24 de marzo de 2012
24.03.2012
40 Años

Manzano apela al «Benavente espiritual»

El historiador refiere las devociones colectivas que construyeron «la solidaridad y la piedad» de los benaventanos e invita a rememorar las cofradías en tres estampas

24.03.2012 | 01:00


«Hace ya más de 15 años que abandoné Benavente para irme al Principado de Asturias. En Oviedo estudié una carrera que me apasionaba desde niño "Historia". No era la licenciatura con más futuro (no conozco a ningún historiador que se haya hecho millonario) y sin embargo, para mí fue un vehículo que me permitió indagar en la naturaleza histórica de los actos de mis congéneres. Con tesón y perseverancia pude optar a una beca de investigación y decidí que mi pueblo, mi villa, Benavente, se convertiría en mi objeto de estudio», preludió Fernando Manzano Ledesma en su alocución de apertura de la Semana Santa.


El historiador indagó «sobre los nervios que insuflaban vida a la historia de Benavente en los siglos modernos» y las diferencias con otros entes históricos. «Me empeñé en ver a Benavente como una ciudad y no meramente un pueblo, como habitualmente aparecía en la literatura histórica. No tanto por la población que en ella habitaba, unos 3000 habitantes a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, sino por unos rasgos definitorios muy particulares», explicó recordando el poder de los Pimentel que propendió a crear una estructura urbana profesional con un amplio sector secundario y terciario. «¿Sabían ustedes que nuestra villa contaba proporcionalmente con más escribanos que la mayor parte de las capitales de provincia de la época?» preguntó, haciendo mención a la «asombrosa vertebración eclesiástica con 10 parroquias y seis conventos; su pertenencia a la Diócesis de Oviedo, constituyendo un curioso "Gibraltar eclesiástico"». «En definitiva una villa de trato y de contrato, una villa de paso y de estancia, un punto neurálgico como lo es todavía hoy», aseveró.


Frente a este «Benavente material», leiv motiv de su tesis doctoral, Manzano vislumbró un «Benavente espiritual» no debido a la «articulación parroquial, ni a la intensa y secular presencia del clero regular», sino por la» proliferación de devociones colectivas que reunían a grupos de fieles bajo una fe, una advocación, una religiosidad común».


En este contexto se refirió a las cofradías locales y propuso a su auditorio « revivir imágenes, escenas, dioramas de un mundo pasado, acabado, concluido». Lo hizo así: «A través de estos cuadros pretendo que todos y cada uno de nosotros penetremos en el misterio del mundo cofrade benaventano. Un historiador dijo que si pudiéramos viajar al pasado por arte de birlibirloque, nos encontraríamos en un país extraño, ajeno a nuestro entendimiento. Un lugar en que no comprenderíamos nada. Yo mantengo lo contrario porque en determinados territorios y sobre todo en el territorio de la historia de las mentalidades, sobreviven ciertas huellas en nuestro inconsciente colectivo que nos vinculan de manera íntima a nuestro pasado». Estos fueron las estampas que invitó a rememorar:


«Noche cerrada, desabrida y ventosa. Un grupo de figuras portando titilantes antorchas hacen guardia en la puerta de Santa Cruz de nuestra villa. Algunas de esas fantasmagóricas figuras portan unas andas. Están nerviosas, expectantes? están esperando a un cofrade que falleció fuera de su patria. Deben honrar a su hermano y como rezan las ordenanzas de su cofradía colocarse a un tiro de ballesta de los muros de la villa. Figuras severas que esperan el cuerpo de un pariente, de un amigo, de un hermano de fe. Mientras tanto, el vigario o muñidor de la cofradía va calle por calle, casa por casa, anunciando el infausto fin del cofrade transterrado y muerto. En triste procesión se dirigen a la casa del finado. Allí se le velará hasta que despunten los primeros rayos del sol. Con el nuevo día, de nuevo se juntarán los hermanos para acompañar el cadáver a la iglesia, precedido por la cruz de la parroquia a la que pertenece el difunto. Este desfile fúnebre estará tachonado por las candelas que portan los cofrades divididos en dos filas. Ya en la Iglesia los hermanos con gravedad y reposo atenderán al oficio de difuntos. Concluida la misa del entierro, el cadáver era conducido hasta la sepultura, donde dos cofrades reciben el cuerpo y, puesto en la sepultura, todos los cofrades se quitan sus capas en señal de respeto y echan tierra hasta que la tumba fuera llana. Después de enterrar al difunto el mayordomo designa dos cofrades que llevarán a la viuda del brazo hasta su casa. Así decían las ordenanzas y así se hacía».


Imagínense: un cuarto amplio pero austero y unos cofrades discutiendo. Ruidos y alborotos. El alcalde de la cofradía apenas logra hacer guardar el orden. Levanta la voz. Lo que eran gritos se vuelven cuchicheos. El cabildo de la cofradía va a empezar. Se han reunido porque ha llegado a los oídos de la plana mayor de la cofradía que dos cofrades mantienen serias desavenencias. No sabemos las razones de la disputa, pero la cofradía entera se reúne para intentar reconstruir los puentes que se han roto entre estos hermanos. Se interroga a los cofrades díscolos. No parece que haya solución por el momento. No se avienen a razones. La decisión es dura pero justa. Ambos deben abandonar la cofradía. Ya no podrán participar en las procesiones. Ya no se les pagará el entierro. Ya no contarán con las prebendas que tienen. Están solos, inermes. Cuando estén enfermos, no les acompañarán en el lecho del dolor. Dejan de ser hermanos en la fe. Pasan las semanas. Se enfría la querella. Había sido un malentendido. Se convoca Cabildo General. Se abren las puertas de la sala de juntas. Dos figuras se dirigen de rodillas al centro de la misma. Eran los que habían discutido. Se arrepienten, piden perdón y se humillan ante sus hermanos. La pendencia ha concluido. El resto de cofrades les levantan del frío suelo y se ciñen en un abrazo colectivo. Vuelven al seno de la Cofradía. Así decían las ordenanzas y así se hacía»..


Gritos de ¡Fuego! ¡Fuego! recorren la villa. La alarma se expande como la pólvora por las calles y callejas, por los corrillos y las plazas. La Benavente de aquel entonces era de tapial y de madera. El fuego significaba ruina. La casa que se quema es la de un cofrade de las Ánimas del Purgatorio. Sus hermanos, herreros, zurradores, tenderos, zapateros, algún escribano, carpinteros dejan sus quehaceres cotidianos y se convierten en un improvisado cuerpo de bomberos. Las Ordenanzas de la cofradía ordenan que deben socorrer al hermano. Llevan herradas, cántaros, hachas y azadones para matar el fuego. Llegan demasiado tarde, la pérdida de la casa es inexorable, pero no acaba ahí su trabajo. Deben poner en peligro sus vidas y ayudar a su hermano a sacar las pertenencias de un edificio apunto de derrumbarse. Acaban tiznados, cansados pero orgullosos. No todo se había perdido. Así decían las ordenanzas y así se hacía».

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