05 de abril de 2017
05.04.2017
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Leyendas, historias, realidades

La manipulación de los hechos a través de las nuevas tecnologías de la información

05.04.2017 | 00:17
Leyendas, historias, realidades

Existe una leyenda acerca de un ciervo que habría augurado, durante una cacería, al noble Julián, que un día llegaría a matar a sus propios padres como castigo por haberle acosado y cobrado como pieza de caza. Ni corto ni perezoso el noble Julián decidió salir escopeteado de sus lares, hacia paradero desconocido, al objeto que no pudieran encontrarlo sus padres, pues de aquella manera sería imposible poder acabar con sus vidas. Pasado el tiempo y tras haber contraído nupcias con Basilisa, por esas cosas raras de la vida, sus padres acertaron a localizarlo, y un día de esos en lo que mejor es no levantarse, muy de mañana, se presentaron en su casa. Pero Julián, que al parecer era muy madrugador, había salido al campo, y Basilisa, siempre dispuesta a hacer el bien, les cedió el lecho conyugal para que pudieran descansar de tan largo viaje. Como quiera que Julián regresara a casa mientras Basilisa se encontraba en misa, creyó ver en su alcoba a su esposa yaciendo con un desconocido; de manera que, ni corto ni perezoso, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, degolló a aquellos supuestos amantes, que no eran otros que sus propios padres. De manera que así se cumplió el vaticinio que, años antes, había hecho el ciervo; eso sí, debido a "un malentendido".

Para reparar tan gran pecado, Julián, fundó un monasterio para peregrinos, a quienes él mismo ayudaba a acceder, cruzando el rio Esla, sirviéndose de una barca. Además, con sus propias manos, levantó la Iglesia de San Pedro de la Nave, llamada así, precisamente, por aquello de la embarcación. Con el transcurrir de los años Julián y Basilisa fueron convertidos en Santos, dándose descanso a sus cuerpos en la citada iglesia, que viene a "distar de Zamora cuatro leguas al Poniente".

Si no fuera porque Julián y Basilisa vivieron y murieron en Antioquía (Siria), en el siglo III, y que la magnífica iglesia visigótica de San pedro de la Nave se levantó en el siglo VII, alguno habría podido llegar a creerse tal leyenda. Pero las cosas son como son, o como los historiadores dicen que son, o como gente interesada se empeña que sean, o como lo que permite ver el cielo invisible de la verdad. De hecho, hay quien mantiene que aquel matrimonio, compuesto por Julián y Basilisa, realmente no llegó a ser tal, porque no llegó a consumarse, ya que ambos cumplían promesa de pureza y castidad hasta la muerte; y por tal razón y porque en una de las persecuciones de los romanos, protagonizada por Diocleciano, llegaron a degollar a Julián, ambos conyugues, parejas de hecho, o lo que fueran, fueron declarados santos.

Este confusionismo entre lo que se dice, lo que se escribe y lo que se hace, continúa existiendo en el momento que ahora vivimos, pues muy a pesar de que queden registrados todos nuestros movimientos, sean o no trascendentes, la verdad nunca llega a conocerse. Sirva de ejemplo lo que dicen los partidos políticos sobre la corrupción que anida en sus filas, lo que los jueces dictaminan sobre ello, y lo que usted ha llegado a enterarse a través de los medios de información: observará que ninguna de esas fuentes es coincidente. Y es que, a pesar de disponerse de ese reguero de datos que van dejando los ordenadores y teléfonos inteligentes de los que disponemos, siempre hay alguien o algo que se empeña en liar la madeja, mezclando el grano con la paja, para que nada llegue a saberse, de manera que todo continúa dependiendo del interés del observador de turno, de que bizquee del ojo derecho, del izquierdo o, de ambos ojos a la vez.

En esa línea de manipulación de los hechos, con la invasión de las nuevas tecnologías de información, alguien podría tomar esta leyenda, historia, o lo que sea, de San Julián y Santa Basilisa, al pie de la letra, y llegar a la conclusión de que, para ser santo, bastaría con ser cazador, asesinar a los propios padres y montar una casa rural para turistas.

Otra lectura afirmaría que cualquier asesino, incluido el que comete un parricidio, no solamente puede ser reinsertado en la sociedad sino también puede servir de ejemplo, como santo, para generaciones futuras.

Tan peregrinas elucubraciones sugieren que, si se deseara conocer la realidad de un suceso, especialmente de aquellos que se hallan plenos de secretos guardados y fuertemente padecidos, aquel debería ser mirado desde todos sus ángulos con la lupa de la transparencia, sin hacer caso de cuchicheos y susurros cortantes, cosa que nadie está dispuesto a hacer, porque así lo indica la historia, lo enseña la clase política y lo recomiendan las leyendas.

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