La Veguilla

Muy diferente era la fiesta de aquellos tres días pues se reducía a la misa mayor, a la pedida del toro y a los bailes públicos

04.04.2016 | 01:03
La Veguilla

Yo, que soy muy escéptico en cuanto al asunto de los milagros, me dejo llevar por la duda cartesiana y ando antes el camino de la razón que el de la fe. Por eso siempre he comulgado con el credo de los existencialistas mirando con recelo a los soñadores.

Durante mi servicio militar en Ceuta, recuerdo las largas charlas con un misionero, luego en la curia romana, jesuita y mexicano: el padre Escandón, del cual aún conservo sus cartas y que me enseñó una oración para los tiempos de congoja: "Señor, si es que existes, salva mi alma, si es que la tengo".

Esa duda metódica que hace exclamar a Unamuno. "¡Qué de contradicciones, Dios mío, cuando queremos casar la vida y la razón!".

Y todo esto lo escribo como justificación antes de opinar sobre un milagro, en torno al cual gira el acontecimiento, si no más importante, sí más folclórico de esta ciudad.

Que la batalla de Mato en el 812 de nuestra era contra el rey Ores ocurrió, es un hecho demostrable; lo que no lo es tanto, es la participación de la Virgen ayudando a los buenos contra los malos. Yo me inclino más a suponer que la tal pedrea contra los sarracenos fuera una tormenta con pedrisco caído del cielo y el que puso en fuga al enemigo. Que las aguas del Órbigo se tornaron rojas de tanta sangre vertida, según refiere Garibay, y que en los campos de la Polvorosa, pasado el tiempo, se descubriera un osario que se extendía a lo largo de la vega también es un hecho irrefutable y puede decirnos de lo cruento de la lucha, pero nada más.

La tradición que ha pasado de padres a hijos, la veneración a la Virgen, hasta convertirla en patrona de la ciudad optando por tenerla en su escudo de armas:

Escudo de plata con un puente de piedra, de dos ojos, defendido por dos castillos o torres almenadas en cada extremo, todo mazonado de sable, y entre las torres, en el centro del puente, la imagen al natural de la Santísima Virgen de la Vega con el Niño en brazos; el puente puesto sobre ondas de azur y plata. Timbrado de la Corona Real española.

Pero si la batalla se dio en los campos de la Polvorosa, ¿Cómo es que se apareciera en un puente sobre el Esla, es decir, al otro lado de la ciudad? ¿Cómo es posible que se venere la misma imagen tanto aquí como en la ermita del cercano pueblo de Cimanes?

No soy historiador, por eso dejo en la consideración de ellos que nos expliquen todas estas contradicciones.

Recuerdo la imagen de piedra reposando todo el año en la desaparecida iglesia de San Nicolás y de su traslado tres días antes de la festividad de la Veguilla hasta el templo de Santa María donde se oficiaba y se oficia el triduo en devoción. Nunca entendí tampoco que, siendo como era la patrona, no estuviera ubicada en un lugar de honor o donde se encuentra ahora y sí mantenida en una iglesia donde apenas existía el culto.

Aquí debo recordar a mis tres amigos desaparecidos encargados durante años, como miembros de la OJE, de portar el enorme peso de las andas repujadas en plata durante el recorrido procesional: Manuel Castaño, Pascual Vega, Manuel Otero y yo.

Pocos sabrán que la cruz con pedrería que lucía o luce liada alrededor de la imagen era la cruz pectoral del obispo Regueras. También lució durante años la medalla de oro que los coros y danzas de Benavente ganaron en Ponferrada en el concurso de la Virgen de la Encina y que donaron a la patrona. ¿Dónde está? Sería bueno saberlo.

Muy diferente era la fiesta de aquellos tres días pues se reducía a la misa mayor, a la pedida del toro y a los bailes públicos.

Con el tiempo se fueron añadiendo actos o entretenimientos a los que se sumaron, como era inevitable, otros aspectos menos socializantes hasta llegar a convertir la fiesta en lo que es hoy en día. Un botellón callejero y madrugador que nada tiene que ver con el transcurso de una mañana alegre y bullanguera que esperábamos hacerla alegre tras la procesión religiosa para abarrotar luego la Plaza Mayor cumpliendo así la tradición.

Esa manifestación que une a un pueblo en una sola voz: ¡toro, toro, toro! Un pueblo que mantiene viva sus costumbres pero que debe salir de la inercia y poner en marcha otros valores que lo definan como siempre ha sido esta ciudad que tanto ha dado.

El "más vale volando" se ha convertido en dejar pasar al vuelo oportunidades que ya no volverán. Un día dije que no es lo importante agarrarse a la aroma en una tarde de junio. En no reducirlo a una fiesta que, dados los tiempos que corren, pasará a ser un recuerdo o un juego sin sacrificio, a una carrera ante un toro de plástico o de cartón. Un pueblo en el que una tras otra han ido desapareciendo las industrias; un pueblo en el que resulta triste ver el espectáculo de los establecimientos cerrados donde cuelga un cartel de se vende o se alquila. Un pueblo sin imaginación está abocado a vegetar a la sombra de las subvenciones que es un pan para hoy y hambre para mañana.

Siempre será mejor el pájaro en la mano, aunque algunos vean en ese gesto la privación de la libertad.

La libertad es la capacidad de la conciencia para pensar y obrar según la propia voluntad de la persona pero sujetos a un orden más elevado. En la Declaración Universal de los Derechos Humanos se dice: "Amamos la libertad porque nos hace sentir la poesía de la vida, y nunca somos más grandemente humanos como cuando estamos luchando por la libertad".

Por eso, a veces, me gusta sentirme libre para poder luchar por alcanzarla, para poner a prueba mi valor y mi fuerza. Que me eleve y ayude a encontrar esa poesía que me haga más humano.

Pero no solo de poesía ni de ensoñaciones vive el hombre. La poesía no mata el hambre, ni da trabajo, solo nos ayuda a olvidar la tragedia y la angustia.

Hace mucho que Benavente dejó de soñar y ha despertado a una realidad que a veces nos da miedo contemplar desde la ventana. El maná ya no cae del cielo como esas piedras que hicieron huir a sarracenos. Y tampoco podemos esperar sentados otro milagro.

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