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Crónica negra zamorana (IV)

La plaza de Zamora que esconde una matanza: nueve muertos y más de 60 detenidos

Una violenta reyerta entre dos clanes enfrentados convirtió el ágora en un campo de batalla el 7 de marzo de 1879, con más de un centenar de implicados, nueve muertos y más de sesenta detenidos.

Crónica negra zamorana (IV) Sangre en Botiguero

Crónica negra zamorana (IV) Sangre en Botiguero

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Es sorprendente la frágil y débil memoria que algunas veces muestran las ciudades. Derriban una casa, se levanta otra, se cambia el nombre de una plaza, se ensancha una calle, se plantan cuatro árboles, y al cabo de unas generaciones ya nadie recuerda que debajo de nuestros pasos ocurrieron cosas que, de haberlas presenciado, nos habrían acompañado hasta la tumba. Ese es el caso de la plaza de las Milicias de Zamora ¹ una suerte de lugar desmemoriado que aunque nos cueste imaginárnoslo convertido en escenario de una carnicería, antaño lo fue. (¹actualmente Plaza de San Julián del Mercado sita en el barrio de La Horta).

Todo aconteció el 7 de marzo de 1879, viernes de la Feria (ganadera) de Botiguero (El término botiguero es una forma patrimonial de la lengua leonesa de Zamora, derivada de botiga (tienda/bodega), la cual designa al tendero o feriante (de botiga). Sin embargo con el tiempo se trató de imponer el término castellano "Botijero" al asociar erróneamente la feria con la venta de botijas o vasijas de barro. Pese a todo los zamoranos seguimos empleando mayoritariamente el término leonés Botiguero).

A las ocho de la mañana la feria ya estaba en plena ebullición. Había tratantes examinando caballerías, paisanos llegados de los pueblos, vendedores, curiosos y ese tropel de hombres que acompañaba entonces a cualquier mercado ganadero importante. Se miraban dientes, patas, hechuras, se discutía el precio de una mula como si en ello fuese la salvación del alma, mientras las herraduras golpeaban el suelo y las voces eran indiferenciables de los relinchos. En suma, una mañana corriente de feria.

Sin embargo aquella normalidad no lo era para todos, pues desde días antes permanecía en Zamora una partida de gitanos tratantes de caballerías. Las fuentes relacionan a estos con el grupo de los Barrules, los cuales al parecer tenían una enemistad profunda y feroz con el clan de los Jiménez. De dónde procedía aquel odio es cosa que ni siquiera el juez designado para esclarecer los hechos que hoy nos ocupan, consiguió averiguar a posteriori. Se han podido imaginar negocios contrariados, disputas familiares, rivalidades en las ferias o cuentas antiguas, pero una cosa es lo verosímil y otra lo probado.

Sea como fuere, el jefe de los Barrules había recibido un telegrama, en el que le avisaban de que los Jiménez acudirían en tren a la feria zamorana, informándole de la hora de llegada y, según la relación conservada, hasta con el número de hombres que compondrían la partida.

Y así fue, los Jiménez llegaron en un tren procedente de Valladolid. Bajaron del convoy y fueron directamente hacia el mercado. No consta paseo, demora ni negociación alguna. Llevaban armas "a prevención", y como ya sabemos, los Barrules tampoco andaban desprevenidos.

Los Jiménez prosiguieron hacia la feria mientras comerciantes, vecinos y ganaderos continuaban ocupándose de sus asuntos. La catástrofe avanzaba por una ciudad que todavía desayunaba, y cuando ambos grupos se divisaron, todo sucedió de golpe. Insultos, gritos, y finalmente disparos, todo fue prácticamente simultáneo.

Crónica negra zamorana (IV) Sangre en Botiguero

Crónica negra zamorana (IV) Sangre en Botiguero / .

Los comerciantes huyeron. Los compradores abandonaron los tratos. En pocos minutos aquel lugar que poco antes hervía de gente quedó despejado para los combatientes. Las caballerías, espantadas por las detonaciones, debieron de contribuir al desconcierto.

Había escopetas, pistolas, revólveres, y algunas carabinas Remington, que no eran precisamente juguetes. Y cuando las armas de fuego no servían, quedaban los cuchillos y las navajas. Algunos habían preparado incluso una suerte de lanzas, sujetando hojas a palos largos. Es imposible sostener después de semejante inventario que nadie esperaba problemas.

Las mujeres participaron también. Las crónicas, escritas con la mentalidad de su siglo, se asombraban especialmente de encontrarlas entre el tumulto, gritando e increpando a los adversarios y, más aún al señalar que algunas de ellas, blandieran puñales y navajas.

Hubo una violencia espantosa, y no pasó mucho tiempo para que desde el cercano Cuartel de Caballería acudiera una guardia formada por cuatro hombres. Cuatro, con la pretensión de detener una pelea en la que participaban más de un centenar de personas armadas. Evidentemente los arroñaron (arrollaron). Y la lucha continuó.

Entonces comenzaron a llegar guardias civiles. Después las autoridades y los pocos soldados disponibles en la plaza. Para entonces ya había decenas de hombres tendidos en el suelo. Muertos. Heridos. Y todavía continuaban atacándose. La saña de los bandos alcanzó a quienes ya habían caído. No bastaba con derribar al enemigo. La furia continuaba sobre el cuerpo vencido.

Los soldados intimidaron a los contendientes para que depusieran las armas. No obedecieron. Cargaron contra ellos. Tampoco bastó.

La pelea se derramó por las bocacalles próximas de los Herreros, Balborraz y la plaza del Zumacal. Algunos hombres se refugiaron en casas cercanas y desde allí mantuvieron el fuego contra las fuerzas que trataban de reducirlos. Hubo soldados heridos. Y entonces el miedo debió de entrar verdaderamente en las casas, porque una cosa es contemplar una pelea desde lejos y otra bien distinta escuchar tiros detrás de tu pared. Disparos, carreras, voces, más disparos, y después ese silencio breve en el que nadie sabe si todo ha terminado o simplemente el hombre que se encuentra al otro lado del muro está recargando el arma.

Al final se impuso la tropa. Unos escaparon. Otros fueron capturados. Más de sesenta personas acabaron detenidas. Y hubo que contar los muertos. Al principio fueron seis los fallecidos en el acto, si bien posteriormente a consecuencia de las heridas, la cifra se elevaría a nueve.

En el posterior proceso judicial se interrogó a los implicados. Las respuestas fueron evasivas y contradictorias conformando un laberinto sin salida.

Algunos desaparecieron y retomaron sus caminos, y es más, todavía en 1880, más de un año después, el juzgado de Zamora publicaba requisitorias en la Gaceta de Madrid buscando personas relacionadas con la causa cuyo paradero se ignoraba. Después ocurrió lo que siempre ocurre, la vida regresó.

Volvieron las ferias, los tratos, las mulas, las cabras, las ovejas, las vacas, los pregones. Los muertos fueron enterrados. Los testigos envejecieron. La ciudad cambió. El Cuartel de Caballería desapareció y aquella plazuela acabó olvidando que un 7 de marzo de 1879, a las ocho de la mañana, con la feria abarrotada, llegó un tren desde Valladolid. Que de él bajaron unos hombres y se encaminaron hacia el mercado. Otros sabían que venían. Los vieron aparecer. Alguien levantó un arma. Sonó el primer disparo. Y todo el mundo echó a correr.

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