Domingo 9, XXVIII del tiempo ordinario

Sálvame

09.10.2016 | 01:04
Sálvame

El evangelio de este domingo nos relata el episodio de la curación de diez enfermos de lepra. Cualquier enfermedad era vista por el judaísmo como castigo por el pecado personal o de los antepasados. Según fuera el pecado, cantidad o intensidad, así aumentaba proporcionalmente la gravedad del mal que los afectaba. Desde lejos, estos diez hombres gritan a Jesús para que tenga compasión de ellos. Son muertos en vida. Piden compasión para que los libre de la enfermedad. Así podrán reincorporarse a la vida normal. Resulta llamativo que a pesar de vivir aislados, alguien les haya hablado de Jesús y por eso se decidan a acudir a él.

Esta vez Jesús no los toca, sino que los envía a los sacerdotes. En el trayecto se dan cuenta de que han sido curados. Los sacerdotes eran los que debían certificar la curación para permitirles regresar a casa o volver a la vida corriente. Pero uno, samaritano, que es considerado un pagano por los judíos, vuelve alabando a Dios a gritos para darle las gracias a Jesús. No le importa que se retrase el reconocimiento de su salud. Quiere dar gracias a Dios Padre y a Dios Hijo, a Jesucristo. Se siente feliz por lo que ha hecho por él. Y acude a hacer efectivos sus sentimientos de gratitud, poniéndose de rodillas ante el señor. Y Cristo le dice algo impactante: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado". Los otros nueve quedaron curados, solo este samaritano quedó además salvado por su fe.

Tú y yo también tenemos muchas lepras en nuestra vida que nos separan de los demás, que nos aíslan, que nos encierran en nosotros mismos. Son nuestros pecados. Tal vez no sepamos muchas cosas teóricas sobre Cristo, pero quizá hemos oído que nos ama y dio su vida en la cruz para salvarnos. Con eso es suficiente para acudir a él. Ya sabes más que aquel samaritano leproso. No tengas miedo de acudir al encuentro de Cristo. No pienses que eso no es para ti. Libérate de todos tus prejuicios, de todos los obstáculos que hayas puesto tú. Él te está esperando. Sé libre de verdad para gritarle al señor, como aquellos diez leprosos. Quita todo lo que oculta y esconde tus pecados, tus lepras, y muéstrale tus heridas al Señor. Él te salvará. Te limpiará. Como a aquellos diez, te dará carne nueva, sana, para que sigas adelante. Y cuando lo experimentes, vuelve al señor para darle gracias y no te separes de él. Además de sanarte, puede salvarte. Darte una existencia nueva, diferente a lo que te ofrece el mundo.

Y, ¿dónde vuelvo para encontrar a Cristo que me salva? En la Iglesia, en medio de la comunidad de los bautizados, allí te espera. Déjate curar por él de todas tus heridas. Déjate perdonar por él de todos tus pecados. Déjate cuidar por él. Cristo te cura y, por la fe, te puede salvar.

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