Reconocimiento
Arturo Santos Iglesias, policía municipal de Zamora, nombrado en el Congreso de los Diputados "Embajador para la paz" y "Doctor honoris causa en derechos humanos"
El agente destaca la importancia de la empatía en profesiones de servicio público y la necesidad de formación constante para afrontar situaciones complejas: "Soy consciente de mis metas, pero también lo soy de mis límites"

José Luis Fernández
“Siempre que alguien me dice: ‘Es que tú pareces…’, le corrijo. No está bien decir ni que soy ni que parezco. No me gusta que se me presuponga nada. Somos prácticamente iguales, con las mismas emociones y sentimientos. Somos seres humanos”.
Arturo Santos Iglesias lleva casi 30 años ejerciendo como Policía Municipal, primero en Segovia, desde el 97; después, en Santa Marta de Tormes y, desde el 2007, en Zamora. Una trayectoria marcada por el esfuerzo y una constante formación que el pasado dos de junio fue reconocida en el Congreso de los Diputados con la entrega del Título Honorífico de Embajador para La Paz y de Doctor Honoris Causa en Derechos humanos: “Entré en la Policía hace treinta años y siempre he estado formándome. He sido de las personas que entendió que este es un trabajo en el que hay que formarse y estar al día. Después de tantos años llegó la hora de que me reconocieran el esfuerzo y los sacrificios que muchas veces he hecho por ayudar”, dice casi entre susurros.

Título Honorífico de Embajador para la Paz y de Doctor Honoris Causa en Derechos Humanos a Arturo Santos Iglesias. / José Luis Fernández
No hay forma de resumir en este diario, ni en ningún otro, un currículum tan extenso como el suyo. Entrenador nacional Nivel III e instructor en defensa policial y bastón policial, cinturón rojo negro en situaciones de violencia de género, profesor especialista en defensa personal femenina, especialista en intervención policial en domicilios, víctimas y violencia de género-protección a víctimas de violencia de género, son algunas de las más de 20 formaciones con las que cuenta Santos: “Yo creo que se reconoce la empatía. Todos somos humanos y somos imperfectos por defecto, pero dentro de esas imperfecciones hay profesiones que se deben básicamente a tener empatía hacia los demás. Uno puede decir: ‘Acabo mi turno y me voy para casa’. Pero creo que hay profesiones en las que no debemos ser así. Igual que un médico, un maestro o un profesor. Lo que uno ha aprendido tiene que transmitirlo. Tienes unos horarios porque la vida es así, pero yo no dejaría a ningún alumno que me preguntase algo diciéndole: ‘Mañana en clase te lo cuento’. Si tengo que esperar un rato más, espero, se lo explico y se lo cuento. Yo me siento cómodo así. Además, en el acto de investidura dijeron que es un premio al trabajo y al esfuerzo hacia los demás”, explica.
Está orgulloso, se le nota, pero hay algo que le pone los pies en la tierra, que le concede su momento de gloria pero sin dejar de lado su humildad. Y eso no lo dice, pero se nota: “Soy consciente de mis metas, pero también lo soy de mis límites. Es verdad que en muchas ocasiones me ha tocado reflexionar, ponerme frente al espejo y decir: ‘Para, que esto se nos va de las manos. Esto no es para mí. Olvídate, busca otra historia'", confiesa.
“Puedo exteriorizar una imagen. Muchas veces me dicen los compañeros: ‘Es que tú pareces…’. Y lo has dicho tú: parezco”, repite casi como un mantra, como quien se ha cansado de escuchar versiones de él que se alejan de la realidad, que se desprenden de la persona e incluso lo deshumanizan. Y no será LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA quien le lleve la contraria, quien diga qué parece Arturo Santos, sino qué transmite cuando entra a una sala y sin quererlo la hace suya. Cómo sonríe con una media sonrisa después de calarle solo un poco. Arturo, ¿eres exigente contigo mismo?, “quizás demasiado”. Y se ríe, como si se le hubiera desmontado un poco esa idea de las presunciones: “Ahí he metido la pata muchas veces. Me exijo demasiado y creo que ha llegado un momento en el que tanto física como mentalmente lo pagas. Lo reconozco. Tendría que ser más benévolo conmigo mismo, pero me exijo mucho. A los demás no: cada uno da lo que puede. A veces, tanta exigencia me ha llevado incluso a dejar de atender cosas personales, a mi familia o a mis amigos. Cuando miras alrededor, ves que nadie te puede seguir. Entonces tienes que bajar un poco el ritmo y amoldarte a la situación”, reflexiona.

