Pórtico de Zamora
Adolfo Gutiérrez Arenas | Violonchelista

Adolfo Gutiérrez Arenas: ´Bach es una máquina del tiempo que te lleva al infinito´

"La música se ha convertido en un negocio, con directores que se han hinchado a ganar dinero y, a la vez, se lamentan de la falta de oportunidades de los jóvenes"

29-03-2017Meneame
Adolfo Gutiérrez Arenas
Adolfo Gutiérrez Arenas

JOSÉ MARÍA SADIA Adolfo Gutiérrez Arenas es uno de los chelistas con mayor proyección del panorama español. Este sábado ofrece en San Cipriano un concierto basado en la música de Bach, el único de todo el Pórtico de Zamora para el que aún quedan entradas, las últimas.

-¿Recuerda cómo surgió el flechazo por la música?

-Por mis padres, los dos músicos, mi padre organista y mi madre cantante. Antes incluso de nacer, ya escuchaba desde el vientre cómo mi madre interpretaba a Mozart y a Bach? (ríe). En mi caso, empecé a tocar el piano. Ellos vieron que tenía talento para la música, pero no cometieron el error de presionarme. Un día, mi madre me sugirió que probara el violonchelo, tuve un contacto muy natural con el instrumento y fue fácil. Entonces tenía 14 años, una edad tardía para empezar.

-¿Hablaba de Mozart con sus compañeros de clase?

-A ellos les parecía curioso que tocara el violonchelo, pero no hablábamos de eso. La segunda parte del bachillerato la hice en el nocturno y aquello estaba lleno bailarinas y estudiantes relacionados con la música, nunca fui un perro verde.

-Usted es español, pero nació en Alemania. En el centro de Europa se vive la música de una manera más intensa. ¿Cómo ha sido su experiencia?

-La música allí forma parte de la cultura completamente, es distinto. Desde el colegio, los niños tienen conocimientos y son capaces de disfrutar de ella con naturalidad. Igual que aquí se juega al fútbol, allí se toca el chelo o el violín. Una encuesta reciente dice que los alemanes han ido un 40% más a conciertos que al fútbol.

-Avanzó con el chelo? ¿Y decidió dedicarse a este instrumento toda su vida?

-Nunca he sido muy planificador en la vida, no me he puesto objetivos. Si hablas con concertistas, te dirán que desde siempre ansiaron ser famosos. Mi contacto con la música siempre fue tan natural que me bastaba con el placer de tocar un instrumento. Cuando me quise dar cuenta estaba en Boston con el profesor Bernard Greenhouse, quien un día me lanzó un órdago y me dijo que tenía talento para estar entre los mejores del mundo. Y así nació un reto personal.

-¿Ha sacrificado mucho por la música?

-Sí, mucho. El trabajo se hace a edades en la que la mayoría de la gente hace otras cosas. Pero no tengo la sensación de que la música me haya interrumpido la vida. Sí es cierto que el grado de especialización que requiere un instrumento no te da tregua. Cuando comencé a salir con la que ahora es mi mujer, ella se sorprendía porque me llevaba el chelo de vacaciones. Es impensable para un músico dejar de practicar o de "práctica mental", es decir, que la cabeza esté pensando siempre en ello.

-¿Cree estar alcanzando el reto que le puso su profesor?

-No me lo planteo. Supongo que es algo que llega de forma natural, apareciendo en festivales, dando conciertos junto a grandes maestros? Cada vez es más difícil dar nuevos pasitos en un nivel en el que los retos son sutilezas. Ahí ya no valen las horas de estudio, entra en juego la inteligencia musical, establecer paralelismos para resolver cuestiones técnicas que nadie va a decidir por ti.

-Antes hablaba de música y fútbol. Usted ha tocado en muchos "estadios" de la música, ¿dónde ha sentido algo especial?

-Acústicamente hablando hay sitios bonitos pero que son horribles. Y hay otros maravillosos, como la sala sinfónica del Auditorio de Zaragoza. Con los instrumentos de cuerda, tenemos un problema. Les afecta mucho los cambios de temperatura y de humedad. Cuando eso ocurre, no disfrutas.

-Viene este sábado a un lugar cargado de historia, una iglesia románica, ¿le motiva?

-Las iglesias son un entorno muy bueno para tocar. Esa reverberación natural ayuda a tocar mejor que en un auditorio, donde hay que forzar el sonido.

-La mayor parte de su programa está dedicado a Bach, ¿qué tiene este genio para que todos los músicos lo tengan en un altar?

-Bach es como El cantar de los Cantares, un compendio de lo que le precedió y de lo que vendría después que él. Es una especie de máquina del tiempo para ir hacia atrás y hacia el infinito. Bach y Beethoven son los dos compositores que utilizaron conceptos que todavía hoy se manejan con dificultad.

-También ha incluido una parte de otro compositor casi contemporáneo, ¿quién es Benjamin Britten?

-Es compositor que se apoya mucho en la herencia clásica. Tocaré la tercera de las suites que compuso para Rostropovich. Algunas de las mejores obras hechas para el chelo son encargos de este violonchelista ruso. La que he elegido es una suite oscura, basada en los ritos ortodoxos, y pega muy bien con Bach, con una espiritualidad semejante.

-Usted ha conocido muchos lugares y también nuestro país, ¿se le ocurre una reflexión original sobre la situación de la cultura y de la música en España?

-El artista por naturaleza es egoísta. A veces, no puedo evitar la sonrisa maliciosa cuando escucho a un director de orquesta que cobran hasta 90.000 euros por concierto decir que la cultura es un bien importantísimo para la sociedad. Y es cierto que la cultura es el alimento del alma. Sin eso, no seríamos más que meras piezas de ajedrez que trabajan para conseguir un mundo económicamente sostenible. El problema es que esto se ha convertido en un negocio y hay gente que se hincha a cobrar dinero y no quiere que eso se acabe nunca. Con uno de esos conciertos se podrían organizar cuatro ciclos para jóvenes intérpretes o no tan jóvenes. Creo que esto precisa de una reflexión, tiene que haber iniciativa privada y un Estado que no recaude tanto dinero. Todos debemos arrimar el hombro. No se puede pregonar la importancia del arte y a la vez cobrar por algo treinta veces más de lo que vale.