Club La Opinión-El Correo de Zamora
Emilio del Río, doctor en Filología Clásica: "Roma fascina porque no es un museo, es un espejo"
Del Río invita al lector a sumergirse en la antigua Roma, la ciudad que llegó a convertirse en el mayor imperio de la Antigüedad y en una de las civilizaciones más influyentes de la historia. "Pequeña historia de la antigua Roma" es, como él mismo indica, "apto para todas las edades, ya que narra esta densa historia de manera amena e ilustrada"

Emilio del Río, en Zamora, minutos antes de la presentación de su libro. / José Luis Fernández
¿Con este libro ha querido desmontar alguna idea sobre Roma?
Más que desmontar, he querido quitarle el disfraz a Roma. Porque la conocemos mucho… pero a través de Hollywood: sandalias impecables, discursos perfectos y emperadores siempre mirando al horizonte como si estuvieran esperando a que les enfoquen con una cámara lenta, como si fueran Marco Antonio o Cleopatra en versión cine. Y Roma fue bastante más interesante que eso: fue contradictoria, brillante y oscura, ordenada y caótica. Este libro intenta devolverle esa vida real, con sus aciertos y sus meteduras de pata, que son muchas… y muy humanas. Y por eso funciona tan bien con cualquier lector, porque somos romanos, este libro habla de nosotros mismos.
¿Qué se sigue entendiendo mal cuando se habla del mundo romano?
Seguimos pensando que eran “otros”, como si vivieran en un planeta lejano llamado Antigüedad. Y no: el problema —o la gracia— es que se parecen demasiado a nosotros. Tenían luchas políticas, propaganda, bulos, debates encendidos… solo que, sin wifi, lo cual a veces les daba una ventaja competitiva. Cuando lees a los romanos, te das cuenta de que no estás estudiando el pasado, estás leyendo el periódico… con toga donde igual aparecen Nerón o Calígula y tampoco desentonan tanto con la actualidad.
¿Roma fascina por admiración o por identificación?
Por las dos cosas, y ahí está el secreto. Admiramos lo que hicieron, porque construir algo así impresiona, claro. De una pequeña aldea de pastores en el centro de Italia, la de Rómulo y Remo, a conquistar el mundo, no te digo que me lo mejores, ¡iguálamelo! Pero lo que realmente engancha es la identificación: reconocemos sus dudas, sus ambiciones y sus errores. Roma fascina porque no es un museo, es un espejo. Y a veces un espejo incómodo, de esos que no siempre favorecen, porque te dan tu imagen real.
«Los pueblos que no conocen su historia, están condenados a repetirla»
¿Qué parte de Roma sigue viva sin que la nombremos?
Muchísima más de la que creemos. Es la famosa escena de “¿qué han hecho los romanos por nosotros?” de los Monty Python. Desde el derecho hasta la forma de organizar las ciudades, pasando por el idioma, aunque no nos demos cuenta de que hablamos latín evolucionado todos los días. Pero sobre todo sigue viva una idea muy romana: que la vida en sociedad se construye entre todos, con normas, acuerdos y también conflictos. Que nadie está por encima de la ley. Eso no ha cambiado tanto… aunque ahora lo discutamos en redes y no en el foro.
¿El Imperio romano se sostuvo más por las armas o por el relato?
Las armas abren camino, pero el relato es el que lo mantiene. Roma conquistaba con legiones, sí, pero sobre todo convencía de que formar parte de Roma merecía la pena. Y eso es muy moderno: puedes tener fuerza, pero si no sabes explicarte, si no generas un relato que la gente compre, el edificio se tambalea. Roma entendió eso muy pronto, el máximo exponente es Augusto, un mago de la propaganda y las 'fake news ¡Y nos pensamos que hemos inventado los departamentos de comunicación!
¿Se podría decir que Roma inventó la política-espectáculo?
No la inventó, porque el espectáculo es bastante antiguo, pero desde luego la convirtió en un arte. Supieron que la política no solo se ejerce, también se escenifica. Había símbolos y rituales… y sí, también entretenimiento para tener a la gente más o menos tranquila. El famoso “pan y circo” de los emperadores no es solo una frase ingeniosa, es toda una estrategia. Y si uno mira algunas cosas hoy, tiene la sensación de que no hemos innovado tanto… solo hemos cambiado el anfiteatro por los platós.
