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Crónica de la Zamora extramuros (IV). La leprosería de San Lázaro

Reproducción de la leprosería de San Lázaro

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Gustavo Rubio

El barrio extramuros de San Lázaro tuvo como foco originario una leprosería u hospital dedicado a San Lázaro, y tras ese núcleo primigenio asistencial, años más tarde cristalizaría el arrabal y barrio que hoy conocemos. Y es que en la Europa medieval era habitual apartar a los enfermos contagiosos del centro de las urbes (fuera de sus murallas), pero sin expulsarlos por completo del amparo religioso y de la red de limosnas.

En dicha época, la lepra no era solo una patología, sino un fenómeno de liminalidad social que, tras haberse introducido en Occidente con vigor tras las Cruzadas y a través de las rutas comerciales, llegó a transformar el mapa europeo obligando a una reconfiguración del espacio público y sagrado.

En este sentido, cabe señalar que tanto en el Reino de León como en el resto de sus homólogos europeos, para controlar la enfermedad se creó una red hospitalaria sin precedentes (leproserías o lazaretos) con la Orden de San Lázaro de Jerusalén (siglo XII) como institución pionera. Estos centros, que sumaron casi 20.000 en el siglo XIII, funcionaban como auténticas comunidades segregadas con autogobierno y recursos propios.

Por su parte, los enfermos leprosos, además de vivir extramuros y en gran medida estar excluidos de la vida social, estaban obligados a hacer sonar una matraca, unas tablillas o unas campanillas para advertir su paso al resto del paisanaje y con ello evitar el "contagio por aire" del mal que padecían. Asimismo, también debían vestir con hábitos talares grises y usar guantes para anular el contacto físico. Incluso en la arquitectura de los templos se habilitó el hagioscopio (abertura oblicua y estrecha practicada en los muros de una iglesia), que permitía al enfermo observar el rito sin juntarse con el resto de feligreses y así no romper el cordón sanitario.

La existencia de la citada leprosería está ya documentada en 1333, aunque su fundación más que probablemente se diera un siglo antes. Debió ser una institución asistencial modesta, no un gran hospital monumental, con una iglesia advocada a San Lázaro (patrón de los leprosos) edificada en estilo románico y ocupando el mismo solar de la iglesia actual (la moderna se levantó en 1929 y fue bendecida en 1930 habiendo sido proyectada por Gregorio Pérez Arribas).

Hoy este barrio de San Lázaro que brotó como un ámbito piadoso en las costuras de la Zamora medieval, y en cuyo derredor se fue amasando una comunidad de menesterosos, braceros de espaldas encallecidas, caminantes erráticos y almas periféricas, parece tener ya muy lejano el estigma de su cuna y génesis asistencial, y cual alquimia prodigiosa se ha convertido en un barrio esencial zamorano, donde las cinco mil almas que bullen por sus calles a diario, siguen tejiendo día a día la trama de una Zamora que mira al pasado sin arredrarse del presente

Las noticias sobre la parroquia señalan que la componían fundamentalmente braceros de la ciudad (trabajadores manuales o peones) y de ella conservamos un libro de bautismos fechado en el año 1526, dato que confirma la antigüedad de la vida eclesial del barrio, estando, por tanto, ante un ámbito que pasado el tiempo, había generado una comunidad estable de gente trabajadora y humilde integrada por jornaleros, braceros, pobres y una muy diversa población periférica.

La vida en el barrio medieval fue la propia de un espacio extramuros y, por ende, la de un lugar de tránsito y mezcla social, donde incluso la prostitución estuvo presente (en 1494 tenemos constancia de la queja de vecinos del arrabal de La Feria porque las prostitutas habían abandonado la mancebía e instalado “sus tiendas e boticas” en el camino que unía la iglesia de San Lázaro con la ciudad). A San Lázaro no sólo se enviaban a los enfermos, sino también todo aquello que la ciudad quería esconder manteniendo para sí una pátina inmaculada y moral, aunque fuera solamente de manera aparente.

A partir de la Edad Moderna, la leprosería fue perdiendo su sentido originario. Al ir remitiendo la lepra, estos establecimientos tendieron a reconvertirse en hospitales de pobres, casas asistenciales residuales o simples topónimos supervivientes de una función ya erosionada. En el caso zamorano, la documentación de fines del XV todavía deja ver su vigencia, pero ya muy asociada a “pobres de San Lázaro”. Con el tiempo, la institución hospitalaria se fue desdibujando y permaneció con más fuerza el barrio y la parroquia.

En el arroyo de la Vega, que antaño serpenteaba por este ámbito extramuros, existió un pequeño molino hidráulico del que nada queda, si bien aparece documentado en los catálogos arquitectónicos municipales como parte del patrimonio histórico de Zamora.

Este modesto molino, impulsado por las aguas del arroyo, operó probablemente desde los siglos XVI-XVII, época de auge de las infraestructuras hidráulicas en las vegas zamoranas, zonas de huertas y de una gran actividad agrícola. Formaba parte de una red de molinos menores que molían grano para la subsistencia local, pertenecientes a menudo a vecinos o cofradías, sin grandes señores documentados.

Del mismo modo, en el alto de Santa Susana, también se erigieron molinos de viento, visibles en el plano de Coello de 1849-1852. Su presencia se debió a los fuertes vientos del lugar y la proximidad a la vega fértil, ideales para moler cereales desde el siglo XVIII, en paralelo al declive de algunos hidráulicos o bien cuando por sequías o una fuerza insuficiente del agua del Duero, el Valderaduey o los arroyos de estos, se reducía la productividad de las aceñas. Fueron propiedad de molineros locales o el cabildo y desaparecieron con la industrialización del XIX.

La ermita de Santa Susana, origen del topónimo del alto, surgió en el siglo XIII-XIV bajo influencia de la Orden de Santiago. Fue una pequeña construcción devocional, que atrajo hasta el barrio a un buen número de ermitaños y labriegos. Su ruina data del XIX. Cercana, la iglesia de Santa María de la Vega (siglo XII, románica) se ancla en el barrio desde la repoblación medieval. Adyacente a la muralla norte, dejó de oficiar en el XVIII.

Hoy este barrio de San Lázaro que brotó como un ámbito piadoso en las costuras de la Zamora medieval, y en cuyo derredor se fue amasando una comunidad de menesterosos, braceros de espaldas encallecidas, caminantes erráticos y almas periféricas, parece tener ya muy lejano el estigma de su cuna y génesis asistencial, y cual alquimia prodigiosa se ha convertido en un barrio esencial zamorano, donde las cinco mil almas que bullen por sus calles a diario, siguen tejiendo día a día la trama de una Zamora que mira al pasado sin arredrarse del presente.

Continuará...

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