Ignacio Parrilla, pintor: "En el arte del siglo XXI tiene que haber concepto, ideas y una parte filosófica o ética"
"Me inspira la síntesis del románico y la luz de Zamora"

El artista Ignacio Parrilla junto a una de las obras expuestas. / Victor Garrido

El zamorano Ignacio Parrilla, es doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid. Su trabajo se sitúa entre la pintura expandida y las instalaciones lumínicas, con especial atención al espacio arquitectónico. Hasta el próximo día 7 de julio pueden contemplarse su muestra “Luz habitada” en la sala de exposiciones de la Biblioteca Pública de Zamora.
¿Cómo surge su nueva exposición en Zamora?
Se llama “Luz habitada” y surge por una sensación que tuve hace bastantes años. A la vez quería hacer una exposición sobre la memoria, el recuerdo y la luz que llevo planteando durante más de treinta años. La luz es uno de los componentes de las artes plásticas más importantes, junto con el color y la forma. Yo me he decantado más por el color y, sobre todo, últimamente, por la luz en instalaciones, y que no sean cuadros individuales, sino que esa individualidad de cada pieza cree un grupo de ellas, que es una instalación y hecha específicamente para un sitio. Últimamente, la arquitectura también me interesa y esta muestra está en relación con la idea de hacer un homenaje a la antigua iglesia de la Concepción, que es la actual sala de exposiciones de la Biblioteca.
Por lo tanto, le tributa un homenaje al marco de la exposición.
Sí. Cuando la vi, antes de que rehabilitaran, tenía una luz cenital espectacular, como estas luces románticas, sublimes… y se colaban unos rayos entre vibrantes, y aunque era primavera, también había azul, que el azul siempre es el color de la memoria, de los recuerdos, de los sueños, de una noche estrellada, sobre todo, el azul añil y eso unirlo con elementos de mi propia colección, que tienen bastante relación con el románico de Zamora.

El zamorano Ignacio Parrilla. / Victor Garrido / LZA
Cuando habla de elementos de su propia colección, ¿a qué se refiere?
Empecé la colección a principios de los 80 en las primeras ferias de la cerámica y alfarería, a final de los 70. Compré piezas de cerámica, de cerámica de Moveros, de Pereruela, y otras que venían que no conocía. Empecé coleccionando candiles de cerámica, que ahora están extinguidos, y, curiosamente, seguí, al ir a Madrid a estudiar, ya en el rastro, buscando candiles de hojalata y otros materiales y también lucernas. El inicio de la colección fue bastante precario, ahora son piezas etnográficas, que tienen, por lo menos, valor cultural y que se han perdido, y algunas piezas que la integran se pueden contemplar al inicio de la muestra en “Exvotos”, donde hago un homenaje a una luz especial que yo vi en esta antigua iglesia y he convertido en exvotos como una especie de recuerdo, de plegaria, como algo mágico, como unos fetiches que combino con cerámica chimú de Perú del siglo XII, cuando se construyó la Catedral de Zamora y el románico en Zamora. Este arte precolombino tiene un paralelismo con la iconografía románica, por ejemplo, los ciclos de la vida de la espiral, dibujos escalonados, y el mundo de abajo, el mundo de arriba de la luz, Hanan Pacha, lo llamaba Pachamama, que es el hogar de la tierra y tal, y Uku Pacha, el mundo de abajo de la oscuridad, del azul y de los ancestros, de los que nos han precedido.
Alude al azul y en varias de sus propuestas emplea un azul añil muy especial. ¿Por qué esta tonalidad?
Ahora resido en un pueblo de Toledo que se llama Quero, y es al lado del Toboso, y allí se utilizan las fachadas. Para mí ha sido una motivación. La luz del azul añil actúa como la oscuridad, la profundidad, y el blanco de las fachadas es la elevación, lo espiritual, la parte iluminada. Ese azul añil, ahora que estoy trabajando, lo estoy utilizando como esa síntesis de luz-oscuridad, haciendo esa metáfora también del añil como algo profundo y oscuro porque si se observa con poca luz tiene como esa profundidad, llegando casi a un tono negro, y en contraste con la luz, el blanco.
En una parte de la sala opta por una luz contundente, como si dentro de ella hubiera distintas partes.

