17 de julio de 2016
17.07.2016

"Soy rumana y me siento orgullosa de ello"

Una joven residente en el País Vasco cambia Benidorm por Moraleja del Vino porque le recuerda a su infancia: "Me siento totalmente integrada, pero sigo sintiendo el racismo"

07.11.2017 | 19:26
B.M.V. posa para el reportaje en el Parque de San Martín de Zamora.

Algunos encuentran su hogar lejos de su tierra y otros se llevan su tierra allí donde forman su hogar. El apego a la patria es uno de los sentimientos más fuertes y a la vez más controvertidos a lo largo de la historia de la humanidad. ¿Qué es el patriotismo? ¿Es una entelequia creada por la necesidad del hombre de pertenecer a un grupo o es un sentimiento tan verdadero como inexplicable semejante al amor? Quizás son preguntas que no tienen respuesta, mas la patria y la tierra son los asuntos que han llevado a una vasca rumana a dejar de lado las discotecas de Benidorm para venir a disfrutar de los campos de cultivo de Moraleja del Vino. B.M.V., de 19 años, es una estudiante de San Sebastián e inmigrante rumana que decidió cancelar el viaje que tenía previsto a la costa para venir a la tierra del Vino cuando una amiga le habló del pueblo de su tía y la forastera descubrió en sus palabras el vivo recuerdo del que fuera su hogar en Rumanía. La joven repasa sus 11 años en España luchando contra los prejuicios y las barreras sociales.

B.M.V. mantiene una eterna sonrisa que no pierde a lo largo de toda la charla y que incluso agudiza cuando el fotógrafo la retrata para este artículo. La cámara le da vergüenza y la grabadora le impone. Sí, una chica de 19 años a la que le dan vergüenza las fotos, así de especial es.

La estudiante vivía en Gottlob, un pueblo muy humilde en el este de Rumanía cerca de la frontera con Serbia. Sus padres emigraron a España hace 12 años buscando un futuro mejor para sus hijos. "Mi padre se vino con una mochila y estuvo durmiendo en la calle hasta que encontró trabajo", relata B.M.V., que recuerda aquella época con especial tristeza, pues ella y su hermano estuvieron esperando un año en Rumanía hasta que sus padres pudieron ahorrar para traerlos. No obstante, el viaje sería el primer paso en el periplo que recorrió la estudiante hasta conseguir adaptarse a un nuevo país. El lenguaje fue el primer escollo a superar, no solo era el castellano sino también el euskera. "Mi madre pagó unas clases particulares para que pudiera aprender castellano y euskera a la vez porque el colegio se negó a hacer un sobreesfuerzo", confiesa la joven inmigrante.

Un nuevo país, una nueva lengua, pero no unas nuevas amistades. Los niños no aceptaron a B. con facilidad y ser de otro país sirvió de pretexto para ganarse la animadversión de los demás. "Se metían conmigo simplemente por ser rumana, lo que me llevó a refugiarme en los más pequeños y siempre iba con los de cursos anteriores". Los años fueron pasando, y con ellos cambió la actitud de B. Ya no era una niña extranjera en un lugar nuevo, sino una donostiarra más y nadie le iba a poner más etiquetas: "ahora no me callo, digo bien alto de dónde vengo, soy rumana, y me siento muy orgullosa de ello".

Ahora B. ha acabado el instituto y se irá el año que viene a Madrid a cursar "Estudios Internacionales", pero antes tiene un verano largo del que disfrutar. De nuevo, la estudiante no actúa como se esperaría de una chica de su edad. Y decide pasar de su viaje a Benidorm para mudarse unos días a Moraleja del Vino. ¿Por qué? "Porque cuando escuché a hablar a mi amiga Naroa de su pueblo le dije: "Tienes que llevarme allí, es igual que el mío"". Su amiga, Naroa Galache Rodiño, ya la conoce y sabe que B. siempre consigue lo que quiere. Ya en el viaje de fin de curso organizó un destino alternativo a Mallorca, donde fueron la mayoría de sus compañeros. "Viajamos a Italia unas amigas y yo, para ver el mar y estar tumbada en la playa ya tengo San Sebastián".

Y así fue, y aquí están, en Moraleja, que no tiene la noche de Benidorm, aunque, claro, tampoco Benidorm tiene los campos de cultivo de Moraleja: "Cuando llegué estaba muy emocionada, no me sentía extranjera, era como estar en casa de nuevo. Si he de quedarme con algo, es con el anochecer sobre un campo de trigo de Moraleja". B. nos recuerda a aquellos españoles, ahora abuelos de su generación, que emigraron a Alemania siempre con la mente puesta en la tierra natal y que conservan la humildad de quienes no tenían nada y pudieron salir adelante.

En estos últimos días, ha podido visitar Zamora aunque casi obliga a su amiga Naroa "a llamar a los bomberos" para conseguir alejarla de Moraleja del Vino: "Todo me evocaba a Gottlob, el asfalto, las casas? dije "de aquí ya no me sacáis"". Pero a pesar de la negativa inicial parece que la ciudad también le ha dejado un buen recuerdo. Hasta tal punto que amenaza con volver: "me gustaría regresar, me quedan todavía muchas cosas por conocer".

Los relatos como este parecen más necesarios que nunca. Desde la pausa, el sosiego y los pequeños detalles que aporta la influencia del mundo rural denuncia como aún el racismo y la xenofobia siguen instaurados en nuestra sociedad.

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