Una cuestión de estilo

El sábado se cruzaron en el Bernabéu la fidelidad a un modo de entender el fútbol con una gestión errática y caprichosa

23.11.2015 | 06:10

Desde la temporada 2004-05, de los catorce clásicos jugados en el Santiago Bernabéu, el Madrid ha ganado cinco, el Barcelona siete y han empatado dos veces, con 24 goles para los locales y 31 para los azulgrana. Es decir, que lo que ocurrió el sábado es una tendencia, no una anomalía. El Barcelona ha encontrado el camino del éxito desde que volvió a sus orígenes, al fútbol que predicó Johan Cruyff en su etapa de entrenador. Y el Madrid no ha dejado de dar tumbos, con cambios continuos de modelo amparados en una tesorería poderosa. Al final, las diferencias entre los dos grandes de la Liga española se resumen en una cuestión de estilo. El Barcelona confía en el suyo y, con matices, lo mantiene aunque cambien los entrenadores y los futbolistas. El Madrid se ha acostumbrado a ir a remolque y, en la última época, en función de las ventoleras de su presidente, Florentino Pérez.

El libro y el álbum. Salvo contadas y sonoras excepciones, como la de Ibrahimovic, en la última década el Barcelona ha fichado en función de su libro de estilo y la conveniencia del mejor jugador del mundo, Leo Messi. El Madrid, sobre todo desde 2009, ha diseñado su plantilla como una lujosa colección de cromos. Desde que Joan Laporta se agarró al salvavidas cruyffista, todos los entrenadores del Barça han sido del mismo palo, con un único momento de debilidad cuando algunos directivos apostaron por Mourinho como sustituto de Rijkaard. Al Madrid le han servido Vanderlei Luxemburgo y Manuel Pellegrini, López Caro y Juande Ramos, Fabio Capello y Carlo Ancelloti, Bernd Schuster y José Mourinho. Y, además, los últimos condicionados por un presidente intervencionista, que cuando le preguntan por la filosofía de fútbol del Madrid contesta: ganar. Incluso en sus peores momentos, el madridismo se sentía representado por futbolistas que no se rendían nunca. El tramo final de los dos últimos partidos, en Sevilla y en el clásico, dejan dudas incluso de esa actitud. Es quizá el reflejo del desconcierto de unos jugadores que no se sienten a gusto con el traje que les pretende calzar Rafa Benítez. Hace un año, con Carlo Ancelotti al frente, el Madrid era una máquina imparable. Después, la temporada en blanco animó a Florentino a cambiar. Parece que para peor.

El Barça de siempre, con matices. Josep Maria Bartomeu no tuvo necesidad de tomar ninguna medida drástica tras la última temporada aciaga del Barça. El "Tata" Martino se sentía como un cuerpo extraño y se marchó por propia iniciativa. Año y medio después parece evidente que la directiva barcelonista acertó con todas sus decisiones: un entrenador como Luis Enrique, que conocía la casa y se iba a encargar de recuperar la cultura del esfuerzo; y unos fichajes, sobre todo para la portería y la delantera, que apuntalasen posiciones clave y permitiesen evolucionar el estilo. A Luis Enrique le costó, pero la fórmula funciona. Su Barça se parece más al de Rijkaard que al de Guardiola: quiere siempre el control de los partidos, pero no le importa desmelenarse y llegar pronto al área contraria. Es, en definitiva, más imprevisible.

Castillos en el aire. Los ideólogos del Madrid justificaron el cambio de Ancelotti por Benítez por la necesidad de que un equipo plagado de estrellas llevase el peso de los partidos y no concediese tantas oportunidades a su rival. El problema es que Florentino Pérez no acabó de darle a su entrenador el material para cumplir ese objetivo. El centro del campo, donde se cuece todo, sigue plagado de mediaspuntas reconvertidos por esa manía del presidente de fichar al futbolista de moda de cada verano, ya sea Bale (2013) o Kroos y James (2014). Benítez lo intentó compensar con la recuperación de Casemiro, pero ante la primera cita importante de la temporada cedió a los deseos de la planta noble. Además el entrenador, en su poco disimulado deseo de contentar a Bale -y de paso a Florentino- ha convertido el ataque en un galimatías. Los continuos cambios de posición, en un intento imposible de encajar las piezas, degeneró en un monumental atasco frente al Barça.

Los números mienten. Para el Madrid, el partido del sábado no fue muy distinto al reciente contra el Paris Saint Germain en el Santiago Bernabéu. Pero, a veces, los números engañan. El 1-0 fue un milagro para el Madrid y una broma pesada para el PSG. Benítez lo solucionó con soberbia resultadista: "Somos líderes de grupo y estamos en octavos de final". Los números desmentían la impresión que dejaba el Madrid, un equipo que ataca con menos frescura que la pasada temporada y sigue concediendo tantas ocasiones, o más, casi siempre a mayor gloria de Keylor Navas. Las bajas de jugadores importantes sirvieron de coartada al entrenador mientras la temporada se ponía seria. El sábado, cuando tenía donde elegir, demostró que su Madrid no está a la altura del Barcelona. Tiene tan buenos jugadores como los de Luis Enrique, pero le falta mucho para ser un equipazo. Y tiene, además, la desgracia de gestionar el inicio del declive de Cristiano Ronaldo, agravado en estos momentos por unas decisiones tácticas que perjudican el juego del portugués y le hacen estar permanentemente de morros.

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