Profesor de Filosofía y escritor

Unos días para recuperar la autoestima

Pregón íntegro de los festejos fermosellanos que ahonda en el alma de un pueblo repleto de singularidades

18.08.2015 | 06:10
Encierro por las calles de Fermoselle.

Para todos los que venimos de fuera, desde que enfilas la Venta de Fornillos y aparecen las primeras cepas de las Llagonas, ya nos sentimos en fiestas; imaginaos cuando pisas la Plazuela, bajas la calle mayor o te sientas en el mentirote a ver caer la tarde rodeado de amigos, historias pendientes y tendidos de madera. ¿Alguien necesita inaugurar en este pueblo las fiestas de los toros que llevan en el alma todos los fermosellanos los 365 días del año, en cualquier lugar del mundo?

Gracias, señor alcalde, a los concejales, comisión de fiestas, a peñas y amigos, es un honor poder dirigir unas palabras en el Ayuntamiento de tu pueblo. Quizás porque dejé el pueblo de niño, acaso porque el tiempo y la nostalgia suelen desdibujar la realidad vivida y nos empeñamos en sustituirla por emociones, tengo la sospecha de que las leyendas han sustituido por completo la realidad que tengo de él. Como cualquiera de vosotros, amo y odio a partes iguales la distorsión entre la realidad de lo que somos y la que adornamos.

Porque, ¿cómo se puede entender sino, que Fermoselle, que a finales del siglo XIX, principios del XX tuviese casi 5.000 habitantes, cuente hoy con unos escasos 1.500, y sin embargo sigamos creyendo que nuestro pueblo es único?

¿Cómo se puede encajar que generación tras generación haya educado a sus hijos en la emigración en lugar de crear las condiciones laborales para dar de comer a todos sus habitantes, y sin embargo consideremos tal decisión la mejor fórmula para liberarnos del arao?

¿Cómo es posible que hace 40 años, esta tierra de viñedos, olivares, frutales, y huertos escalonados en paredones imposibles se haya convertido en un piornal y sin embargo sigamos creyendo que es un vergel? ¿Cómo es posible que seamos tan exigentes con nuestros representantes en las instituciones locales, y sigamos inclinándonos ante la autoridad allende Sayago cuando deberíamos exigirles respeto y proyectos de vida como hacen en otros lugares de España donde nos ganamos el pan? ¿Cómo es posible que tengamos más plazas de toros que Barcelona, y sin embargo no podamos garantizar la permanencia de un médico las 24 horas del día? ¿Cómo es posible que tengamos menos niños, más casas vacías, casi las mismas comunicaciones que hace un siglo y ninguna esperanza laboral, y sin embargo nos sintamos tan orgullosos de nuestro pueblo?

Hubo un tiempo en el que incluso fuimos la referencia de todos los pueblos de Sayago. Les contaré una anécdota descrita por Luis Cortés en su libro "Donde termina Sayago? Fermoselle", a propósito de la botica de su abuelo Leocadio. La miseria que trasluce es conmovedora a pesar de ser tremenda. Cuenta que a la botica de su abuelo se acercaba en busca de ayuda toda persona necesitada de la comarca, a veces con más desesperación por una mula enferma, que por su propia vida. Tal vez porque la caballería era su vida y el sustento de toda la familia. "Recuerdo enternecido -relata Cortés- aquel pobretico que se obstinaba en vano en encender su mal liado cigarro en la bombilla que pendía del techo, diciendo maravillado al boticario: No chisca, boticario, ¿Qué coños tié esta lumbri? Eran los años -termina Cortés- en que solo Fermoselle gozaba de la luz eléctrica en todo el contorno". Hoy el contorno ha subido enteros y ha disminuido diferencias con Fermoselle. Pero nosotros nos seguimos considerando referencia a pesar de lo que el viento se ha llevado.

