Día tras día

Con o sin

Nadie se cree, por triste que resulte, que la justicia es igual para todos

13.01.2016 | 09:03
Juan Jesús Rodero

La primera jornada del juicio por el caso Nóos, con 18 acusados en los banquillos, tuvo en la infanta Cristina, como cabía esperar, el protagonismo más destacado y casi único, centro de todas las miradas y de todos los medios de comunicación, mientras el principal impulsor y ejecutor de la trama, su marido, Iñaki Urdangarín, pasaba casi desapercibido.

No se esperaba, sin embargo, que tan rápidamente, desde el primer momento, los representantes del Estado iniciasen sin pérdida de tiempo su batalla para librar del juicio a la hermana del rey. Pero el fiscal fue enseguida directo al grano erigiéndose, como ya había hecho en ocasiones anteriores, en el principal defensor de la señora de Urdangarín, recurriendo una y otra vez a la jurisprudencia de la doctrina Botín por la que un procesado deja de serlo si ni la fiscalía ni la abogacía del Estado presentan cargo alguno contra quien se sienta en el banquillo debido a la acción popular, una extraña doctrina sacada de la manga en su día que sirvió para librar al fallecido banquero de las imputaciones que sobre él pesaban, y que ha sido aplicada en diversas ocasiones desde entonces como se puso de manifiesto.

Una doctrina que a la gente de la calle le suena aberrante pero que ahí está, con sus partidarios y detractores, y a la que el fiscal añadió un argumento inesperado de más peso, un informe de Hacienda exonerando por completo a la infanta de cooperación en el delito fiscal imputado por el juez, por lo que en opinión del fiscal convertido en abogado defensor el asunto está claro y para Cristina Federica de Borbón y Grecia el juicio no debe continuar. Tesis que naturalmente fue acompañada por la abogada del Estado en todos y cada uno de sus puntos y que remató enfáticamente con una curiosa y demoledora frase: que lo de Hacienda somos todos es un simple slogan publicitario.

O sea, que ya se sabe: publicidad, pero que se lo pregunten a esos pequeños empresarios o autónomos a los que se imponen severas y sobretodo desproporcionadas sanciones por cobrar algún servicio en ese dinero negro que otros manejan con tanto habilidad y disponiendo de tantos recursos. Pero siempre se ha sabido que la delincuencia de cuello blanco es otra cosa, vista de bien diferente manera, y que hasta los pocos de ellos que pisan la cárcel gozan de un trato más o menos preferencial. El trullo es para los robagallinas, y esa es la conclusión que parecía desprenderse de la expresión ligeramente sarcástica del advenedizo Urdangarín, que no se librará, y de la inexpresividad de su hierática esposa.

Nadie cree, por triste que resulte, que la justicia sea igual para todos. A la acción popular, que se entiende que representa al pueblo, y que en este y otros escándalos de corrupción ejerce Manos Limpias que no se sabe exactamente lo que es pero que ahí está, se la ningunea por quedar en minoría frente a los defensores. Puede que la acusada sea inocente pero eso debe ser algo que dicte la justicia, no un privilegio aplicado para no juzgarla. Ahora, a esperar, hasta que el mes próximo se reanude la vista, con o sin infanta.

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