Sagan, Aristófanes y Ruth

22.08.2016 | 00:48

Si un extraterrestre se presentara en nuestro planeta no con intención de destruir Nueva York, como sucede casi siempre en el cine, sino con ganas de saber cosas de esa especie bípeda con uñas planas que es capaz de arreglárselas en el frío y el calor, en lo alto y en lo bajo, en lo seco y en lo mojado y en lo crudo y lo cocido, podríamos llevarle de visita al Instituto Tecnológico de Massachusetts y hablarle de tipos como Carl Sagan o pasar con él un par de semanas en unos Juegos Olímpicos. De acuerdo, el ser humano es capaz de iluminar el cosmos al estilo de Sagan y de correr tan rápido como Bolt, pero también puede esforzarse en construir un mundo tan feo como el propone Donald Trump y de autodestruirse con minuciosa saña a golpe de guerras, injusticias y recomendaciones del Fondo Monetario Internacional. Somos así. Esculpimos bellísimas estatuas de bronce que luego fundimos para construir cañones. Aunque nos gustaría que nuestro amigo extraterrestre se llevara una buena impresión de su visita al planeta Tierra, ocultar a Trump, a Alepo y al FMI sería como esconder las bromas sexuales y las rotundas obscenidades de las comedias de Aristófanes para proteger a los niños y mantener el prestigio de la cultura clásica. No podemos quitar los penes erectos de "Lisístrata" sin que "Lisístrata" deje ser lo que es, y mirar para otro lado para no ver la cara naranja de Trump no hace que desaparezca Trump y su cara naranja. Pero lo bueno del ser humano está en "Cosmos" de Carl Sagan y también en las carreras de Bolt o en maravillosas, luchadoras y alegres saltadoras de altura como Ruth Beitia.

El autoestopista galáctico de visita en el planeta Tierra disfrutaría en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, pero se lo pasaría en grande en unos Juegos Olímpicos. ¿Por qué no podemos estar tan orgullosos de los Sheldon Cooper del mundo real como de las Ruth Beitia de ese mundo de ficción que es una competición olímpica? Como nos recuerda Martha Nussbaum, los que escuchaban a Aristóteles en el Liceo, quizás acostumbrados a las elevadas, exquisitas y sutiles reflexiones de Platón, a veces no entendían el gusto del filósofo macedonio por lo ordinario y lo prosaico como, por ejemplo, el minucioso estudio de los animales, y pedían al maestro que se ocupara de asuntos más sublimes. Supongo que algunos no entenderían que nuestro extraterrestre perdiera el tiempo con algo tan ordinario y poco sublime como un salto de altura, una carrera o un lanzamiento de peso, pero, como decía Aristóteles, los seres humanos somos criaturas de carne y hueso, así que lo ordinario (saltar, correr, lanzar) también es interesante y placentero, no algo indigno y de lo que conviene huir y ocultar a los ojos (o lo que sea) de un extraterrestre. Si Aristóteles dedicó un enorme esfuerzo a la descripción de especies marinas a las que hasta ese momento nadie había prestado atención, un turista extraterrestre y un ser humano de carne y hueso pueden pasar mucho tiempo viendo a otros seres humanos saltar, correr y lanzar porque el asombro tiene muchas caras.

El turista extraterrestre tendría algo que decir a los científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts, pero se quedaría sin palabras ante la belleza de los saltos de Ruth Beitia, medalla de oro en salto de altura en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en una competición tan emocionante como un capítulo de la serie "Cosmos" y tan divertida como una comedia de Aristófanes.

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