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Flamenco

Ricardo Fernández Del Moral, cantaor y guitarrista: "Hay cosas que no se pueden estudiar, hay que vivirlas en la convivencia con otros flamencos"

Ricardo es cantaor y guitarrista, natural de la provincia de Ciudad Real. Comenzó a tocar la guitarra siendo un niño, acompañando a cantaores en peñas flamencas, y con el tiempo encontró también su voz como cantaor. En 2012 logró un hito histórico en el Festival Internacional del Cante de las Minas al conseguir cinco primeros premios y la Lámpara Minera. Hoy actúa en Zamora, en el marco de un seminario internacional sobre salud mental. En esta entrevista habla de sus raíces, del aprendizaje flamenco, del escenario, del público, de la tradición y de la evolución de un arte que, para él, sigue necesitando convivencia, emoción y verdad.

Ricardo Fernández Del Moral.

Ricardo Fernández Del Moral. / Cedida

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Zamora

Usted es de Ciudad Real, una tierra que quizás mucha gente no asocia de entrada con el flamenco. ¿Cómo se vive allí esta cultura?

Normalmente, se utiliza la palabra “a pesar”, como si el flamenco estuviera lejos de aquí, pero no es así. El flamenco está dentro de nuestra cultura. La Mancha, mi tierra, es frontera con Andalucía y es una tierra muy flamenca. En la mayoría de los pueblos de la provincia de Ciudad Real hay peñas flamencas, gente que canta, gente que toca. De aquí han salido grandes artistas, como Jacinto Almadén, y también en los últimos años ha habido premios importantes en el Festival Internacional del Cante de las Minas.

Empezó muy joven en este mundo. A los ocho años ya tocaba la guitarra y a los catorce comenzó de una manera más seria. ¿Cómo fue esa entrada en el flamenco?

Empecé por la afición de mi padre. Él tenía una peña flamenca en el pueblo y se quedaron sin guitarrista. Mi padre soñaba con tener un vecino que tocara la guitarra para irse a cantar con él, así que desde pequeño me puso a aprender. Fui de su mano por todas las peñas flamencas de por aquí y, a partir de los catorce años, ya empecé a ser el guitarrista oficial de muchas de ellas. Al principio acompañaba a cantaores de la tierra, pero luego, cuando venían cantaores andaluces, ya no se traían a sus guitarristas: querían que los acompañara yo.

Visto con perspectiva, ¿cómo entiende ahora ese proceso de formación?

Ahora, con el paso de los años, me doy cuenta de que mi formación no fue la de un músico académico de conservatorio. Fue un aprendizaje desde pequeño, viviendo y conviviendo con los flamencos.

Es guitarrista, pero también canta. ¿Cómo se produjo ese paso?

Yo empecé como guitarrista. Luego, en una de las peñas flamencas, empecé a cantar y sorprendió la manera que tenía de hacerlo. El presidente de la peña me animó a presentarme a concursos. Me presenté a uno en Madrid, para cantaores jóvenes, y gané el primer premio. Además, el jurado era de reconocido prestigio. Uno de sus miembros, el gran guitarrista Enrique de Melchor, me animó a ir a los concursos grandes. Al año siguiente me presenté al Festival Internacional del Cante de las Minas, que es el más importante de todos, y conseguí un hito histórico, gané cinco primeros premios en cinco categorías distintas de cantes, además de la Lámpara Minera, que es el premio más importante del festival y, por extensión, del flamenco actual.

¿Ese reconocimiento cambió su vida?

Sí, claro. Ganar el Festival del Cante de las Minas es como ganar la Champions. Además, yo lo gané de una manera diferente, porque normalmente los cantaores llevan a su guitarrista y yo, por mi experiencia previa, me acompañé a mí mismo a la guitarra en todos los cantes. Eso forma parte de mi personalidad artística, soy el único cantaor profesional que se acompaña siempre a la guitarra en todos sus conciertos.

Cuando se acompaña a sí mismo, ¿quién manda: el cantaor o el guitarrista?

