Muy breve

Olvido, humillación y desprecio

El casco antiguo, un espacio desaprovechado que es víctima de continuas fechorías urbanísticas

16.07.2015 | 10:15
Herminio Ramos

La queja de los autónomos del llamado casco antiguo puede considerarse como un auténtico aldabonazo sobre el estado y situación de una parte de la ciudad, justo la que constituye el icono de la capital, junto al río. Y es ese el territorio donde más felonías se han cometido, hasta el punto de llevarse por delante más del 60% de un patrimonio histórico artístico, amén de arbitrariedades arquitectónicas, insultos al entorno y demás fechorías. La Zamora antigua parece que fuera una salmodia que solo interesa a media docena de chalados de las piedras. Pero si realmente hay un movimiento de cierta importancia económica en la ciudad, este se asienta sobre los restos de ese maltratado conjunto, desde la plaza de Alemania al Castillo.

Todavía nos queda por descubrir el futuro que le aguarda a esta infeliz ciudad con esa larga veintena de solares, algunos con cerca de treinta años de abandono. Que Dios nos ampare y nos libre de la que nos espera, a la vista de lo vivido en las últimas décadas.

Un apartado especial se merece la pretendida recuperación del primer recinto de muralla, en el que se han conjugado nobles intentos con auténticas felonías, lo que, guste o no guste, define a las corporaciones que lo han permitido. Encontramos casos que han acabado ante los tribunales, pero al no ejecutarse las sentencias, las polémicas siguen vigentes. Eso de apropiarse de una calle para convertirla en jardín o solar ha sido una constante en Zamora durante los últimos dos siglos.

Un aspecto nuevo, pero no por eso menos insultante, es el de esos centenares de pintadas, una verdadera epidemia de suciedad, abandono y desidia de quienes tiene la responsabilidad de mantener la ciudad y su entorno. Fallan los mínimos de educación cívica entre la ciudadanía, pero si además falla la autoridad, el resultado es que la ciudad no puede recuperar su presencia digna y respetable que todos tenemos obligación de cuidar, en lugar de ofrecer el lamentable espectáculo actual al visitante.

Sin un profundo respeto al pasado y un claro programa, junto a una generosa entrega, los problemas se multiplicarán sin remedio de una forma peligrosa.

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