Regreso a mi mar Cantábrico

Reconozco como mío ese horizonte que da vida y sosiego, al mismo tiempo, lejos de otras multitudes

08.07.2016 | 09:32
Regreso a mi mar Cantábrico

Dentro de pocos días subiré a veranear. No concibo unas vacaciones de verano sin el recuerdo de este mar que llamo "mío". Solo unos pocos años pude pensar en identificar mi mar con el "Mare Nostrum"; aquella breve estancia de unos pocos veranos y "puentes invernales" en el Mediterráneo revivió los recuerdos de antaño, sugeridos por la convivencia intelectual con los años de Humanidades, caracterizadas por las lenguas y territorios, costeros con el llamado "Mare Nostrum". (La evocación de mis estudios latinos y griegos me hizo sentir "mío" el Mediterráneo). Pero mi realidad vivencial se aviene más con la permanencia personal a la orilla del Cantábrico, ese mar entrañable, que ha sido mi horizonte la friolera de cuatro cursos escolares completos y treinta permanencias veraniegas, aunque solo 26 con residencia en vivienda de propiedad.

He vivido la placidez del mar en calma, disfrutando los veranos en la playa de Laredo, la "playa Salvé", apropiada para los niños por su escasísima peligrosidad. He contemplado la inmensidad, discurriendo por la carretera desde Asturias hasta la frontera con Francia y allí hasta Bayona. He pasado cuatro veces todo el mes de mayo, contemplando las langostas en su langostero a la altura de la Universidad, mientras había "locos" que estudiaban sentados en la cornisa de la terraza, sobre la planta séptima del nuevo edificio. Alternaba mis miradas sobre el langostero con el repaso de los temas del curso reflejados en mis cuadernos de resúmenes minuciosos, elaborados día a día. He gozado viendo las grandes olas que el mar producía descargando su furia sobre "la Peña" del acantilado, que bordeábamos bajando a la orilla del mar. Y he sufrido, muy pocas veces -tal vez solo dos- el ruido espantoso que producía la galerna cántabra y que impedía mi sueño hasta solicitar cambio de habitación que, generosamente, me concedió el padre Lafuente, en sus (por mí agradecidas) medidas exclusivas. ¿Cómo no voy a reconocer como "mío" a ese mar Cantábrico, que da vida a muchas gentes, a través de la pesca y muy de tarde en tarde siembra la costa de viudas y huérfanos a causa de aquellas terribles y espectaculares galernas?

Uno de los atractivos más importantes aquellos primeros años veraniegos norteños era la tranquilidad del Norte; en contraposición con el alboroto del Mediterráneo, en general, y particularmente de las soleadas playas de mi amada Andalucía. Esa antagónica tranquilidad ha ido deteriorándose por la masiva afluencia de personal español del centro de la península, con sus costumbres del día a día y, sobre todo, con los excesos admitidos siempre en la costa mediterránea. Por poner un ejemplo, nunca se vio en el norte cántabro de aquellos años que el personal circulara por la villa o la ciudad con el atuendo exclusivamente playero. En la misma playa se advertía menor desnudez; pero nunca se veía a una persona fuera de la playa sin camiseta y vestido aceptable en un ambiente ciudadano ordinario. Esta y otras particularidades han ido admitiéndose en el Norte.

Parece que este año determinadas autoridades del mundo veraniego van editando exigencias que llevarán a las playas españolas hacia menor permisividad y con esta circunstancia a mejorar las condiciones para los veraneantes en general. Se ordena el uso de la camiseta, al menos, fuera de la playa; y también, en algunos casos, se prohíbe la convivencia con los perros, esos animales que resultan muy familiares en el hogar, pero menos aceptables -al menos en sus "reliquias"- en las mismas ciudades. También se vigila la tranquilidad acústica general, aunque se ataque a los gustos particulares de algunas personas. Indudablemente algunas de estas medidas contribuirán a la tranquilidad en las playas. Pero voy a lo mío: Un mes -del 15 de julio al 15 de agosto- volveré a mi mar Cantábrico y disfrutaré de su placidez laredana, sin despreciar el resto de las presencias cántabras, oteando el horizonte, sobre los bordes del Buciero o desde la altura de otros cerros costeros. Para ello, tal vez habrá que conciliar la estancia tranquila en Laredo con otras experiencias, conseguidas mediante un cansado paseo por lugares cercanos, caminando por carreteras o trochas montañeras.

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