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La Cuesta del Caño de Zamora, utilizada como urinario en la procesión del Vía Crucis

Carta de un vecino indignado por la "gente meando en fila" y las dificultades para acceder a sus propias casas

Procesión del Via Crucis, saliendo del Seminario.

Procesión del Via Crucis, saliendo del Seminario. / Alba Prieto / LZA

Carlos Gil Andrés

Carlos Gil Andrés

Los vecinos de la Cuesta del Caño han expresado su queja por la utilización de este espacio como retrete por parte del público asistente al paso de la procesión del Vía Crucis que además, dificultaba sobre manera el acceso de los moradores a sus propios hogares.

Lo cuenta, con gracia, uno de los afectados, que ha remitido una carta a LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA en la que mezcla su indignación con una elegante sorna que llama a las autoridades municipales a tener en cuenta estos aspectos para poder solucionarlos, con la colocación, por ejemplo de váteres portátiles como se hace en otros puntos de la ciudad en momentos de aglomeración.

"Zamora se engalana cada año para su Semana Santa, esa liturgia milimétrica que presume de silencio, solemnidad y recogimiento. Un escaparate de identidad, de historia y de orgullo colectivo que convierte a la ciudad en un museo vivo durante unos días. O eso nos gusta contarnos. Porque luego está la otra cara. La que no sale en los folletos turísticos. La que no se retransmite en directo. La que no se aplaude al paso de un Cristo o una Virgen. La que, sinceramente, huele bastante peor".

 Este año, relata el vecino afectado, "la escena ha sido especialmente sangrante en la Cuesta del Caño. Un enclave que, lejos de ser un rincón de espera para los hermanos y hermanas cofrades antes de la salida de la procesión, se convirtió durante horas en un urinario improvisado. Sí, tal cual. Gente meando en fila, entre los coches, sin pudor, sin disimulo y, lo que es más grave, sin respeto alguno por los vecinos ni por el entorno".

 "Y no hablamos, prosigue, de un hecho aislado, de una urgencia puntual o de un despiste humano. Hablamos de un trasiego constante. De una procesión líquida bajando desde la calle San Andrés por las paredes del Seminario Menor San Atilano, convertidas en improvisado muro de desahogo fisiológico. La escena, si no fuera tan lamentable, tendría algo de coreografía grotesca: túnicas, capirotes, recogimiento... y luego la cremallera bajando en cadena. Tradición y biología en un equilibrio bastante cuestionable.

"El problema no es nuevo, pero este año ha sido descarado"

"Conviene decirlo claro: el incivismo en Semana Santa no es una novedad. Lleva años filtrándose entre las filas, entre los pasos, entre los aplausos contenidos. Pero lo de este año ha cruzado una línea. La peculiaridad ha sido el recorrido. La procesión del Vía Crucis del Martes Santo, saliendo desde San Andrés —algo no habitual—, ha desviado el flujo humano hacia zonas no preparadas para absorber semejante concentración de personas. Y ahí es donde la organización ha fallado estrepitosamente".

 El vecino denuncia que "no es serio movilizar a cientos de personas sin prever algo tan básico como dónde van a hacer sus necesidades. No estamos hablando de instalar un spa portátil ni de ofrecer aromaterapia. Estamos hablando de baños. De lo mínimo exigible en cualquier evento que aspire a ser civilizado. Pero claro, eso implicaría reconocer que la Semana Santa no es solo espiritualidad, sino también logística. Y parece que esa parte todavía cuesta asumirla".

Vecinos sitiados

"Mientras muchos y muchas se aliviaban contra muros ajenos, los vecinos de la zona vivían su propia procesión... pero sin música ni penitencia voluntaria. Acceder a sus propias viviendas además, se convirtió en una odisea. Y no por la cantidad de gente —eso, al fin y al cabo, es previsible y comprensible—, sino por las formas. Por la actitud de ciertos miembros de la organización, varas en mano, que decidieron que el orden procesional estaba por encima de algo tan básico como el derecho de un vecino a entrar en su casa".

 Denuncia "malos modos, respuestas cortantes y una sensación general de estar molestando en tu propio barrio. Como si durante unas horas la ciudad dejara de pertenecer a quienes la habitan para convertirse en un decorado donde los vecinos sobran. Y aquí conviene parar un segundo. Porque esto no va de atacar la Semana Santa. Va de recordar que sin vecinos no hay ciudad. Y sin ciudad, no hay tradición que valga".

