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Crónica de la Zamora extramuros: Olivares

Las aceñas de Olivares, que antaño movían la economía zamorana, han sido restauradas y convertidas en un centro de interpretación, permitiendo a los visitantes conocer la historia del agua y el pan

Recreación con IA de una Alfarera en el Olivares medieval.

Recreación con IA de una Alfarera en el Olivares medieval. / IA

Gustavo Rubio Pérez (Raigambre)

Quien quiera conocer a Zamora en su verdad más honda ha de bajar inevitablemente a Olivares, ese arrabal que se descuelga por la ladera hasta meter los pies en el Duero. Y es que desde muy pronto la ciudad se desbordó por esta pendiente meridional al otro lado de la muralla primera, comunicada con el recinto murado por la vieja puerta de Olivares, también llamada Puerta Óptima, por donde transitaban hombres, aperos y viandas hacia la gran urbe legionensis.

Al igual que en Cabañales o en Peniella (Pinilla), mucho antes de que se consolidara el barrio como trama de casas y oficios, lo que existió en Olivares fueron sus aceñas. Los documentos del siglo X (año 986) ya mencionan los molinos harineros de Olivares, en una ciudad que comprendía que su supervivencia pasaba por dominar el agua que mordía sus cimientos. Hasta siete ruedas llegaron a levantar aquí sus azudes y armazones, convirtiendo el conjunto en un complejo protoindustrial que molió el trigo de la Tierra del Pan y lo transformó en harina comunitaria, bajo la tutela, durante siglos, del cabildo catedralicio. Controlar aquellas aceñas era controlar el pan diario y controlar el pan en el medievo era asir la garganta misma de la ciudad.

Tierra y paisaje

Pero Olivares recibió su nombre por una evidencia de tierra y paisaje, ya que allí hubo olivos, o cuando menos un paraje identificado con ellos,. Este arrabal asomado al Duero mezclaba huertas, oficios y molienda, con las aceñas como respiración económica del barrio, y más tarde, la alfarería y otras actividades artesanales le darían una fisonomía popular y laboriosa, pero antes que barrio de olleros, Olivares fue, en lo más profundo de su nombre, barrio de olivos.

Ya en el siglo XII surgiría la parroquia de San Claudio de Olivares, núcleo espiritual y urbanístico del arrabal, cuya primera mención documental es del año 1176, si bien su fábrica delata dos momentos constructivos, el primero de mediados del XII asociado a su cabecera de ábside ultrasemicircular, y el segundo relacionado con la nave de finales de la misma centuria. San Claudio es un templo pequeño de una sola nave irregular y presbiterio alargado, levantado en buena sillería arenisca sobre un podio que a lo largo de los siglos se ha defendido como ha podido de las numerosas arremetidas del río, y es que su proximidad extrema al Duero ha sido casi una condena, con crecidas que llegaron a tumbar en repetidas ocasiones el muro sur y las bóvedas primitivas, obligando a reconstrucciones sucesivas y a sustituir la cubierta de piedra por una armadura de madera.

Pero es por dentro donde San Claudio revela su grandeza con un amplio presbiterio articulado en dos tramos y rematado con el citado ábside ultrasemicircular, compuesto con una serie de capiteles y canecillos figurados de una crudeza y belleza rotundas. Aves afrontadas, bestias fantásticas, mascarones que parecen brotar de una pesadilla medieval compartida por campesinos, molineros y artesanos. Es una imaginería áspera, moralizante, donde el bien y el mal se encarnan en cuerpos retorcidos, como si la misma comunidad de Olivares hubiese volcado en la piedra sus miedos al derrumbe, la crecida y el hambre. No extraña que algunos especialistas la consideren, pese a la primera cita tardía, una de las iglesias románicas más antiguas y significativas de Zamora, que fue convertida en Monumento Histórico‑Artístico en 1931. No tengo duda de que por estas líneas volveremos algún día sobre ella.

Raigambre

Raigambre / LOZ

A poca distancia, ya en la llanura occidental bajo el castillo, se yergue la humildísima iglesia de Santiago de los Caballeros, o Santiago el Viejo, otra pieza románica de una sola nave con ábside semicircular, situada también extramuros en lo que antes eran eras de labor. Documentada en 1168, su origen constructivo se sitúa hacia mediados del siglo XI cuando Zamora armaba su cinturón de templos de frontera para atender a los arrabales que germinaban al pie de sus murallas. La tradición quiso ver en su altar el escenario donde Rodrigo Díaz de Vivar fue armado caballero, pero el alma zamorana, recia, granítica y poco dada a las genuflexiones ante los ídolos de barro, se ha negado a hincar la rodilla ante quien, bajo una pátina de leyenda áurea, no fue sino un mercenario aventurero que mercadeaba con su acero al mejor postor, sin más patria que la del botín y la soldada. Los zamoranos finalmente hemos preferido, con un atávico sentido de la justicia histórica, rescatar del olvido y del vituperio a la infanta doña Urraca y a Bellido Dolfos, ese libertador de estirpe quijotesca que, en un relampagueante arrebato de audacia supo acabar con quien pretendía someternos bajo los dictados de una ambición tan ciega como efímera.