Ignacio Parrilla / Victor Garrido / LZA
La instalación principal es la inicial y la del final, la del origen de la pintura, y luego todo va girando en relación a la luz o las sombras. A una obra que se llama “Apolo”, por eso tiene tanto colorido, porque es la luz, es el dios Apolo, el sol. Investigo o trato de hacer entre los dos polos, de luz y oscuridad, y teniendo en cuenta esa parte de como memoria, que es la parte arquitectónica, cómo poner la luz y el azul como un lugar de la memoria, como un lugar del recuerdo.
Ha hablado de la cultura chimú y del románico, ¿se nutre de arte pretérito?
Sí, últimamente más. Aunque pretendo hacer, por ejemplo, en una de las vitrinas que están los móviles. Yo no quiero hacer una vitrina arqueológica, sino plantear interrogantes. Para los chimúes, esto eran vasijas sagradas, que se enterraban con los propios muertos en fardos, debajo de sus propias casas. Tenían un valor sagrado, cosa que para nosotros incluso ya se ha perdido la iconografía religiosa católica, ese valor sagrado ya no se conserva tan íntimamente unido a las personas. Ahora tenemos otros fetiches, otros exvotos como los móviles, pero seguro que, dentro de muchas generaciones, los artefactos del siglo XXI, seguro que van a formar parte.
Una exposición de arte moderno requiere que el espectador tenga unos pequeños código para realizar una reinterpretación personal.
Su arte está muy muy pensado y no es una obra aleatoria.
Efectivamente. Creo que en el arte del siglo XXI tiene que haber concepto, tiene que haber ideas, tiene que haber una parte filosófica o ética, incluso, en el mundo en el que estamos. No solamente que sea una belleza plástica, de unos colores decorativos, sino que plantee interrogantes para el mundo actual. Por lo menos que plantee cosas. Una exposición de arte moderno requiere que el espectador se meta un poco más, que tenga unos pequeños códigos, que se pueden ver en las cartelas, que sirvan para luego la reinterpretación personal. El espectador es el que finaliza la obra. Sin el espectador no existe, sino, si solo estuviera la obra en el estudio, no tiene sentido.
Hace 20 años parte de su colección particular se exhibió en Zamora, hace unos años expuso en esta sala de la biblioteca, ¿para cuándo una nueva exposición aquí en esta casa?
No lo sé, pero cuando me lo planteen porque obra tengo. Para mí supone muchísimo volver a Zamora. Hoy lo pensaba ya con el calor, incluso hablando de la luz es una inspiración. Para mí Zamora, la luz que me inspira Zamora. Zamora siempre ha tenido una tradición, sobre todo en literatos. Claudio Rodríguez, “siempre la claridad viene del cielo”, Jesús Hilario Tundidor en un poema que está inédito, pero que lo tengo yo en un catálogo, que dice “seducción de sombras para acoger la luz que copula y crea”. Claudio Rodríguez habla de elevación, de mística y Tundidor habla de las sombras, de la memoria también es un surrealista que su poesía es también difícil y tiene un punto surrealista muy interesante. Y luego pintores como Antonio Pedrero, donde hay una luz especial, una luz ocre en sus paisajes, que lo da el río Duero. La luz ahora que estoy haciendo con cuadros añiles ya es una luz un poco más… no es mediterránea tampoco, quizá de La mancha conscientemente. Pero en otros cuadros me sale lo que me empapo en Zamora. Zamora tiene una luz como de una ciudad muy del norte. Hablando de pintores, Fernando Gallego, el mejor hispano flamenco que tenemos en España, si se fija uno en algunas de las tablas, se ve un paisaje que es flamenco, pero tiene una bruma que eso lo da el Duero. Esas nieblas del Duero esa luz tan especial de paso de otoño-invierno en Zamora me encanta, no tanto cuando es una luz ya tan plana como ahora. También me inspira la síntesis del románico también, dentro de los colores o la simbología del románico.
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