¿Roma sirve más como espejo o como advertencia?
Sirve como espejo en el que nos vemos y como advertencia que, a veces, preferimos no escuchar. Porque Roma muestra cómo se construye una sociedad compleja… y también cómo puede deteriorarse desde dentro. Es muy útil precisamente por eso: no es un ejemplo perfecto, es un ejemplo completo. Y eso es mucho más interesante. Siempre insisto en que no hay acercarse a la historia de Roma como si fuéramos fans, sino, ¿por qué cometer los errores de siempre si podemos cometer otros nuevos?
¿Qué síntoma de desgaste de Roma le parece más contemporáneo?
Probablemente la pérdida de confianza en las instituciones y en las reglas del juego. Cuando la gente empieza a pensar que el sistema no funciona o que solo funciona para algunos, se abre una grieta peligrosa. Roma vivió ese proceso, y no fue precisamente un trámite tranquilo. Es uno de esos momentos en los que la historia no te da lecciones… te da avisos bastante claros. Es cuando pasa de la República al Imperio, que era una dictadura con otro nombre y con apariencia de democracia, aunque Augusto lo vista muy bien. Como está pasando en tantos países del mundo ahora mismo
¿Qué parte del esplendor romano tenía un coste que hoy parece olvidarse?
Todo esplendor tiene un precio, y Roma no fue una excepción. Detrás de sus grandes obras, de su expansión y de su brillo, había tensiones sociales, desigualdades y conflictos. Tremenda. En Roma se produce la primera huelga general de la historia. Había esclavitud, pobreza, miseria. A veces idealizamos ese mundo como si fuera un decorado perfecto, pero en realidad estaba lleno de tensiones internas. Es como esas fotos de Instagram que parecen maravillosas… hasta que ves lo que hay fuera del encuadre, incluso en tiempos de nuestro paisano Adriano
¿Qué cuentan mejor los romanos: cómo se construye un poder o cómo se deteriora?
Lo fascinante es que nos cuentan ambas cosas. Roma es un manual completo: cómo se levanta un sistema sólido y cómo, poco a poco, puede ir perdiendo equilibrio. Y eso la convierte en una historia más que útil, necesaria, porque no es solo admiración por lo que fue, sino advertencia de lo que puede pasar, desde ejemplos como Cincinato hasta los emperadores más excesivos como Nerón, Calígula o Cómodo.
Usted trabaja mucho la oratoria: ¿hoy se habla mucho y se argumenta poco?
Mi especialidad como profesor en la Universidad Complutense es precisamente la Oratoria Clásica, es decir, la técnica de hablar en público tal y como la entendieron los griegos y los romanos, Aristóteles, Demóstenes, Cicerón o Quintiliano, que en esto fueron los primeros… y los mejores. Ellos tenían muy claro algo que hemos olvidado con cierta alegría: hablar bien no es hablar más alto, ni más rápido, ni más indignado. Hablar bien es construir un discurso que convenza, que persuada. Y eso exige tres cosas bastante incómodas en estos tiempos: escuchar, pensar y ordenar las ideas. Tres cosas que requieren tiempo… y hoy vivimos en una especie de competición mundial por ver quién opina antes de haber terminado de entender el problema. Los romanos, en cambio, se tomaban muy en serio la palabra. Sabían que un buen discurso podía cambiar decisiones, orientar a la gente, incluso salvar una situación complicada. Aquí a veces da la sensación de que el objetivo no es convencer, sino ganar el aplauso rápido… o el titular. Y claro, eso tiene menos mérito retórico y menos recorrido. Digamos que hemos pasado de la oratoria… a la megafonía.
¿Qué lector tenía en la cabeza al escribir este libro?
A todos. Y no es una respuesta diplomática, es literal. Este es un libro pensado para lectores de 10 a 100 años, que no tienen ni idea de la historia de Roma. Es un libro para que cualquiera pueda entrar en Roma sin miedo, sin necesidad de saber quién era Espartaco o Julio César ni de haber visto todas las películas de romanos. Y, además, la historia de Roma es divertidísima. Es la mejor serie que hay. Tiene de todo, no hay que exagerar nada. ¡Y engancha! El libro, además, tiene ilustraciones, ¡es una auténtica ganga!
¿Qué episodio le parecía imprescindible porque resume muy bien lo que fue Roma?