Hay momentos en los que manda el cantaor y otros en los que la guitarra tiene sus espacios de lucimiento. En esos espacios, lógicamente, la guitarra es la que lleva. Pero cuando aparece el cante, la guitarra se comporta como acompañamiento. Debe dar las notas precisas en los momentos precisos para acompañar el cante.

Hablando de aprendizaje, ¿qué parte del flamenco no se puede estudiar?

En el flamenco se puede estudiar la técnica y muchas otras cosas, pero es una música popular y existen una serie de códigos que siempre se han transmitido por vía oral. Hay cosas que no se pueden estudiar en un papel, hay que vivirlas y aprenderlas en la convivencia con otros flamencos. Hay miradas, gestos, un lenguaje no verbal con el que vas interactuando. Pasa también con el baile. Cuando estoy cantando y tocando para el baile, el baile me va hablando durante la actuación. Vamos dialogando: el cante, la guitarra y el baile. Ese tipo de cosas se aprenden en la convivencia, que es donde está la esencia del flamenco.

¿Qué diferencia hay entre dominar un palo y que un palo te domine a ti?

Yo creo que un palo no tiene por qué dominarte. Tienes que dominarlo tú, ser conocedor. Lo primero es conocer su estructura rítmica, melódica y armónica. Sobre esa base, sobre ese armazón que es un palo flamenco, el artista debe mantener unas claves fijas, pero también aportar su personalidad. Dentro de esas estructuras hay cierto margen para la improvisación. Por eso cada actuación, cada concierto y cada cante son únicos y diferentes.

¿Qué se aprende en una mala noche de escenario que no enseña ningún maestro?

El directo es otro aprendizaje. En mi caso, como guitarrista acompañante durante muchos años, aprendí muchísimo conviviendo con grandes artistas: cómo se preparaban, cómo calentaban, cómo salían de determinados problemas, de afectaciones de la voz, cómo buscaban recursos para salir airosos. Cada vez que uno se sube al escenario intervienen muchos factores: la guitarra, la acústica de la sala, el público, la interacción. La cercanía del público es muy importante para que exista esa transmisión de emociones que es el flamenco. Cuando el público está cerca, la conexión suele ser más fácil. Y las reacciones del público vuelven al escenario, haciendo que ese flujo de emociones crezca. En esos momentos especiales de comunicación aparece lo que los flamencos llamamos el duende.

¿Escucha mejor el público entendido o el que llega sin saber nada?

Son públicos diferentes, pero el artista tiene que tener la capacidad de despertar la curiosidad primero, y luego gustar tanto al entendido como al no entendido. En mis conciertos siempre intento invitar a la gente a acercarse al flamenco. Muchas veces, sobre todo las nuevas generaciones, tienen el prejuicio de que el flamenco no les gusta, y lo dicen sin haberlo probado. Yo les animo a que vengan y lo escuchen en directo. Suelo hacer cantes tradicionales con el clasicismo y la ortodoxia que requiere el flamenco clásico, pero también versiones de canciones populares llevadas al flamenco. Esa es una manera de llegar a nuevos públicos, a gente que nunca se ha acercado al flamenco o que no entiende nada de él.

También hace pedagogía durante los conciertos.

Sí, siempre. Antes de cantar cada cante doy una pequeña explicación, una píldora, para ponerlo en contexto: de dónde viene, cuándo se hacía, por qué. Creo que ayuda a que nueva gente se interese por el flamenco. Luego llegan a casa, buscan lo que han escuchado y empiezan a profundizar. Es una herramienta muy importante para crear nueva afición y acercar nuevos públicos.

¿Prefiere emocionar a alguien que sabe mucho o abrirle una puerta a alguien que no sabe nada?

Tengo que emocionar a todos. Y, además, tengo que empezar por mí mismo. Cuando estoy actuando y cantando, el primero para el que canto soy yo. Tengo que gustarme yo. Si yo no me gusto, difícilmente puedo gustar a nadie. Tengo que intentar gustar al entendido, al buen aficionado, al que no entiende y al que se acerca por primera vez al flamenco. Al que le gusta el cante, al que le gusta la guitarra. Tengo que conseguir que quienes entren a un concierto salgan mucho mejor de lo que han entrado.