El galardonado Policía Municipal, Arturo Santos Iglesias, a las puertas de LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA. / José Luis Fernández
Arturo dice que ha perdido muchas cosas por el camino, que lo que tiene, le ha costado sangre, sudor y lágrimas, “pero era el peaje que había que pagar”. En su casa, sus padres y sus cuatro hermanos siempre se dejaron la piel en su trabajo: “Yo estoy muy orgullosos de ellos y, de alguna manera, me dije que yo no iba a ser menos. Creo que las recompensas, si tienen que llegar, tienen que tener un esfuerzo detrás. Si no, para mí no sería correcto. Me sentiría triste y decepcionado”, sentencia.
En su currículum, la palabra “violencia de género” aparece en hasta seis ocasiones: “Este tema lo conozco por dos vías. La profesional y la personal”, detalla. Es un tema sensible, se le nota en los ojos, que, a veces, hablan antes que las palabras. “Tengo una sensibilidad especial con la violencia de género. Además, desde pequeño siempre he defendido lo que yo creía injusto. Este tema lo viví en mi familia, con un familiar muy directo”, se confiesa. “Me duele ver cómo hay gente que sufre tanto con este tema. Yo lo viví en mi propia casa y es muy complicado ayudar porque no depende de una sola persona. Desde mi punto de vista, tiene que trabajar la sociedad entera: jueces, médicos, policías, asesores…”, opina. “Siempre lo he dicho: hay que señalar al agresor. Si tú no me dices quién es el agresor, yo no puedo ayudarte. Y cuando sepamos quién es, hay que señalarlo. Socialmente, hay que saber quiénes son las personas que no están siendo justas o que están haciéndolo mal. Callarnos hace, desde mi punto de vista y mi experiencia, que ellos sigan cometiendo las mismas fechorías. En el momento en que la sociedad se pone frente a ellos y dice ‘basta’, cambia. Si callamos, estamos siendo cómplices del malo. De alguna forma le estamos permitiendo que siga haciendo daño. Se acabó. Hay que señalar y decir: ‘Tú eres mala persona, tú estás haciéndolo mal’. La víctima sufre, pero su entorno también lo hace, por ello, muchas personas deciden callarse por no hacer daño a sus seres queridos, pero yo creo que es un error”, dice.
Hace 29 años, en 1997, Arturo grabó en su mente una frase que nunca olvidaría: “Un compañero me dijo: ‘Tú sacudes tu cazadora y dejas los problemas aquí, en la taquilla’. Yo le dije: ‘Si tengo un problema, me voy con él para casa’. A los pocos días lo vi protestando en las taquillas y le dije: ‘¿Por qué no sacudes tu cazadora y dejas aquí el problema?’. Desde entonces no nos llevamos muy bien”, se ríe. “Yo arrastro una herida a raíz de lo que viví en mi casa. Yo ya era policía cuando esas cosas estaban pasando, y cuando empiezas a formarte para dar instrucción en violencia de género piensas que quizás puedes apartar tu vida personal de la profesional. Pero, con todos mis respetos, eso no se puede hacer. Es imposible”, sentencia. “Para las nuevas generaciones que puedan venir a trabajar, hay que tener claro que esto puede pasar porque eres un ser humano. Lo que hay que obtener son herramientas para gestionar esto. Pero los problemas te los vas a llevar a casa, por supuesto”, apunta.
Tres jefaturas y en ninguna un gabinete psicológico: “Hay cuerpos de policía que tienen gabinete psicológico. Creo que la administración local, a partir de cierto número de funcionarios, debería tenerlo. Yo pertenezco a la administración local y no lo he conocido en las tres jefaturas en las que he estado”, señala. “Tengo tres plazas en propiedad, dos en excedencia y la que estoy ocupando ahora. Creo que el gabinete psicológico es algo que deberían tener. No digo que sea la panacea, pero el psicólogo es una ayuda. Saber que en tu trabajo tienes un gabinete psicológico que puede ayudarte ante un problema sería muy bueno”, reflexiona. “También creo que la sociedad va camino de eso, no solo en mi trabajo, sino también en muchas empresas públicas y privadas”, añade.
“Nosotros somos un instituto armado y de esto no se habla mucho, pero hay muchos casos de compañeros que se quitan la vida. No se habla ni se quiere hablar. Yo no soy la persona idónea para explicarlo, pero recuerdo un compañero de mi promoción que, por problemas personales, se quitó la vida. Hizo la oposición conmigo, la convivencia en la academia y juramos juntos el cargo”, recuerda. “Quizás, si hubiera tenido orientación psicológica en ese momento, se le podría haber ayudado. Creo que debería ser obligatorio. Si hay que poner un psicólogo a trabajar con la gente, no pasa absolutamente nada. Y si el psicólogo entiende que hay un problema o una situación complicada, que pueda interceder”, concluye.
En un tiempo en el que tantas veces se habla de protocolos, de normas y de procedimientos, su historia recuerda algo mucho más básico: que detrás de cada intervención, de cada víctima y de cada decisión, sigue habiendo personas. Y que, en determinadas profesiones, la verdadera diferencia no está en lo que se hace, sino en cómo y desde dónde se hace.
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