Historiador

Pórticos de piedra

Las piedras hablan y lo hacen en Compostela y en el Pórtico de la Majestad de la Colegiata

12.08.2016 | 00:18
Pórtico de la Majestad.

Si las piedras hablaran...". Existen con este título libros y canciones para expresar el anhelo de posibilidad comunicativa de la materia inerte.

Si las piedras hablaran... Pero lo cierto es que lo llevan haciendo desde las bifaces y lascas prehistóricas, hasta los pedruscos que caen del cielo: mensajes que el firmamento nos manda en forma de meteorito.

¡Vaya si nos hablan las piedras!

En Santiago de Compostela la piedra tiene voz propia y en Salamanca un brillo especial.

Ahora en Toro, con Aqva, le han afinado la garganta al Pórtico de la Majestad, cuya brillante restauración ha durado 14 años. En lo mismo andan con el Pórtico de la Gloria jacobeo.

Los templos hablan y algunos con singular elocuencia. Es un axioma del arte de la decoración que el vestíbulo de una casa nos da ya idea del gusto y talante de los moradores. El románico primitivo empezó dándole arcos a las puertas, siguió labrando el dintel y acabó haciendo vestíbulos de piedra acogedora, para dejar claro dónde se entra.

La evolución del Pórtico es la de la fe misma que se abre en arcos y vanos, en saludos de bienvenida a la casa de Dios, donde cabemos todos. El Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago es el paradigma de esa familiaridad cristiana.

Aún hoy -con los restos de policromía que la Fundación Barrié se esfuerza en rescatar- nos recibe Santiago como mayordomo del reino celestial. Su señor y dueño, Jesucristo, abre los brazos llagados, en su trono del tímpano, para recibir al peregrino, con toda su corte y numerosa orquesta que le da la bienvenida. El significado iconográfico-espiritual es más complejo y rico, como lo explicó el sabio profesor Moralejo, ya fallecido, pero en síntesis es lo que, a primera vista, percibimos los que alcanzamos la meta del Camino entrando por el triple arco de triunfo de piedra que es el Pórtico compostelano.

En Toro, etapa clave del Camino de Santiago, de Levante, quien nos recibe es nada menos que la Madre de Dios, Señora que saluda a los devotos desde el umbral de su casa y les invita a entrar, con su hijo en brazos, desde el parteluz: hermoso término artístico que a Ella le cuadra sobremanera.

Aquí el gótico inicia su esplendor desde el tronco pétreo del fuste ramificándose en arcos apuntados que nos evocan una palmera plegada por el viento. De hecho, el peregrino se detiene en este oasis donde el sosegado ambiente es el espejo de la policromía fresca que se mantiene en este aljibe de fe desbordado en brocales concéntricos. ¡Cuánta agua salutífera contiene este depósito de arte!

¡Cuánto alivio y esperanza para los ojos sedientos de belleza! También aquí un coro de músicos y santos nos invita a entrar, para cantar con ellos las glorias de María, como lo han venido haciendo en la Colegiata a lo largo de los siglos.

Escribió Gerardo Diego:

María, ¡tu mano!

Qué mano tan música

Con sus cinco dedos

Azucenas únicas

Cuando no existían auditorios públicos, los templos ofrecían entrada gratuita, cuando no había orquestas, los órganos catedralicios suplían la carencia con su enorme surtido de timbres y registros, cuando bajo los arcos de triunfo pasaban los generales, los creyentes se cubrían de gloria y perdón bajo los pórticos de piedra.

En Toro lo he visto.

En Santiago, lo confirmo.

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