A la luz de tantas paradojas derrotistas, un desconocido de estas tierras y su historia podría deducir que somos un pueblo fallido y sin futuro. Precipitada deducción. A uno le gusta ser de pueblo y alardear de esa condición. Esto chincha mucho a los de ciudad. Y a menudo al pueblo le pongo un nombre, Fermoselle, a sabiendas de que la mayoría no tiene ni idea dónde está. Entonces recurro a la literatura mágica de Gabriel García Márquez, y les sitúo en un lugar remoto donde la meseta castellana se rompe en peñascos y fallas. Y ya puestos, les cuento la historia de unas gentes decididas, que durante siglos vivieron aisladas y olvidadas por la historia sin más ayuda para sobrevivir que su coraje. Porque.., ¿qué es sino obra de titanes ganarle a berrocales imposibles un palmo de tierra para sembrar cuatro cepas o un olivo? ¿Qué son, sino proezas, los infinitos bancales arañados a pendientes suicidas hasta lograr llegar a las arribes más profundas donde la frescura del Tormes o el Duero prometen frutales y aromas de hierbabuena? La memoria de nuestros abuelos nos habla de gentes increíbles que fueron capaces de hacer de un peñasco sin agua, un vergel mediterráneo. A esto, mi buen amigo Paulino Guerra, le llama nuestro Machu Picchu, un Machu Picchu construido al revés, de arriba abajo, de la cima de las fallas, al abismo de los ríos.

En mi época de estudiante universitario, me crucé en Barcelona con un filólogo de la Universidad Pontificia de Salamanca que había hecho su tesis de fin de carrera sobre Fermoselle, su pasado judío y la obra titánica horadada bajo nuestros pies. Estaba impresionado por esa epopeya. Esas más de trescientas bodegas de pizarra y cantería, vaciadas a base de piqueta y sudor, hoy valdrían una fortuna. Imposible para esta época. El objetivo era devolver la uva cultivada bajo las inclemencias del sol y la quietud de las estrellas, a las entrañas de la tierra y retornarla en vino. Pues bien, ahí las tenemos, bajo nuestras calles, bajo nuestras casas, sobrecogidos por su humildad y belleza, a sabiendas que son la obra de nuestros antepasados, de nuestros seres queridos, algo de lo que podemos estar orgullosos. Se han recuperado algunas, otras se han readaptado, duele ver algunas derruidas; pero tengan por seguro que, algún día, esa herencia de nuestros abuelos será fuente de riqueza para ennoblecer el Parque Natural de Arribes del Duero.

Como orgullosos deberíamos estar de esta empalizada de talanqueras, cada cual de su madre y de su padre, verdadero museo al aire libre, fruto de las emociones y el altruismo de tantas generaciones que nos precedieron. Algún día, esta plaza, hecha a mano, como se dice ahora para marcar lo singular e irrepetible, que se adapta a la geometría caprichosa de la Plaza Mayor, habrá de fundar un museo para que prevalezca para siempre la memoria de una época que nos ha precedido y tenemos la obligación de preservar. No lo duden, están ustedes sentados en una joya arquitectónica a la que vendrán a visitar en el futuro antropólogos e historiadores de la tauromaquia, y miles de turistas.

Una última contradicción, dentro resisten a este tiempo despiadado de olvidos, fermosellanos con garra y capacidad de innovación. No pongo nombre a la virtud para no dejar fuera a ninguno. ¡Bueno es mi pueblo en la disputa del mérito! Pero lo cierto es que la tradición familiar de la matanza se ha transformado en industria para convertirse en negocio serio y rentable. Es la disculpa que nos permite a muchos presumir afuera de embutidos sin igual. No conozco a fecha de hoy a nadie a quien haya ofrecido una rodaja de chorizo de Fermoselle que no acabe por pedirme la referencia. Me hago de rogar, lo exquisito merece un ritual que lo ennoblezca. Es la promoción que todo fermosellano hace por esos mundos de Dios, como si le fuera en ello la honra.

Paradójicamente, fuera hemos sido más prolijos. Algunos, incluso han logrado hacer historia, no siempre para bien, como el legendario Doroteo, y algunos también dinero, buen dinero, por no decir fortunas, que aquí somos muy dados a exagerar. Entre ellos ha habido grandes profesionales de la medicina, de la ingeniería, del periodismo, albañiles, constructores y restauradores. Francisco Galiana, el hombre que imaginó el agua corriente en Fermoselle, hizo fortuna afuera y regresó para subir el Tormes hasta nuestras fuentes. Son las paradojas de este pueblo maravilloso, que le ha sobrado impronta para emprender aventuras inciertas y le ha faltado anclar el arao para realizarlas aquí.

