sobrio y conventual, al estilo de Sánchez Cotán y Zurbarán; mejor avituallado después por Luis Meléndez y vuelto de nuevo a la sobriedad con ese pan solitario del Ampurdán, magistralmente pintado por Salvador Dalí, o por mi profesor de Facultad don Zacarías González con su "Bodegón de la alcuza"; depurado hasta la finura mística por Isabel Quintanilla, o trabajado con el recuerdo primigenio de los frutos de Cantabria por mi amigo José Sánchez.

Cada país tiene su bodegón como cada casa su despensa. Clara Peeters es el bodegón holandés con la prosperidad de ese pequeño país tan grande comercialmente en el siglo XVII. En cambio, nuestro siglo de oro fue el de las artes y las letras, no precisamente el de la buena mesa. Nuestra crisis, una de tantas, empezaba a verse en los niños descalzos de Sevilla tan fielmente retratados por Murillo y por la floreciente novela picaresca.

La artista holandesa se pone la cofia con todo el primor y hace la tarea de cocinarnos cuadros llenos de calorías y de arte desbordante. Tarde se lo reconoce abiertamente el mundo, pues los museos guardaban un poco en la nevera ese arte femenino, si se me permite esta expresión que hoy no es de recibo. A ella se le acotaba el campo de trabajo y formación desde el punto y modo en que se prohibía, como mujer, copiar modelos humanos del natural. Pero ella recurrió a "la naturaleza muerta" y al bodegón, como venganza artística de aquella restricción injusta. Y no se equivocó de estrategia pues es sabido que las cucharas no ganan menos batallas que las espadas.

Ahora veneramos ese pincel divino de una mujer mortal que desde la gloria del Olimpo nos mira divertida jugando al escondite en los múltiples autorretratos repartidos por sus cuadros. Con el AVE o en el coche de San Fernando, merece la pena llegarse hasta el Museo del Prado. Si el esfuerzo da apetito, a buen seguro quedarán saciados.

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