02 de febrero de 2010
02.02.2010

Un sanabrés camino de los altares

Jesús Requejo San Román, nacido en Castro, espera la beatificación como mártir tras haber sido asesinado por milicianos en Madridejos en 1936

02.02.2010 | 12:10

Un sanabrés, Jesús Requejo San Román, podría convertirse en el tercer santo de Zamora (después de San Fernando, nacido en Valparaíso y el jesuita San Alfonso Rodríguez), si prospera el expediente abierto por la Congregación de la Causa de los Santos iniciado bajo el papado de Juan Pablo II. El anterior pontífice fue el impulsor del reconocimiento eclesiástico a religiosos y seglares asesinados por el bando republicano durante la Guerra Civil. El Vaticano ya le ha dado tanto a Jesús Requejo como a su hijo, Antonio, muerto junto a su padre, la consideración de mártires. Eso les convierte en siervos de Dios, el paso previo a la beatificación. La canonización para inscribir sus nombres en el santoral sería el último paso para este registrador de la propiedad, activo católico, diputado por Acción Católica, nacido en Castro de Sanabria y asesinado en Madridejos (Toledo).

El arzobispado de Toledo tramita el expediente que, según el instructor, el sacerdote Jorge López Teulón, podría prolongarse aún dos años más por encontrarse aún en la fase diocesana. Fue un sobrino de Jesús Requejo, Herminio, el que comenzó la tarea de recopilar documentación para que su tío, de profundas convicciones religiosas, fuese reconocido por la Iglesia. A ello consagró los últimos años de su vida, ayudado por su hijo Antonio. Ha sido una labor ardua y dolorosa, porque no era fácil remover heridas a cada conversación con familiares directos, algunos de ellos todavía residentes en Puebla de Sanabria.

En torno a la villa sanabresa transcurrió gran parte de la vida de este zamorano, nacido el 22 de febrero de 1880, hijo de Víctor Requejo Rodríguez, secretario del Juzgado de Puebla, y Josefa San Román San Román. Era el cuarto hijo del matrimonio. Desde muy temprana edad mostró una verdadera vocación religiosa. Varios familiares suyos llegaron a ocupar cargos eclesiásticos de relevancia como Antonio González, tío suyo y arcediano de la Catedral de Valladolid.
Estudió en los seminarios de Puebla y de Astorga (diócesis a la que pertenecen las parroquias de Sanabria), especializándose en Filosofía, Humanidades y Teología. Allí coincidió con el que luego fuera director de El Correo de Zamora, Nicolás Rodríguez. Ninguno de los dos llegó a profesar, pero trabaron una sólida relación que se mantuvo con los años. Esa amistad, y, posteriormente, la de los cardenales Segura y Herrera Oria, fue la que decantó la inclinación del sanabrés por la política. Y con ello, el destino trágico que le deparó una España dividida, violenta y ajena a la razón.

Requejo estudió bachiller con los jesuitas, otra influencia que marcará su pensamiento, fiel al concepto de justicia social basado en el ideario católico y apoyado en la doctrina del Evangelio. Cursó estudios de Derecho en las Universidades de Valladolid y Salamanca, donde se doctoró con la tesis «Repudio en Roma. Religión y Derecho Unidos». Fue la primera publicación de una larga serie de títulos dedicados al Derecho, la religión y los problemas sociales.
En 1930 publicó una biografía defendiendo la figura del Cardenal Segura, el primado papal en aquella época y muy polémico por sus fuertes convicciones conservadoras, lo que le llevó a chocar en numerosas ocasiones con el Gobierno de la II República. Las presiones ejercidas por el Gobierno ante la Santa Sede obligaron a Segura a abandonar su cargo y exiliarse. Requejo había sido su asesor en cuestiones legales y llegó a alojarlo, en plena persecución por los republicanos, en su casa de Madridejos. No falta quien señala ésta y los continuos enfrentamientos que en el Congreso sostenía con Dolores Ibárruri, "Pasionaria", como las causas que determinarían su asesinato a manos de milicianos tras el Alzamiento del 18 de julio de 1936.

Poco antes de titularse en Derecho, el 5 de julio de 1906, contrajo matrimonio con una prima suya, Antonia San Román San Román. Un apellido, San Román, ligado a un linaje noble de la villa de Puebla, donde las diversas ramas de la familia tuvieron grandes casas nobiliarias. La que ocuparan Jesús Requejo y Antonia San Román conserva todavía el escudo blasonado en su fachada. El 19 de abril del año siguiente nació su único hijo, Antonio, que también llegó a licenciarse en Derecho y prepararse las oposiciones a notaría en Madrid. La mano del verdugo le impidió cumplir ese y el resto de sus sueños.
Este parentesco con los San Román explica también la herencia ideológica de Requejo; ambas dinastías formaban parte de los grupos conservadores ligados a la Iglesia, de raíces carlistas, militantes del Partido Unión Católica que pasaría a formar parte de la sección más conservadora de la derecha canovista, explica el historiador Miguel Ángel Mateos. Su preocupación por los problemas sociales, siempre desde la óptica del Evangelio y de las encíclicas de los papas, especialmente «Rerum Novarum», de León XIII, se tradujeron en otros títulos como «Los principios de ordenación al bien común»; «Panorama social» ó «Reglamento de un sindicato comarcal». El que se convirtió en un auténtico experto jurista de su época es autor también de un «Estudio sociológico-administrativo del municipio de Puebla de Sanabria», encargado por los profesores del instituto de la localidad.