¿Alguna vez le ha pasado que no ha llegado a emocionarse a sí mismo en un concierto?

Uno no siempre está igual. A veces hay condiciones complicadas: trabajar al aire libre, una noche intempestuosa, un equipo de sonido que no está a la altura, acoples que dificultan la concentración… Hay muchas contras. Pero uno, además de gustarse, tiene que ser profesional. Tiene que intentar vencer todos esos elementos en contra, sacar el concierto adelante y acabar gustándose, haciendo que la gente también disfrute y se emocione.

Hablaba antes de acercar el flamenco a nuevas generaciones. ¿Qué cosas no se deben modernizar en el flamenco?

El flamenco es un arte en permanente evolución. La música es reflejo de la sociedad de cada época. Hoy no se canta ni se toca como en el siglo XIX, y esa evolución es necesaria. Tenemos que evolucionar con el tiempo. Pero para evolucionar algo hay que conocer de dónde viene. Solo así se puede tomar la decisión correcta sobre hacia dónde ir. Es muy importante conocer la herencia, la base y el legado que nos han dejado las generaciones anteriores de cantaores. Sobre eso, cada cantaor imprime su personalidad y su manera de entender el flamenco. Luego el tiempo dirá si esa manera se queda o se desvanece.

¿Cómo se puede proteger el misterio del flamenco en una época que quiere explicarlo todo en treinta segundos?

En esos treinta segundos tenemos que intentar atraer a la gente, pero el flamenco no se puede explicar en treinta segundos. El flamenco hay que vivirlo. Tienes que estar ahí y dejar que tu cuerpo sienta cosas. Ahí está el misterio. En treinta segundos se puede invitar a la gente a que vaya al flamenco, a que lo escuche, a que escuche flamenco bueno en directo y lo más cerca posible de los artistas. Hay mucha gente que no sabe que le gusta el flamenco.

El flamenco está muy ligado a los sentimientos. ¿El dolor ayuda al cante o es una mitología peligrosa?

El flamenco está rodeado de mucho misticismo. El flamenco puede aliviar el dolor en determinados momentos. Hay gente que, cuando se siente triste, escucha una canción triste y eso le ayuda a sentirse mejor. El flamenco puede ser una forma de desahogo, pero tiene valor para todo. El flamenco es como la vida misma, tiene momentos alegres y felices, pero también momentos tristes y trágicos. En él encontramos felicidad, tragedia, comicidad e incluso reivindicación social.

¿Qué tópicos sobre el cante jondo le gustaría desmontar?

Uno de los tópicos es que el flamenco es algo exclusivo de los gitanos, como si fuera una música propia únicamente de ellos o como si la hubieran traído ellos. El flamenco es una fusión de procedencias, de gente que ha visitado y habitado la península ibérica y ha dejado su huella. Eso ha cristalizado en lo que hoy es el flamenco, una expresión genuina de España, del sur de España, pero también de España entera. No es algo exclusivo de la raza gitana, sin negar la importantísima aportación de algunas familias gitanas en la historia del flamenco. La documentación y los estudios musicológicos hablan también de grandísimos artistas y maestros que crearon muchos de los palos que hoy conocemos y que no fueron gitanos.

¿Qué le gustaría que un joven cantaor o guitarrista copiara de usted y qué preferiría que no copiara nunca?

Yo no quiero que me copien. A mí tampoco me gusta copiar. Es un orgullo poder ser fuente de inspiración para otros, por mi manera de cantar o de tocar, pero un cantaor o un guitarrista debe aportar su personalidad, su forma de ver y su visión. Para hacer mis cosas ya estoy yo. Yo canto cosas de grandes maestros de la historia, de Antonio Mairena, de Fosforito, de Menese, de Enrique Morente, pero pasan por el filtro de mi bagaje cultural, de mi vida y de todo lo que he vivido. Al final afloran a mi manera, con mi personalidad. No tienen nada que ver con una copia ni pretenden serlo.

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