Zamora huele a meado

El lector indignado señala que "hay una idea peligrosa que se repite cada año: que todo vale en nombre de la tradición. Que cualquier incomodidad, cualquier exceso, cualquier falta de civismo queda automáticamente justificada porque "es Semana Santa". Pues no. La devoción no legítima el incivismo. El respeto a una tradición no puede construirse sobre el desprecio al entorno y a quienes viven en él. Y mucho menos cuando ese entorno acaba literalmente empapado en orina. Porque sí, hay que decirlo sin rodeos: Zamora, durante ciertos momentos de la Semana Santa, huele a meado. Y no es una metáfora".

Lo más frustrante de todo esto "es que no estamos ante un problema irresoluble. No hace falta convocar un comité de expertos ni redactar un plan estratégico a diez años vista. La solución es tan simple que casi da vergüenza tener que escribirla: baños portátiles. Sí, esos mismos que se colocan en cualquier feria, concierto o evento multitudinario. Esos que evitan que la gente tenga que recurrir a portales, esquinas o muros históricos para hacer lo que el cuerpo les pide. Instalarlos en puntos estratégicos no solo aliviaría una necesidad fisiológica, sino también una tensión social cada vez más evidente. Porque los vecinos no están pidiendo privilegios. Están pidiendo algo tan básico como no vivir rodeados de orines durante días".

 "Este año, la cuesta del Caño era un punto evidente. El año que viene, cuando el recorrido vuelva a la Catedral, habrá otros. No es complicado. Solo hace falta voluntad. Aquí llega la parte incómoda. Porque esto no va solo de individuos incívicos —que los hay, y muchos—, sino también de responsabilidad colectiva. Las cofradías, como organizadoras, tienen un papel clave. No basta con cuidar el orden de la procesión o la estética de los pasos. También deben velar por el impacto que generan en la ciudad".

Según su opinión, "incluir en sus presupuestos la instalación de servicios básicos no debería ser una opción, sino una obligación. Porque la dignidad de una tradición también se mide por cómo trata a quienes no participan directamente en ella. Y luego está el Ayuntamiento, que tampoco puede mirar hacia otro lado. Si se permite y se promueve un evento de esta magnitud, también se debe garantizar que se desarrolla en condiciones mínimamente civilizadas".

 Quizá lo más llamativo de todo esto es el silencio. "Ese pacto tácito de no hablar de lo incómodo para no empañar la imagen de la Semana Santa. Se habla de la belleza, del recogimiento, del turismo, del impacto económico... pero no de los portales convertidos en meaderos, ni de los vecinos atrapados, ni del olor que se queda durante días. Y mientras no se hable, no se solucionará. Porque lo que no se nombra, no existe. O al menos eso parece".

 Zamora, prosigue, "no necesita renunciar a su Semana Santa. Sería absurdo. Es parte de su identidad, de su historia y de su alma. Pero sí necesita evolucionar. Adaptarse. Entender que una tradición viva no es la que se repite sin cambios, sino la que sabe corregir sus errores. Porque no, no es incompatible el recogimiento con el civismo. No es incompatible la devoción con el respeto. No es incompatible la tradición con algo tan básico como no mear en la calle. Lo que sí es incompatible es seguir mirando hacia otro lado".

Algo que falla

 La imagen de Zamora "no se construye solo con túnicas y tambores. También con cómo se comporta su gente cuando nadie está mirando. Con cómo se trata a los vecinos. Con cómo se cuidan los espacios comunes. Y ahora mismo, hay algo que falla".

 Porque entre el incienso y la cera, entre los silencios y los rezos, hay un olor que no encaja. Un recordatorio bastante terrenal de que, por muy elevada que sea la tradición, seguimos teniendo los pies en el suelo... y algunos, al parecer, la puntería bastante discutible. Igual ha llegado el momento de asumirlo y actuar en consecuencia. O seguir como hasta ahora, claro. Total, siempre quedará el perfume del incienso para intentar taparlo o el que dirá... si son solo unas horas... Pero, siendo honestos, no hay incienso en el mundo que pueda con según qué cosas".

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