Jesús Requejo fue nombrado oficialmente registrador de la Propiedad el 22 de agosto de 1912. Fue destinado primero a Bande (Orense) y, posteriormente, a Puebla de Sanabria. En su comarca de origen dio los primeros pasos como político con la fundación del Sindicato Agrícola Católico Sanabrés, del que fue presidente, además de participar en el de la Cabrera y en la Federación Católica Agraria de Zamora. También en Puebla fundó un «pósito para menesterosos», siendo el primero de una larga lista de acciones en el campo social que se extenderían, sobre todo, a partir de su traslado a Madridejos, de cuya plaza de registrador tomó posesión el 24 de junio de 1924.
Cuatro años más tarde conseguía que el Consejo de Ministros de Primo de Rivera aprobara la construcción de un instituto de enseñanza, el Garcilaso de la Vega, que conserva una placa conmemorativa en honor a su benefactor. Junto a su esposa, Antonia San Román, mantuvo una colaboración continua con la orden de San Vicente de Paúl para la realización de obras de caridad. Su influencia en la sociedad de la localidad toledana fue determinante para que algunos de sus descendientes se decidieran por la vida sacerdotal, entre ellos el padre José Luis Martín Descalzo, hijo de un matrimonio amigo de los zamoranos y del que eran padrinos de bautizo.

Aunque su militancia política la inició muchos años antes, hasta las elecciones de febrero de 1936 no se decidió a dar el paso de presentarse como candidato. Después de solicitar la excedencia de su puesto oficial, concurrió con las listas de Acción Católica y obtuvo el acta de diputado por Toledo con 125.513 votos. El triunfo electoral produjo airadas protestas en el Frente Popular, la coalición de izquierdas antagonista de la CEDA que agrupó a las fuerzas de derechas. En las sesiones en las Cortes, los enfrentamientos eran continuos. Jesús Requejo denunciaba en cada una de sus intervenciones los atropellos y la persecución religiosa desatada desde los extremistas de la izquierda.

La defensa a ultranza de su pensamiento e ideología cristiana y conservadora iba fraguando odios entre sus adversarios políticos, en medio del cisma político y social que culminó con el levantamiento militar el 18 de julio de 1936. Algunos autores le han señalado como parte activa en la preparación del golpe en Toledo, algo que el historiador Miguel Ángel Mateos considera improbable, como prueba que el Alzamiento se produjera mientras estaba en su casa de Madridejos y no en Madrid, donde tenía la casa familiar en la calle Hermosilla. En la capital había quedado su único hijo, que tenía intenciones de viajar directamente a Puebla de Sanabria, villa en la que solían pasar las vacaciones de verano. «Su padre le convenció para que pasara primero por Madridejos y así viajar todos juntos», explica Francisco Garoz de la Osa, hijo del matrimonio que guardaba la casa de la localidad toledana en ausencia de la familia del registrador. Su madre, María de la Osa, que hacía las veces de ama de llaves le contó, de pequeño, numerosas anécdotas en torno a un hombre «muy caritativo, que dejaba de cobrar sus honorarios como registrador a aquellas personas que no disponían de dinero suficiente».

Padre e hijo fueron detenidos en el pueblo manchego. «En aquellos días, el ambiente estaba enrarecido, ya se oía que estaban encarcelando gente, que habían llegado a Madridejos milicianos de otros pueblos y una mañana se presentaron en casa con fusiles, y con relativa educación los invitaron a que los acompañasen a la cárcel», contó María de la Osa, fallecida recientemente. En vano invocó la inmunidad que le otorgaba su condición de parlamentario. «Podía haber escapado, porque hasta el cardenal Segura puso a disposición un coche para poder huir a Francia. Sin embargo, él sostenía que era un hombre de bien, que nunca había hecho nada y que, por tanto, nada tenía que temer», afirma su sobrino-nieto Antonio Requejo Novoa, quien recogió de su padre el testigo de la causa para la canonización de sus parientes.

Fueron recluidos en un convento franciscano donde padecieron torturas y palizas. Se cuenta que a Jesús Requejo llegaron a amputarle las manos tras matarle. Sus verdugos aprovecharon la situación acomodada del registrador. El señor Burgos, como era conocido el carcelero, pidió a Antonia San Román que «preparase unos papeles, porque aquella misma noche les iban a liberar». Era el 16 de agosto del 36 y esos «papeles» no eran otra cosa que dinero a cambio de una libertad que nunca llegó. Esa misma noche fueron subidos a un camión junto a otros diez presos, entre ellos el párroco de la población, Prudencio Lebric, igualmente en proceso de beatificación. Los asesinaron a treinta kilómetros del pueblo y sus cuerpos fueron enterrados en una fosa común. La viuda, además de al dolor de perder a su marido y a su único hijo a manos de los verdugos, tuvo que hacer frente a una difícil situación económica. Intentó, sin éxito, cobrar algunas de las deudas de aquellos que habían obtenido servicios del Registro sin pagar. Nunca olvidó, pero permaneció igualmente fiel al ideario católico. A la iglesia de Puebla de Sanabria, la familia donó un Sagrado Corazón de Jesús, del que era muy devoto el sanabrés, que participó en la exaltación a la imagen el en Cerro de Los Ángeles (Madrid).

Los cuerpos de Jesús Requejo y su hijo fueron desenterrados al finalizar la Guerra Civil, y trasladados en una solemne procesión hasta la iglesia parroquial de Madridejos, donde existe aún una placa con sus nombres. Al día siguiente de los asesinatos, en el pueblo se comentaba que ambos rechazaron renegar de la fe católica, como le exigieron los milicianos. Que murieron gritando «¡Viva Cristo Rey!», un gesto de reafirmación religiosa que bien puede valerles la santidad, pues ese grito es valorado por el Vaticano como una prueba de su martirio. Que en su muerte no mediaron razones de ideología política o ajustes de cuentas, sino una fe inquebrantable.

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