¿Nos podemos sentir derrotistas ante tanta contradicción? ¿Por qué esta fatalidad de empeñarnos en nacer en un lugar sin aparente futuro, pero sin el cual no podríamos vivir?

Quizás en la fuerza de estas fiestas esté la respuesta. No conozco ningún lugar del mundo donde el tema de conversación y desvelos de cada día del año, sean sus fiestas. Cuando están y cuando han de venir. Todo el año. No hay problema mayor. De hecho, si no existiesen, habría que inventarlas, porque ellas son en sí mismas la realidad mágica que otorga a cada uno de los hijos de esta tierra el alimento espiritual que los mantendrá vivos el resto del año, aquí y allí, donde nos ganemos la vida. Me arriesgo a afirmar, que además de una fuente material imprescindible para comercios y bares, es patrimonio inmaterial donde cualquier fermosellano recupera la autoestima que la condición de emigrante a menudo le arrebata. Por mil motivos, por las condiciones laborales, por el anonimato de las grandes ciudades, por los reveses de la vida. Ante esas adversidades, el pueblo se convierte en el útero materno, donde nadie es más que nadie, y todos adquieren de inmediato un lugar en el mundo con nombre y apodo, reconocibles y respetados. Aquí formamos parte de un relato al que agarrarnos ante la deshumanización de las grandes ciudades y la falta de poder sociológico de todo quien ha de vivir fuera de su entorno. Las fiestas son la disculpa, la liturgia donde recuperamos los recuerdos y nos contamos la vida a nuestro modo. Porque este rincón perdido del mundo es nuestro refugio. Por eso las preguntas que me hacía al inicio de esta reflexión se resuelven con esta última paradoja: ¿Cómo es posible que teniendo todo en contra, estemos tan orgullosos de nuestro pueblo, de nuestras fiestas?

Posiblemente sea porque son el cordón umbilical con la casa de nuestros padres, de nuestros abuelos, el espacio de nuestra infancia. Ya saben, la infancia, la única patria que nos pertenece de verdad, la única que no nos pide la vida, sino que nos la da. También la infancia de nuestros hijos. Posiblemente sus calles son para ellos, una extensión del comedor de nuestras casas. De ellas salen, a ellas regresan sin horario ni control. Y si no, se les echa un grito, que el eco del vecindario hará llegar hasta el rapaz. Y si alguno tiene un percance, todos son sus padres. Un detalle olvidado en este mundo de prisas y egoísmos, que conecta con la sabiduría africana: "Para educar a un niño se necesita a la tribu entera". ¿Cuántos padres pueden disfrutar hoy de este altruismo social y el sosiego que aporta?

Las clases medias y pudientes construyen sus paraísos a medida, casi siempre para huir de las aglomeraciones urbanas; nosotros, los fermosellanos, como veis, lo heredamos de estas calles empinadas y casas de piedra vieja que la especulación moderna no ha destruido. La fatalidad de no haber crecido, de no habernos desarrollado económicamente, se compensa con la suerte de poder disfrutar de nuestra infancia en cada una de sus peñas y parras, de sus rincones, allí donde jugamos al marro o nos abrieron la primera brecha de una pedrada. El campo estará perdido, pero ahí siguen los caminos polvorientos, los paredones y los zarzales, el recuerdo de mulas y burros que tantas veces vimos surcar cargados de uvas y esfuerzos. Parece cuestión menor, pero no. Es una suerte regresar al pueblo y encontrar tu infancia intacta. Muy pocos lo pueden decir hoy en día. Pensad en la costa. Pueblos preciosos han desaparecido destruidos por el hormigón. En él han sepultado infancias, vivencias, lugares a los que nunca podrán regresar ni siquiera los que allí siguen viviendo.

Amigos, la vida se construye de momentos, saber vivirlos, disfrutarlos es condición necesaria para ser feliz. Las fiestas son uno de esos momentos. Aquí los construyen unos, los de plantilla, a ellos regresamos otros, y todos sentimos en las fiestas que la felicidad no tiene dueño. Les aseguro que es difícil encontrar sociedades donde este sentimiento de autoestima esté tan desarrollado como en nuestro pueblo, como en Fermoselle.

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