28 de agosto de 2017
28.08.2017
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La letra pequeña del campo

Ha sido una transformación radical para labrar las mismas tierras de secano

28.08.2017 | 01:10
La letra pequeña del campo

Decir que hay labradores sabios es una obviedad. La tierra que se ara, se sazona, se abona y se siembra es un libro voluminoso, pero hay que saber leerlo. Suele tener las letras muy gordas, pero existen algunos renglones con letras bastante pequeñas. En saber descifrarlas está el quid de la buena o de la mala cosecha, del ser o no ser un buen agricultor.

En los pueblos zamoranos de la Tierra del Pan hay pocos agricultores jóvenes. Trabajan con grandes y poderosos tractores y arados descomunales. Hace ya muchas décadas que se jubilaron los arados romanos después de dos mil años de pervivencia, los de hierro y los crubresemillas -llamados comúnmente "cubres"-, muchos de ellos elaborados por los herreros en las fraguas de los pueblos, según la demanda del usuario.

Las vacas, los burros, las mulas y los caballos constituían la fuerza de tracción. En las cuadras y en los tenados de un agricultor de antes proliferaban muchos aperos, carros, yugos, formones, rejas, vertederas, trillos, cambizas, cuartales, ochavas, zarandas, bimadoras, biendos, tornaderas, rastros, rastrones, rastrillas, redes para el acarreo y para transportar la paja de las eras al pajar? Actualmente, las cuadras y los tenados se han convertido en naves para meter el tractor, el remolque, las alpacadoras, los útiles para abonar y echar el herbicida? Ha sido una transformación radical para labrar las mismas tierras de secano, ahora con cosechas normalmente mucho más abundantes, salvo cuando, como ha sucedido este año, la falta de lluvias y el calor sofocante ha diezmado las senaras.

En esta vorágine de la necesaria e irreversible mecanización del campo han desaparecido las eras y, sobre todo, los criados. Hay todavía personas -rondan ya los ochenta años- que pasaron de criados a pequeños propietarios, primero con algunas hectáreas propias y muchas más ajenas, que labraron con una apareja de mulas y después con un tractor de pocos caballos y de segunda mano. Hablo en Pajares de la Lampreana frecuentemente con uno de ellos llamado Isidoro Temprano.

Isidoro es bajo. Renquea al andar de tanto arar las tierras con medios rudimentarios y cultiva ahora un pequeño huerto familiar. En 1956 tenía 17 años y fue a servir a San Cebrián. El ajuste, como era tradicional, lo hizo su padre. Era tiempo de sementera. Fue con el amo a sembrar una tierra. El amo sembró a voleo y él le siguió con una poderosa pareja de mulas y un cubresemillas para tapar el grano. Poco después de iniciar la tarea, una reja del "cubre" despidió una piedra y le dio en las nalgas. El amo soltó un juramento y se disculpó: "Lo siento, hombre, tenía que haberte dicho que te pusieran por el otro lado". Isidoro le contestó con gallardía: "No pasa nada; me ha dicho mi padre que este oficio se aprende a golpes".

Esta dura filosofía ha calado profundamente en Isidoro. Me dice: "Hay quien cree que en esta vida todas son lises; pues no, hay también cruces". Y remata: "No me quejo. Lo poco que sé lo he aprendido en el campo, entre vacas y mulas. Ay, hombre, el mismo año que fui a servir a San Cebrián un carro atropelló en Pajares a mi hermano Jesús y tuvo que estar mucho tiempo en el hospital con una pierna destrozada. Las cosas en casa andaban económicamente mal y mis padres, que estaban mucho tiempo en el hospital acompañando a mi hermano, me dijeron que fuera a vender una vaca lechera a la Feria del 12 de Zamora. Fui caminando con la vaca desde el pueblo hasta Zamora, algo más de veinte kilómetros por el atajo".

Isidoro hace una pausa, se rasca la cabeza que luce una calva ennegrecida por el sol, y prosigue: "Ya cerca del mediodía se acercaron mis padres a la Feria a ver cómo iba la venta de la vaca. Todavía no había hecho ningún trato. Mi madre me animó a que la vendiera como fuera; pero mi padre me dijo: véndela bien y si no vuelve a casa con la vaca, que ya sabes el camino Lo que son las cosas, oye, mis padres se fueron al hospital y poco después conseguí venderla a buen precio".

Hombres como Isidoro, que dejaron la escuela a los 14 años, han sabido leer y descifrar la letra pequeña de un campo que, como me dice con rancia sabiduría, "en cinco años, cuatro malos y uno regular. Te lo digo yo que he nacido al lado de un terrón y de una cagada".

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