Los últimos vendedores ambulantes de Sayago

Miguel Ángel Matías y César Cardeñosa salen a diario por los pueblos con sus tiendas a bordo de la furgoneta

"Internet y la falta de gente nos están desarmando. Con nosotros se acaba el oficio"

"Estamos tirando por el mundo rural, somos residentes, pero las administraciones nunca se han acordado de nosotros. Al revés, impuestos y pegas"

Miguel Ángel Matías (izquierda) y César Cardeñosa en Moraleja de Sayago

Miguel Ángel Matías (izquierda) y César Cardeñosa en Moraleja de Sayago / JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

Sensación extraña debe ser la de pensar que con uno se extingue un oficio. César Cardeñosa y Miguel Ángel Matías vienen del comercio, mamaron la venta de padres y abuelos. Pero detrás de ellos no hay nadie que se haga cargo del camión ni del género, nadie que recorra los pueblos de Sayago como ellos hacen casi a diario, nadie que plante el puesto en la plaza del pueblo.

Son los últimos vendedores ambulantes de Sayago, guardianes de una actividad que languidece frente al esplendor de hace décadas. La venta ambulante de un género tan tradicional como el calzado o el textil, transportar la tienda sobre cuatro ruedas y llevarla casi a la puerta de casa, se torna para las nuevas generaciones en una suerte de actividad exótica.

Estamos ante los últimos nómadas del comercio, maestros del trato directo con clientes fieles, garantes del valor de elegir y probar, de la conversación reposada... Hoy las compras llegan muchas veces en forma de un paquete enviado por correspondencia.

Los últimos ambulantes de Sayago

Miguel Ángel Matías con su zapatería desplegada en Moraleja de Sayago / José Luis Fernández

"Internet nos está desarmando" certifica Miguel Ángel Matías. ¿Más que la despoblación?, "contra eso no hay quien pueda, los pueblos se van acabando, no queda gente. Y los pocos jóvenes que hay, se van al centro comercial o a Internet" constata este vendedor de calzado de Bermillo, hijo de zapatero, que a sus 65 años aguanta porque "todavía tengo mucho género".

Casi 40 años después de que se subiera a la furgoneta para llevar su tienda por los pueblos, Sayago no es ni su figura. "Los clientes van cayendo a montones. El que no se muere, se marcha para la residencia. Las casas se van cerrando y uno menos. Así todos los días" describe Matías junto al tenderete de calzado, hoy en Moraleja de Sayago. "No es de los pueblos malos, todavía queda gente y... ya ves" describe después de una hora sin un alma por la calle.

A escasos metros, su compañero de fatigas, César Cardeñosa, con su tienda ambulante de ropa y algo de hogar; "toco todos los palos, pero en poquita cantidad". Aunque hacen la misma ruta, Matías y César no siempre coinciden. Hoy sí lo han hecho en Moraleja y aunque cada uno está a lo suyo, hay tiempo para cambiar impresiones.

Miguel Ángel Matías con su zapatería ambulante. | José Luis Fernández

Miguel Ángel Matías con su zapatería ambulante. | José Luis Fernández / Irene Gómez

Nacido en Moralina hace 61 años, donde su padre, abuelo y tíos fueron vendedores ambulantes, César Cardeñosa también hará historia como el último de la saga. Hasta su jubilación, "en cuanto pueda", César sale cada día con su furgoneta desde Almeida, donde vive.

Nadie como estos nómadas del comercio para trazar la radiografía de un mundo rural en decadencia. Cuando él y Matías empezaron salían ambulantes en muchos pueblos. A bote pronto, "uno en Torregamones de calzado y otro de telas, en Luelmo de calzado, en Villadepera había uno de telas, en Moralina estaban mi tío, mi padre y otro tío. En Moral, otros cuantos en Bermillo, Eloy Prada, Colino, Teso, Carvajal... Y quedamos nosotros. Luego viene alguno de Zamora con la comida y un cacharrero. Se acabó" sentencian los comerciantes sin remilgos.

"Esto no tiene nada que ver con lo que yo conocí cuando empecé con mi padre. Recuerdo que íbamos a vender a Villar del Buey dos días seguidos. Ahora voy yo solo y en una mañana lo tengo acabado, y sin darme prisa. Los pueblos están abandonados en todos los sentidos, nos quedan unos añicos y se acaban" cuenta César mientras se pone a atender a uno de los fijos.

César Cardeñosa busca una prenda en la furgoneta

César Cardeñosa busca una prenda en la furgoneta / JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

Antonio del Arco llega a por una camisa y el vendedor le ofrece para elegir. "Esta gente nos viene fenomenal, nos atienden muy bien. Yo no cambio, no tengo necesidad de ir a las tiendas" argumenta el vecino de Moraleja. Los clientes llegan a cuentagotas, así que César se viene preparado con su libro para matar los ratos en blanco, cada vez más largos. Si hay suerte puede que él y su compañero tomen un café caliente en el bar, pero esa posibilidad empieza a ser también un artículo de lujo en Sayago. El termo y un tentempié son complementos imprescindibles para estos tenderos rodantes.

Miguel Ángel Matías vendedor de calzado con su tienda rodante

Miguel Ángel Matías vendedor de calzado con su tienda rodante / JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

¿Comer?, "en la furgoneta" dice el de Almeida. "Yo si puedo, como por algún pueblo donde hay restaurante" precisa el compañero, aunque en su caso las jornadas suelen ser de mañana. Cardeñosa hay días que aprovecha para recorrer varios pueblos a lo largo y ancho de un Sayago disperso y envejecido. Por pequeños que sean, estos vendedores ambulantes intentan llegar hasta el último rincón, aunque haya pueblos de donde salgan de vacío, sin ver ni un alma. César supera los dos millones de kilómetros con las furgonetas transformadas en tienda ambulante. Que ya es recorrido teniendo en cuenta las cortas distancias que realiza a diario por carreteras que, como todo, han cambiado mucho. "Han mejorado muchísimo; algunas siguen siendo estrechas, pero los firmes no tienen nada que ver".

Lo que ha ido en picado y sin visos de retorno es la actividad y el dinamismo de unos pueblos que durante años les ha  permitido vivir dignamente. "Todo el mundo compraba, había gente". Hoy es distinto. El oficio soporta la misma burocracia sin ningún estímulo. "Esto es la decadencia total. Estamos tirando por el mundo rural, somos residentes, pero las administraciones nunca se han acordado de nosotros. Al revés, impuestos y pegas" lamentan los últimos ambulantes de Sayago.