10 de diciembre de 2019
10.12.2019
Impresiones de una jornada cinegética

Perdices duras y conejos de cambio climático

La caza se convierte en un ejercicio de renuncia que aún conserva la emoción del lance | Hay que respetar a las piezas e ir en su busca a puro pelo, como hasta ahora

09.12.2019 | 20:19

Nace boba la mañana, como de pijama de cieno. Se rompe el aire al juntarse con la amanecida, solo se oye el llanto acuchillado de Zara y Rais, que saben que es domingo y toca salir a beber los bajos de la libertad, impregnados del olor verdoso y seco del conejo de campo. Brincan y rebrincan cuando me ven vestido de guerra, se quejan mordisqueando las chirucas, el jersey. Imposible ponerse las botas sin dar manotazos, se meten entre los calcañales, hociquean, empujan, me tiran: cargantes, vale ya, que ahora nos vamos. Valentina se vuelve a la cama a curar con reposo la lumbalgia acerada. Monto la paralela añosa y estalla el revuelo: ya no hay quien los pare, se suben al pecho, a la espalda, van, vienen, nerviosos, lloran como niños caprichosos: sin ganas, huelen las botas, el chaleco con restos de sangre que no ha matado el jabón, se vuelven locos, gimen, se añusgan.

Son las nueve. Abro la puerta del toril y, avantos, rompen el camino mojado apezuñando hacia La Regata. Nunca utilizo el coche para ir a cazar. Creo que hay que respetar a las piezas e ir en su busca a puro pelo, como se hacía hasta hace nada, cuando los genes de los humanos todavía recordaban las sociedades de cazadores-recolectores. Son tantas la ventajas que tenemos ahora que renunciar a algunas es como mirar de frente a la justicia natural.

Disparo a tenazón

Parece que ha llovido de abajo arriba. Los yerbajos han criado frutos transparentes que salen disparados al tocarlos y se posan en una colcha amarillenta donde reposan, apiladas, las hojas desarmadas por el frío. Pronto noto en el cuerpo la tensión del depredador. Zara y Rais culebrean entre las zarzas y los brotes sin podar de los chopos. Oigo "cantar" a la bretona y se para el mundo. Todo se hace más pequeño y se focaliza en el pequeño descampado en medio de la chopera. No hay más que primeros planos, también emocionales. Rompe el conejo como una flecha y revienta la floresta. El instinto se activa y lleva el arma a la cara: dispara a tenazón, sin apuntar. El pom ronca con estruendo entre los árboles hiriendo el oído afilado por el eco del relente. Carrera y allí está la pieza herida. Aparece Zara para dejar su recado, su medalla. La sangre.

El cambio climático también debe haber afectado a los conejos que, desde octubre, llevan haciendo lo que otros años escenificaban en enero. Se agarran a los bajos y no se mueven hasta que huelen la cara de los perros. Se quedan planchados, muertos, hundidos entre los zarzales y chaguazos y no se levantan hasta que los pisas. La mixomatosis se ha parado y la hemorrágica-vírica, hasta el momento, no ha llegado. Hay muchos y su control resulta necesario para reducir los daños que causan en sembrados y viñedos.

Viesa arriba, viesa abajo

Cambio el recorrido habitual que prácticamente he repetido desde que se abrió el cazadero porque solo durante los cinco domingos de diciembre (y hoy estamos de estreno) se puede cazar la perdiz y la liebre (ésta solo en pagos determinados). Busco los testeros descarnados y empiezo por el Lorito y el Judío. La mañana va a ser larga también para los galgueros que patean, en formación lo que fue antigua reserva. Viesa arriba, viesa abajo. Aquí no hay reloj, el tiempo es de granito.

La actividad cinegética es, cada vez más, un ejercicio de renuncia. Solo se puede ejercer en fechas determinadas (en muchos cotos, exclusivamente los domingos), cumpliendo horarios y respetando cupos. Las poblaciones muy cortas de algunas especies (principalmente liebre y perdiz) hacen imposible y un sacrilegio su caza indiscriminada. Los controles resultan imprescindibles y la figura del cazador también lo es. Si alguna vez este ejercicio, el de la caza, se prohibiera por ley, brigadas especializadas tendrían que hacerlo financiadas por la propia Administración, por todos.

La liebre que pudo ser raposo

Los barbechos son un mar denso y pegajoso. Las botas echan raíces viscosas y amarronadas. Aflora el cereal con fuerza, sacan la cabeza la cebada y el trigo y miran, con perfil de navaja, al cielo sucio de diciembre: quedan meses hasta la recolección, cuantas fatiguitas habrá que pasar hasta que el grano engorde y se ahorme en pan, cuánta humedad habrá que sufrir por esa sequía que nos condena cada año. Enfilo Talanda abajo. Las hierbas que beben en el corazón del arroyo me llegan hasta la cintura. Y ahí se mete Zara. Y de allí sale como una exhalación una liebre como un raposo. Cruza a seis metros de mí y hasta hago el movimiento de levantar la paralela. Pero no, me contengo. Estoy en territorio prohibido. Dos metros más allá y sí, pero aquí no. No se puede disparar a la rabona. Siempre queda la duda, pero la razón anuda el dedo índice.