Un artista crea un pedestal al mural del barrio de Olivares

S. A.

Allí en Santiago el Viejo sobrecogen los capiteles del arco triunfal, con sus pájaros enfrentados, felinos, culebras y figuras antropomorfas de aire simiesco, que Gómez‑Moreno juzgó "incomprensibles y bárbaros". Esa rudeza simbólica hermana el templo con San Claudio, conformando ambos una especie de vía sacra del arrabal, donde la fe se expresa en un lenguaje duro y sin dulzuras devotas.

Junto a este paisaje de iglesias y aceñas rugientes se proyecta, como un espejo moral, la leyenda de San Atilano, primer obispo de la diócesis de Zamora entre los años 901 y 917. Cuenta la leyenda que un día abrumado por la carga de su ministerio, al abandonar la ciudad arrojó su anillo episcopal al Duero, confiando a las aguas el veredicto sobre su destino; años después, de regreso como humilde peregrino, encontró ese mismo anillo dentro del pez que le sirvieron en una posada cercana a la iglesia zamorana del Santo Sepulcro, tras lo cual retomaría su encomienda pastoral como Obispo de Zamora.

El barro: un símbolo

Pero si el agua fue la energía de Olivares, el barro fue su vocación. Las fuentes coinciden en señalar que la actividad principal del arrabal, ya desde época moderna, fue artesanal, con especial arraigo de la alfarería, hasta el punto de que la "cerámica de Olivares" gozó de fama propia hasta comienzos del siglo XX. A mediados del XVIII se documenta la llegada de tres familias alfareras procedentes de Jiménez de Jamuz, que fijan aquí sus hornos y, a partir de 1750, dotan al barrio de una identidad ceramista tan poderosa como discreta, pero dando como resultante que a finales del XIX se contabilizaran en Olivares alrededor de quince familias dedicadas al oficio.

Sobre las tornas de estos alfares se modelaban piezas vidriadas de blanco, con escaso estaño, imitaciones humildes de las lozas talaveranas, platos de boda, jarras, azulejos para rotular calles y numerar casas, cacharrería de batalla cuya gracia residía más en la solidez y el uso que en la exhibición artística. El barro se extraía, en parte, de las laderas del Bosque de Valorio, con concesiones municipales regladas, lo que muestra hasta qué punto aquel tejido de tejeros, molineros y alfareros constituía un sistema económico coherente, donde el monte, el río y el arrabal se encadenaban en una misma lógica de subsistencia.

Con la Revolución Industrial y la irrupción de materiales más baratos y producidos en serie, la alfarería de Olivares se fue apagando en las primeras décadas del siglo XX, dejando tras de sí un poso de formas, motivos y técnicas que hoy se recuperan con una mezcla de melancolía y orgullo.

Que el barrio no se resigna a ser sólo una nota a pie de página lo demuestra su pulso reciente. Las viejas aceñas, exhaustas ya de girar, han sido restauradas con mimo y convertidas desde 2008 en centro de interpretación de las industrias tradicionales del agua, permitiendo al visitante caminar literalmente sobre el Duero y comprender cómo aquellos ingenios hidráulicos sostuvieron durante siglos el pan semurensis.

Paralelamente, diversas iniciativas culturales han devuelto al primer plano la memoria alfarera con proyectos como "Cerámica de Olivares" o los talleres municipales han llenado las calles de mosaicos y murales que reinterpretan, con lenguaje contemporáneo, los colores y motivos de la loza antigua, implicando a decenas de vecinos en un ejercicio de artesanía compartida.

Entre tanto, San Claudio sigue cumpliendo silenciosamente su función parroquial, con el presbiterio románico abierto a un vecindario que quizá no recite tratados de iconografía, pero sabe que en esos capiteles se condensa un milenio de miedos y esperanzas del arrabal. Y Santiago el Viejo, modesto y casi siempre vacío, contempla desde la Vega la ciudad que sube hacia la catedral, recordándonos que Zamora también se explica con estas iglesias de llanura que guardan la memoria de quienes vivieron pegados al barro y al agua.

Continuará…

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