El asesinato de Julio César es uno de esos momentos que lo concentra todo: ambición, poder, miedo, ideales, traiciones… y, por supuesto, relato, porque lo que ocurrió después fue casi tan importante como lo que ocurrió ese día. Es un episodio que parece escrito para el cine o una serie… y que explica muy bien hasta qué punto Roma era tan compleja como apasionante.
¿Qué explica mejor una civilización: sus conquistas o sus pequeños detalles cotidianos?
Las conquistas impresionan mucho, claro, porque suenan a épica, a música de película, a historias como las de Marco Antonio y Cleopatra. Pero una civilización se entiende de verdad en los pequeños detalles: cómo comían, cómo discutían, cómo educaban a sus hijos, cómo se enamoraban… o cómo se insultaban, que eso también dice mucho. Roma no se explica solo por lo que conquistó, sino por cómo vivía la gente que no salía en los libros… que, como suele pasar, eran casi todos. Y ahí es donde de repente deja de ser historia lejana y se convierte en algo muy reconocible.
¿Qué le interesa más de Roma: su grandeza o su fragilidad?
La grandeza impresiona, pero la fragilidad enseña. La grandeza la miras con admiración, casi con cierta distancia; la fragilidad, en cambio, te interpela directamente. Porque ahí es donde ves que algo aparentemente sólido puede empezar a resquebrajarse poco a poco. Y eso nos resulta inquietantemente familiar. Roma fue enorme, sí, pero también fue vulnerable. Y entender esa vulnerabilidad es probablemente lo más útil que nos puede dejar hoy.
¿Qué sigue sorprendiéndole a usted personalmente de Roma?
Lo moderna que resulta. A veces lees un texto romano y tienes la sensación de que lo han escrito esta mañana, después de mirar las noticias. Sus debates, sus preocupaciones, incluso su sentido del humor… todo suena muy cercano. Y eso siempre sorprende, porque uno espera encontrarse algo lejano y solemne, y, en cambio, se encuentra con gente como nosotros, con nuestros problemas, preocupaciones, deseos y soluciones. Con toga, sí, pero con las mismas contradicciones.
¿Qué le gustaría que un lector joven descubriera en este libro?
Me gustaría que descubriera dos cosas: que la historia no es aburrida y que, además, sirve para algo. Que no es una lista de fechas para memorizar, sino un conjunto de historias que ayudan a entender el mundo en el que vivimos. Y si además se ríe en el camino, mejor todavía. Porque este libro está pensado precisamente para eso: para que cualquier lector, tenga la edad que tenga, entre en Roma sin miedo y salga pensando: “Oye, pues esto tenía más que ver conmigo de lo que imaginaba”. ¡Y qué divertida es la historia de Roma!
¿Qué prejuicio le gustaría que el público dejara atrás al salir de esta charla?
El prejuicio de que la historia es algo lejano, serio y reservado a especialistas. Me gustaría que salieran con la sensación contraria: que la historia es cercana, útil y, si se cuenta bien, incluso divertida. Porque cuando entendemos el pasado, entendemos mejor el presente… y eso es imprescindible para no cometer los errores de siempre.
¿No se corre a veces el riesgo de admirar Roma sin mirar de frente su violencia?
Claro que sí, y es un riesgo bastante habitual. Roma fue brillante en muchas cosas, pero también fue dura, violenta, muy violenta y muy desigual. Si solo nos quedamos con el mármol y las grandes obras, nos estamos contando una versión incompleta. Entender Roma de verdad implica mirar también esa parte incómoda. Porque solo así podemos aprender algo útil… y no limitarnos a hacer turismo histórico con filtro bonito.
¿La nostalgia de Roma dice más del pasado o de nuestras inseguridades presentes?
Dice muchísimo más de nosotros que de Roma. Idealizamos el pasado cuando el presente nos genera incertidumbre, y Roma funciona muy bien como refugio imaginario: orden, grandeza, claridad… aunque en realidad tampoco fue tan sencillo. Esa nostalgia habla de una necesidad muy humana de encontrar certezas. El problema es que Roma, si la miras bien, también estaba llena de dudas. Vamos, que tampoco allí tenían todo tan claro… aunque lo disimularan muy bien. Como decía Santayana, “los pueblos que no conocen su historia, están condenados a repetirla”.
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