La humedad gatea por los pantalones y llega casi hasta el chaleco. Cruzo el arroyo por un sendero de palos a la altura del Prao Redondo, donde todavía dormita un bosquejo de negrillos, ya vacunado contra la podredumbre y la grafiosis. Pateo una tierra de pajas en la margen derecha y allí se clava Zara. Quieta, con la mirada fija, abajo, iluminada por no sé qué visión. Me pongo junto a ella, pero no veo nada. Pienso: sí, seguro que es una liebre. Paso una y otra vez la vista, solo veo la tierra negra, seminal y los restos de un pequeño maraño, carcomido por el tiempo. Zara quieta, estatua de sal parece. Busca. Pasa la vida en un instante. Zara quieta. Rummm. Vuela una codorniz despistada a mano contraria, buscando el perdedero del Talanda. Rompe el aire y hace herida en la mañana plana. Otra vez, toco la escopeta, busco la pieza con la mirada, pero no, la agachadiza está protegida en este tiempo y en este coto. No se puede disparar. Otra vez la duda. La caza en estos tiempos es renuncia, pura renuncia.

Sentido de depredación

Paso junto al Puente la Granja. A un lado, la viña de La Gavia, ya desnuda por la arrogancia del frío. Enfilo hacia Villalazán, valle abajo, siempre siguiendo el curso de la corriente, ayer vivero de cangrejos autóctonos, hoy fuente de desagüe; llego casi hasta el extremo del coto. Las piernas pesan y duelen por dentro. Más aún cuando subo al Teso el Castillo y, casi andando en mano, diseccionó varios quiñones de Las Contiendas. Nada. ¿Qué tal?, le gritó a un cazador que aparece en el fondo del plano alto y al que no identifico porque va vestido de romano, de militar, quiero decir. Nada, he visto dos, uno sí, le sacudí a un metro de la boca, pensé que se había metido en la hura medio muerto. Pero no, lo cobré. ¿Y perdices? Nada, ni olerlas, mi hijo sí, levantaron el bando esta mañana, pero se fueron a tomar por culo, en dirección a Peleas; están duras como piedras jarreñas, no hay quien las engañe.

Junto a unos pinos, otra vez Zara, vaya mañanita que lleva, vuelve a hacer la estatua. Como un clavo, plantada en mitad de un carrasco. Busco posición, para abrir al máximo la panorámica de tiro. Ras. Solo oigo el chasquido del tomillo golpeado violentamente. La bretona corre como una fiera, pero lo que va delante, liebre o conejo (no logro verlo), la pierde en pocos metros, ayudado por el bosque de pinos y encinas. Rais se acerca a mí pidiendo respuestas. Dámelas tú, le digo. Al momento cai, cai, cai, vuelve Zara a cantar otro conejo. En tres minutos, el cuerpo se ha tensado dos veces, se ha estirado hasta el cerebro, buscando un movimiento, un ruido. Es lo que tiene la caza, que te pone a cien, que entrena ese sentido de depredación que todos, aunque algunos lo nieguen, llevamos dentro.

"Patirroja" fantasma

La mañana se va entregando mientras subo y bajo lomas, respiro el cansancio, tiro cantos sobre las matas de tomillos, "murmio" sonidos onomatopéyicos para levantar las piezas, silbo para que los perros no pierdan el hilo. Cansado, recorro el límite del coto. Allí, a lo lejos se ve la dehesa de Castrillo. Al asomarme a una mancha de pinos la veo, muy lejos, la patirroja solitaria vuela bajo, como una bala, es solo un instante. No me da tiempo ni a apuntar. Sí disparo a una liebre despistada que salta a la vez. Todo se arremolina, se enmaraña. Encuentro el guión.

El resto de la mañana lo paso en el aire, persiguiendo a la perdiz. Sondeando tesos y valles, me pierdo entre pinares y almendros desperdigados. A Zara la vuelvo a oír cantar tras una liebre. Rais corre como un loco entre los encinachos. Llego desde el teso a la viña de Antonio Alfonso y allí, en medio de las cepas, a más de cien metros, se levanta. Pom, pom, los dos tiros van al aire. Se pierde a lo lejos, buscando ya el valle del Talanda. Voy casi a la carrera. Me sube la fiebre. No dejo ni una solapa para atrás, pateo todo con obsesión, buscando el matadero. La vista se abre como un telescopio, como una lupa. Vuelve a levantarse muy lejos, cerca del Camino de Peleas. Pom, pom. A criar. Sigo buscándola todavía casi una hora más. Por la Peña el Poyo bajo hasta el carrizal del Talanda. Nada. Desaparecida. Como si no existiera. Un sueño que me ha hecho recuperar durante dos horas el sentido de la caza, el de búsqueda, el de la trascendencia, el de la autenticidad, el de escribir un guión perdido.

Llego a casa a las dos y media, la hora límite para cazar perdices y liebres los domingos del mes de diciembre. Cinco horas y media sin parar. Me siento contento. ¿Qué, ha habido suerte?, me preguntan en casa. Mucha porque he vuelto a sentir el sentido más primario de la caza. Rais y Zara ahí están, tumbados, reventados, pero también contentos. Los tres hemos llegado empapados. Es lo que toca cuando se nada en la intemperie. Pero también mojarse ha merecido la pena: ver los caminos brillantes, como de cristal, un lujo. Y también el horizonte, humeando y pintando grises. El día quedará ahí, en el silencio de la memoria. Así es la caza, un mar de sentimientos. Y de recuerdos.

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