Pepe Seco: la luminosa celebración de lo cotidiano
Alabanza del trabajo bien hecho. «La plástica del artista zamorano Pepe Seco es deudora de los cánones del realismo académico, expresándose mediante un dominio preciso del dibujo»
"Dichoso el que un buen día sale humilde/y se va por la calle/ … y pone el oído al mundo y oye/ … y abre /su taller verdadero, y en sus manos/brilla limpio su oficio, y nos los entrega/ de corazón …".
Claudio Rodríguez
Mitiga este sofocante verano la Fundación González Allende con un ameno huerto de pinturas, esculturas y grabados de José Seco, que todavía están a tiempo de ver – se inauguró en junio pasado y permanecerá hasta el 13 de septiembre próximo – en la sala de exposiciones de su sede – la actual casa de cultura – y en la felizmente recuperada iglesia-museo municipal de La Concepción, oratorio del otrora convento de franciscanas, al que su céntrica ubicación le exoneró de ser desamortizado y devolvió su originaria condición de ermita, acogiendo durante un tiempo la imagen de N. Sra. del Canto. Peor suerte corrieron las dependencias monásticas, demolidas sin contemplaciones, para levantar en sus suelos, durante el directorio militar del general Primo de Rivera, las escuelas públicas que hoy llevan el nombre de Magdalena de Ulloa, aquella noble toresana, casada con Luis Méndez de Quijada – mayordomo de Carlos V – que tanto favoreció a los jesuitas (fue fundadora, entre otros, del colegio noviciado de Villagarcía de Campos, mereciendo por ello el apodo de "Limosnera de Dios"), a cuyo matrimonio se encomendó la crianza y educación del hijo bastardo del emperador: Don Juan de Austria (el popular Jeromín).
Zamorano de nacimiento, Pepe Seco, vino al mundo en el seno de una familia humilde, y como tantos otros chavales de su época anheló ser artista, dando sus primeros pasos en la mítica Escuela de San Ildefonso, donde aprendió a dibujar al dictado de sus promotores: Chema "Castilviejo" y Daniel Bedate. También, como a otros, aquella corta estancia habría de dejarle una impronta duradera, y, pese a no ampliar estudios en Bellas Artes, llegó a exponer, con éxito, en Zamora, León y Mérida. No sé si la ambición o el azar le metieron en la cabeza que a su formación le vendría bien salir de los estrechos límites de una ciudad de provincias, que poco o nada ofrecía, y por ello cogió los bártulos y se fue nada menos que a París, por entonces meta de muchos artistas noveles. Pronto su pragmatismo le apearía de las ensoñaciones y aconsejó buscarse la vida trabajando: primero en una fábrica de coches, donde se inició como carrocero, y más tarde, ya con alguna experiencia y suficiente francés para defenderse, probar suerte con la serigrafía, cordón umbilical que le mantuvo unido al mundo de las artes, y que, a la postre, le brindaría la posibilidad de abrir aquí en Zamora su primer negocio, que transformará en taller de marquetería, por el que pasaron la mayor parte de los artistas, que en nuestra ciudad han sido, además de ser aula, ateneo y mentidero de sus afanes y cuitas. Sin embargo, los muchos encargos que atiende, le obligan a dejar sus apetencias artísticas, recuperadas tras su jubilación, que ahora, ya nonagenario, nos brinda ufano, como si de un joven ávido de experimentar se tratase. Y lo hace además con el bagaje de una plural y larga trayectoria profesional, de la que son muestra cabal el centenar largo de obras que ha tejido silenciosamente – "solo el silencio salva" – durante el último cuarto de siglo.
La plástica de Pepe Seco es deudora de los cánones del realismo académico, expresándose mediante un preciso dominio del dibujo, del que son muestra los acabados retratos de "Filomena"y su hija "María Ester", si bien, durante su corta estancia parisina, se dejó cautivar por la estética del expresionismo y del arte de las vanguardias, en concreto de la manera de hacer del pintor francés Bernard Buffet (1928-1999), del que llegó a ver una exposición; estética que se aprecia en obras como "Montmartre", "Mujer con niño en brazos y paisaje" y "Mi amigo Bruno". Tras su regreso a España, como ya dijimos, el negocio ocupa todo su tiempo y le aparta de sus escarceos artísticos, de manera que lo que hoy contemplamos es labor de lo que va de siglo, sorprendiendo, también como quedó dicho, la hiperactividad y lozanía creativa en un hombre de su edad, en la que son mayoría las acuarelas, ejecutadas con depurada técnica, donde manifiesta su dominio del dibujo – verdadero sostén de su obra –, el manejo de la luz y el color (de tonos opulentos y afables), la perspectiva y la sobria seguridad de su pincelada. Desfilan aquí la Zamora monumental, el costumbrismo urbano, así como su revisitado estudio, ese apacible rincón en el que cocina sus variopintas experiencias. En esta extensa y variada producción llama la atención su singular cuarto a espadas escultórico, representado por piezas de rotundos volúmenes y plástica románica, policromadas con colores desafiantes, en oposición a los delicados retablitos, de ecos renacentistas, en los que aúna equilibrio, armonía y claridad narrativa, así como destreza pictórica y ensambladora. No menos exquisitos son también los grabados, otra de sus meritorias experiencias, que evidencia, está de más decirlo, su ya comentada versatilidad y sólidos conocimientos artísticos, o las copias de obras clásicas, como el retrato de Giovanna Tornabuoni, de D. Ghirlandaio.
Para concluir, la obra de Pepe Seco nos transmite la celebración luminosa de lo cotidiano, el valor del trabajo bien hecho, entregado en un acto de amor y gratitud, en definitiva, el alto jornal de un hombre de limpia y sobria mirada, que “pone el oído al mundo”, y parafraseando a W. Faulkner, no busca el éxito, porque sabe que va a vivir poco tiempo, que llegará un día en que pasará al otro lado del muro del olvido, y quiere dejar una sencilla inscripción para quien la quiera ver. Yo los animo a verla, merece la pena, como también lo merece su montaje, ejecutado con primor por Carlos-Andrés Fernández Gutiérrez, así como la calidad y calidez de las fotografías y maqueta del catálogo, realizado en colaboración con Javier Izquierdo y Cristina Rodríguez, de Estudio Mynt.
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