Vamos a descansar un poco

Cuando hay que afrontar una larga enfermedad se valoran las cosas sencillas

19.07.2015 | 00:21
Vamos a descansar un poco

Curioso, al tiempo que aleccionador, que en los meses de julio y agosto vayan apareciendo evangelios que nos ayudan a afrontar con sentido estos días de vacación y de descanso. Es el Jesús que se lleva a sus discípulos a un sitio tranquilo a descansar y les enseña a rezar, el mismo Jesús que riñe cariñosamente a Marta preocupada más del servicio de la casa que de la acogida y de la compañía. Los meses de verano y la experiencia de cada uno hacen que no suenen a extraños gestos de Jesús como el de llevarse a sus discípulos "a descansar un poco".

El "no tener tiempo ni para comer" sugiere de inmediato el tráfico de las ciudades, los largos desplazamientos, las enfermedades del corazón, las consultas a siquiatras en orden a recomponer esa parte de nosotros que se nos va en jirones los días, meses y años de la vida. En los quehaceres de cada día se cansa el alma antes que el cuerpo. Desintoxicarlo y descargarlo de toxinas es relativamente fácil, lo complicado es cambiar los hábitos de vida, cargar las pilas, reencontrarse con uno mismo y recobrar la ilusión de vivir.

Cuando hay que afrontar una larga enfermedad y se ven las orejas al lobo se empiezan a valorar las cosas sencillas que componen el quehacer de cada día, a las que no se les presta apenas atención, pero que contribuyen sin embargo a cerrar el entramado de la vida. Un viaje de novios, la celebración de un cumpleaños, el fin de carrera, la jubilación... son fechas circunstanciales. Hay personas que viven sólo para las metas y una vez logradas pierden la ilusión. La clave para ser feliz hay que encontrarla en el día a día, en el lento discurrir de las horas, en el trabajo y en el descanso. Todo es vida, todo merece aprovecharse con usura, todo vale. Pero no hay por qué poner el alma en todo como si en cada momento nos jugásemos la vida.

Son muchos los que viven ocupando el tiempo sin llenar la vida, atrapados por la fiebre de hacer cosas; muchos los que viven para la casa, para el coche, para el trabajo, sacrificando lo mejor de sí mismos a lo que menos importancia tiene. Decía el sicoanalista Erich Fromm que "el trabajo obsesivo produce la locura tanto como la pereza completa, pero que con esta combinación se puede vivir". El gesto de Jesús de llevarse a sus discípulos a descansar a un lugar apartado tiene, ¿cómo no? su inmediata y actual traducción para nosotros. Hay que dar tiempo para preguntarnos y respondernos quiénes somos y qué es lo que se espera de nosotros, tiempo también para rezar y trabajar, tiempo para vigilar el don precioso de la vida y de la fe. Jesús les enseñaba muchas cosas a sus discípulos y nosotros, al amparo de sus palabras y de sus gestos aprendemos a amarnos a nosotros mismos, a gozar de la vida, a mirar también hacia afuera y a disfrutar plenamente de la única existencia que tenemos porque no habrá segunda oportunidad.

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