Salud mental
"Ser feliz o aprovechar el tiempo no es una obligación, es una oportunidad", recuerdan los psicólogos zamoranos
Las expectativas sociales de tener que disfrutar intensamente del verano pueden generar culpa y ansiedad en algunas personas

Bañistas en la piscina de Higueras de Zamora. / A. F. (Archivo)
El verano no siempre es sinónimo de descanso o bienestar. Para muchas personas, las vacaciones también pueden convertirse en una fuente de ansiedad, frustración o tristeza. La presión por hacer planes, viajar o mostrar una imagen de felicidad constante puede acabar generando el efecto contrario al esperado. Así lo explica el presidente del Colegio de Psicólogos de Zamora, Diego Manuel Rodríguez Simón, que invita a desterrar la idea de que existe una forma correcta de vivir estos meses.
El profesional compara lo que ocurre en verano con otro momento del año especialmente sensible desde el punto de vista emocional: la Navidad. En ambos casos, señala, aumentan las reuniones familiares, los encuentros con amigos y las actividades de ocio, una realidad que hace más evidente la situación de quienes carecen de ese entorno social.
"Cuando ves que todo el mundo parece reunirse, salir de vacaciones o compartir tiempo con otras personas y tú no tienes con quién hacerlo, esa sensación de soledad se vive con mucha más intensidad y, eso, tiene un impacto emocional negativo", explica.
A su juicio, no es que el verano provoque por sí mismo esos sentimientos, sino que determinadas circunstancias propias de esta época del año hacen que afloren con más facilidad. La disponibilidad de tiempo libre o la percepción de que todo el mundo disfruta de las vacaciones favorecen las comparaciones y pueden aumentar el malestar.
No obstante, hay otro aspecto que preocupa especialmente a los profesionales de la psicología. Rodríguez cree que la sociedad ha terminado convirtiendo la felicidad en una obligación. "Todos hemos escuchado alguna vez eso de que hay que ser feliz. Es como que nos obligáramos a ser felices, como que nos obligáramos a aprovechar el tiempo en lugar de pensar que tenemos la oportunidad de hacerlo, y todo lo que suponga una obligación, lógicamente, conlleva un nivel de presión y, además, el miedo a no lograrlo", afirma.
Esa exigencia, añade Rodríguez, hace que muchas personas vivan las vacaciones con la sensación de que tienen que aprovechar cada minuto. Si no viajan, si no hacen planes o si simplemente necesitan descansar, aparece la culpa. "Tenemos la necesidad de cubrir un objetivo y tememos no poder hacerlo, con lo cual, nos centramos más en el proceso de consecución que en lo que nos aporta la propia consecución", valora.
Es decir, nos centramos tanto en conseguir ese objetivo que dejamos de disfrutar del propio momento. "Está bastante instalado en nuestra sociedad. Parece que es obligatorio ser feliz. Y ser feliz o aprovechar el tiempo no es una obligación, es una oportunidad", sostiene Rodríguez.
Del estrés al vacío
El presidente del Colegio de Psicólogos de Zamora también llama la atención sobre otro cambio habitual durante las vacaciones: pasar de una agenda llena a no tener prácticamente nada que hacer. Ese cambio de rutinas, explica, al igual que pasa con las olas de calor, no afecta igual a todas las personas. Quienes aprovechan el tiempo libre para viajar, practicar deporte, leer, pasear o retomar aficiones suelen vivir el verano de forma positiva porque pueden dedicar tiempo a actividades que durante el resto del año quedan relegadas.
"Si una persona pasa de tener una actividad laboral o académica que interrumpe durante el verano y el tiempo que tiene lo dedica a otras cosas que a él o a ella le gusten, pues entonces es positivo porque el tiempo de vacación, el tiempo libre del trabajo o el estudio, nos permite desarrollar aquellas actividades que en nuestra vida cotidiana no tenemos tiempo o no podemos hacer", desarrolla el experto.
Sin embargo, cuando la única diferencia consiste en pasar de una actividad frenética a una inactividad absoluta, la situación puede complicarse. "Nuestro sistema nervioso pasa de una exigencia importante a una ausencia total y, como cualquier mecanismo u organismo, el pasar de una actividad constante a la nada y de la nada a una actividad constante muy rápido no es bueno. Además, porque nos lleva a plantearnos cosas", detalla.
Tiempo libre que puede dejar espacio para pensamientos que durante la rutina permanecían aparcados. "Empezamos a pensar en aquello que nos ocurrió, lo que nos hicieron, lo que no nos han hecho, lo que tendríamos que haber hecho... es decir, empezamos a darle vueltas a cosas porque tenemos un tiempo en el que nuestra atención no tiene un objetivo en el que centrarse", señala Rodríguez.
"La persona que aprovecha el tiempo para hacer las cosas que le gustan, le vendrá muy bien. Aquel que simplemente pasa de tener una actividad frenética a no hacer nada, puede venirle mal porque puede aburrirse y pensar cosas negativas", incide.
Por eso, lo recomendable es mantener durante las vacaciones cierta estructura diaria y, sobre todo, no comparar el propio verano con el de los demás, puesto que no existe ninguna obligación de estar haciendo cosas continuamente. En definitiva, porque descansar también es aprovechar el verano.
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