Crónicas de un paso de cebra

Intérpretes del corazón

El lenguaje de los paisajes espléndidos en tierras de la Carballeda y Sanabria

09.10.2015 | 09:10
Concha Ventura

Decía Pascal que "Los ojos son los intérpretes del corazón, pero solo los que miran con interés entienden su lenguaje". He andado días atrás en buena compañía por tierras de La Carballeda y de Sanabria intentando oír y ver con interés animales en libertad y caminado por esos paisajes tan diversos y espléndidos para poder entender su lenguaje.

Pasamos entre otros lugares por el embalse de Valparaíso camino de Cional, donde una cervatilla atravesó la carretera lentamente, le brillaban los ojos y también su lustrosa piel marrón, se la veía contenta. Seguimos camino a Codesal, donde el aire movía con gracia las candongas que son propias de estas tierras, unas chimeneas a modo de veletas, rematadas con una estructura de cono, que se orientan según venga la fuerza del viento, para mejor extraer los humos. Es palabra de muchos significados y también se aplica a la mujer que no pone el burro en casa o en tierras murcianas son sinónimo de hombres astutos y zalameros.

Subí a la espadaña de la iglesia y contemplé entre jirones de niebla al pueblo despertando y las campanas, una de ellas rota, se pueden romper fácilmente si se le pone un pañuelo de seda encima y se golpea. En ella aparecía esta inscripción: "María, ora pro nobis"; seguimos caminando por el monte hasta un lavadero y una charca llena de huellas de animales, jabalíes, corzos, vacas, pero solo vimos saltamontes, mariposas y un sapo muerto.

Comimos en Manzanal de Arriba, en el Lobo Feroz, les recomiendo que prueben su oreja a la plancha, y por la tarde fuimos a otear horizontes a la cantera, donde águilas reales nos vigilaron desde el cielo, con vuelos majestuosos y circulares. Zorzales y abejarucos nos hicieron más llevadero el camino.

Al anochecer nos sentamos en las escaleras de madera del embalse para oír el concierto de los ciervos en celo. Una berrea de múltiples voces que se entremezclaban con el ruido de las esquilas de las ovejas que volvían al redil y también con sus balidos. La noche iba cubriendo los campos, y de pronto, entre nubes, apareció la primera luna llena de otoño alumbrando el mundo; en el agua saltaban los lucios y las carpas intentando zamparse a los mosquitos que por allí volaban.

Al día siguiente volvimos pronto a perdernos por aquellos lugares y contemplamos a los ciervos y a una cría en una llanura de pastos verdes. En Codesal, los arcenes aparecían cuajados de flores: gitanillas, capuchinas, geranios, minutisas, claveles chinos y crisantemos de chillones colores. Nosotros agradecimos la sombra y el frescor de robles y castaños centenarios, ante el calor de ese verano inesperado. Y mientras caminaba, me vino a la memoria la bellísima historia que el gran folclorista Argimiro Crespo recogió en su libro: "Memorias y Leyendas", "El Romance del Roble de Codesal" (les recomiendo que la lean), donde la hija de un carcelero de Verín se enamora y es correspondida por un arriero preso en la cárcel del pueblo al que ella le llevaba la comida cada día. Enterada de que será azotado, le da la libertad. Su padre cae en desgracia por culpa de este hecho ante el Señor de Verín y tienen que abandonar esas tierras. A pesar de los malos tratos que sufrió, ella nunca reconoció su participación en la fuga y tras maldecirla, se fue de casa con unos segadores gallegos a Castilla, a Codesal, y al no poder soportar tan duro trabajo, murió al tercer día. Quedó en el campo sin que nadie la enterrase, solo una vieja le apartaba las moscas con una hoja de roble. Al fin, se decidió que lo harían en una esquina del cementerio, pero nadie le llevó flores y uno de los mozos, en plan de chanza, le clavó la ramita de roble en la tumba de tierra. Al poco tiempo un joven arriero de ojos castaños pasó por allí, oyó la historia y reconoció en ella a su amada, se acercó a llorar sobre su sepultura y acabó convirtiéndose en monje, y el roble en símbolo del amor verdadero, elevándose majestuoso en una esquina del cementerio.

"El roble del cementerio por todos es respetado. Cuando haciendo sepulturas a sus orillas llegaron, han quedado sorprendidos del pueblo los más ancianos, porque parece increíble que un roble de tal tamaño se sostenga en dos raíces que se marchan hacia abajo y los que las vieron dicen que tienen forma de lazo y el esqueleto se encuentra entre las dos abrazado. Sus cenizas en la fosa, ya convertidas en savia, entrando por las raíces se extiende a todas sus ramas, que a veces se oyen gemir por los vientos azotadas, pues quieren estar serenas mirando hacia las montañas tras las cuales se oculta Galicia. ¡Galicia?! ¡Galicia! "a sua terra amada"...

Luego pasamos por Sandín y de allí a Sanabria donde hicimos la ruta de los pacharanes en Galende, desde el Molino vitruviano del río Tera, que lleva desde la capillita de San Gil hasta Pedrazales.

(Es curioso que un santo cenobita de origen griego, el cual se acabó retirando a un bosque cercano al Ródano, que se alimentaba de la leche de una cierva, aparezca aquí venerado, en pleno bosque sanabrés. Tal vez sea porque es auxiliador de peregrinos y caminantes).

Este tipo de molino parece que fue inventado por Filón de Bizancio, basándose en las ruedas hidráulicas o norias en el siglo III antes de Cristo y lo perfeccionó el arquitecto Vitruvio, quien cambió las ruedas horizontales por otras verticales o de paletas. Se solía construir sobre un puente sobre azudas, con tajamares o salientes. Entre ojo y ojo del puente se levantaba la casa, generalmente de adobe, porque se sabía que se destruiría con cada riada, y a ambos lados de la misma se ponían las ruedas o muelas que funcionaban accionadas por el agua.

Y siempre vuelven una y otra vez a aparecer los ojos como intérpretes del corazón y del amor, porque está comprobado que si miramos con interés, acabaremos comprendiendo por un instante, no solo el lenguaje de lo que nos rodea, sino también la perfección de todo lo creado, ese fulgurante resplandor que siempre acaba iluminando al mundo.

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