08 de septiembre de 2010
08.09.2010
La difícil situación de la economía
IGNACIO FERNÁNDEZ TOXO | Secretario general de CC OO

«Zapatero es como la Iglesia: nos promete la dicha futura pero nos arruina el presente»

«Esta reforma laboral es la más lesiva de la democracia y ninguna huelga general ha sido hasta ahora inútil»

08.09.2010 | 02:00

Ignacio Fernández Toxo (Ferrol, 1952), secretario general de CC OO, sostiene que, con la reforma laboral, el izquierdismo de Zapatero actúa como la Iglesia: «Promete la felicidad futura y eterna pero arruina el presente». Ayer UGT y CC OO formalizaron la convocatoria de huelga general para el día 29.


-A la vista del cambio de prioridades del Gobierno, ¿cree que los conversos son los peores?


-A veces da la sensación que el PSOE sufriera el «síndrome de Estocolmo», como si necesitara demostrar que son defensores de los intereses empresariales.


-¿Cree, entonces, como Galeano, que el poder es como un violín: se toma con la izquierda pero se ejecuta con la derecha?


-Es un buen resumen. Cuando Zapatero dice que los sacrificios de hoy son los beneficios de mañana está copiando una frase que ya pronunció en su día Felipe González, y que éste a su vez había copiado de Abraham Lincoln. La izquierda que practica Zapatero es como la Iglesia: promete la dicha futura y eterna pero nos arruina el presente.


-¿Cree como el líder de UGT que este Gobierno es el «campeón de la derecha europea»?


-Esa frase hay que interpretarla desde el desencanto que haya podido producirle a Cándido que desde sus propias filas se meta la piqueta a los derechos laborales. Y Zapatero puede pasar a la Historia como el que ha impulsado el mayor retroceso en el Derecho laboral español.


-¿La reforma laboral supondrá el desarme definitivo de los asalariados?


-No lo creo porque, si esta reforma se consolidara (y la huelga está convocada para evitarlo), el movimiento obrero tiene capacidad para autogenerarse y desarrollar nuevos instrumentos defensivos.


-¿Es tan lesiva esta reforma?


-Es la más lesiva para los derechos laborales en la democracia. Lo que se pretende es impulsar las relaciones laborales individuales y terminar con la negociación colectiva, lo que dejará inermes a las inmensa mayoría de los trabajadores, que quedarán, frente al poder de las empresas, sin el amparo de los convenios sectoriales.


-¿Tiene algún sentido hacer huelga para evitar una reforma laboral que ya entró en vigor?


-Ninguna huelga general ha sido inútil y ahora no tiene por qué ser distinto. En la reforma del PP de 2002 y antes contra el plan de empleo juvenil se logró hacer reversible una parte muy importante de lo que se pretendía imponer.


-El objetivo argumentado de la reforma es crear empleo, acabar con la precariedad y corregir la dualidad del mercado laboral.


-Que la reforma creará empleo ya no lo dice ni el Gobierno y los datos de julio y agosto, ya con la reforma en marcha, evidencian que no sólo no ha crecido, sino que ha decrecido la contratación estable y que se ha llegado al máximo nivel de contratación temporal en doce años, y que el contrato indefinido con 33 días de indemnización, que se pretendía fomentar, está en cifras inferiores a antes de la reforma.


-Los grandes apóstoles de la reforma laboral fueron profesores con una elevada protección laboral. ¿Les incomoda?


-Muchas reflexiones, como la del grupo de «Los cien», tienen un componente excesivamente académico y sería conveniente que determinadas tesis pasaran por el filtro de la experiencia en el mundo de la empresa, de la que adolecen.


-En España hay regiones con tasas de paro homogéneas a otros países. ¿El problema del paro español es más de estructura productiva que de normas laborales?


-Ésa es una vieja reclamación que venimos haciendo los sindicatos. Nosotros advertimos de los riesgos de la «burbuja» inmobiliaria y que había que aprovechar los años de bonanza para cambiar el patrón de crecimiento.


-Durante 2008 y 2009 se reprochó a los sindicatos que no hiciesen huelga general y ahora se les recrimina por hacerla.


-Antes de la crisis se nos alabó (incluso en exceso) por nuestra responsabilidad y capacidad de acuerdo. Luego sufrimos una crítica feroz porque alguno interpretó que la crisis debía servir para un cambio político y se quiso que los sindicatos fuésemos la infantería para lograr lo que no consiguieron en las urnas.

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