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Entrevista | Raúl Arturo Hirakawa Abogado y profesor de la Universidad Internacional de La Rioja

Raúl Arturo Hirakawa, abogado y profesor: "Hay que ser claros: existe la violencia de género porque así lo reconoce la ley"

Raúl Arturo Hirakawa es abogado en Zamora y profesor colaborador en el Grado en Derecho y en el Máster en Derechos Humanos de la Universidad Internacional de La Rioja. Tras más de 20 años ejerciendo la abogacía en Perú y en España, Hirakawa trabajó en el Turno de Violencia de Género en Zamora hasta diciembre de 2025. Un periodo de su vida que le marcó en todos los sentidos y que, según afirma, muchos de los casos que vivió en sus inicios se siguen repitiendo a día de hoy

Raúl Arturo Hirakawa es abogado en Zamora y profesor colaborador en el Grado en Derecho y en el Máster en Derechos Humanos de la Universidad Internacional de La Rioja.

Raúl Arturo Hirakawa es abogado en Zamora y profesor colaborador en el Grado en Derecho y en el Máster en Derechos Humanos de la Universidad Internacional de La Rioja. / Cedida

¿Cómo empezaste a llevar casos de violencia de género?

A lo largo de mi carrera profesional siempre he trabajado con colectivos de inmigrantes. Mi tesis para la licenciatura en Derecho fue sobre inmigrantes peruanos en situación irregular en Japón, ya que por motivos familiares he conocido de cerca la realidad del colectivo peruano allí. Con el tiempo, vine a España para hacer un doctorado por la Universidad de Salamanca, donde continué con esta línea de estudio. Al terminar el doctorado en Derechos Humanos cursé Estudios Interdisciplinarios de Género y Políticas de igualdad. A raíz de esto empecé a trabajar en la situación migratoria del colectivo de mujeres peruanas, y empecé a estudiar la violencia de género desde una perspectiva interdisciplinar: derecho, sociología, historia y psicología, porque la violencia de género no es solo un problema jurídico. Finalmente, desarrollé mi tesis doctoral sobre la violencia de género contra las mujeres peruanas en España desde la perspectiva de género y el enfoque de los derechos humanos. Actualmente, llevo 21 años ejerciendo como abogado, primero en Perú y más tarde en España. En el año 2019 entré en el Turno de oficio de Violencia de Género en Zamora hasta diciembre de 2025. Ahora, además de abogado, soy profesor colaborador en el Grado en Derecho y en el Máster en Derechos Humanos de la Universidad Internacional de La Rioja

Ha dicho que la violencia de género no es solo un problema jurídico, ¿a qué se refiere?

La violencia de género es un problema profundamente enraizado a una sociedad machista y patriarcal que coloca a hombres y mujeres en posiciones determinadas y hace que muchas de ellas vivan sometidas, entre comillas, al varón que es o ha sido su pareja. Hay que partir de una definición clara: existe la violencia de género porque así lo reconoce la ley.

¿Qué dice la ley?

En España, el desarrollo legislativo más importante llegó con el primer gobierno de Rodríguez Zapatero. Fue entonces cuando se crearon dos leyes orgánicas fundamentales:la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, de 2004, y la Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres, de 2007. Estas normas son la base porque introducen cambios en el Código Penal, en la legislación penal, en la civil e incluso en la laboral. Cuando una mujer es reconocida como víctima de violencia de género eso afecta también a cuestiones como los hijos, el régimen de visitas, las medidas civiles y la protección laboral.

¿Qué destacaría del primer caso de violencia de género en el que trabajó?

Una de las primeras cosas que viví fue la conocida como revictimización de la víctima dentro del ámbito judicial, y eso sigue ocurriendo hoy. La víctima llama al 016 o acude a la Policía Nacional o a la Guardia Civil y denuncia. A continuación, la declaración puede durar unas tres horas, y siempre tiene que estar asistida por un abogado. Cabe destacar que, en el caso de las víctimas de violencia de género, esta asistencia es completamente gratuita independientemente de los ingresos. Además, antes de declarar suele intervenir una psicóloga y luego un abogado para realizar un formulario establecido por el Ministerio que la víctima tiene que responder para determinar el nivel de riesgo (bajo, medio o alto). Solo llegar hasta aquí supone un desgaste enorme. Después de esto, la víctima tiene que volver a declarar en sede judicial, a veces el mismo día y otras no, según lo disponga el juez. Luego tiene que ser atendida por un forense y volver a contar lo sucedido. Es decir, se ve obligada a repetir varias veces lo mismo, y aún queda todavía el juicio, que puede llegar meses o incluso años más tarde.

¿Esa presión puede provocar incoherencias en las declaraciones de las víctimas?

Existe una doctrina del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional que reconoce que la declaración de la víctima no es solo prueba indiciaria, sino una prueba directa. Pero, para que tenga esa fuerza, la víctima no puede caer en contradicciones entre lo que declara ante la policía, ante el juez y en el juicio. Y eso supone una presión enorme para ella. Solo el hecho de entrar en una sala, colocarse delante de un juez, un fiscal y dos abogados, ya impone muchísimo. Se alteran, se bloquean, no entienden bien algunas preguntas. Por eso hay que prepararlas bien y pedirles que respondan con calma y que, si no entienden algo, pidan que se repita. Los abogados sabemos cómo formular preguntar para confundir, y eso es lo que hará la defensa. Todo esto es una parte de lo que tienen que soportar las víctimas, y es por ello que muchas no quieren continuar.

Cuando una víctima quiere echarse para atrás, ¿cómo actuáis?

Intentamos persuadirla, apoyarla, explicarle las consecuencias, pero llega un momento en el que no puedes ir más allá. Muchas están psicológicamente machacadas y aún así, dejan de acudir a un especialista porque tienen hijos, porque no ven resultados o porque están agotadas. Por eso digo que el sistema judicial no ofrece la inmediatez que este tema requiere.

¿Qué viven las víctimas durante este proceso de denuncia?

En ese tiempo, tanto la familia del agresor como la familia de la víctima intentan influir para que retire la denuncia.

¿Cree que se les pide a las víctimas más de lo que el sistema les ofrece?

Sí. Este problema lo ha creado el propio sistema machista y patriarcal, así que no podemos exigirles, sino darles herramientas que les ayuden a romper la dependencia económica, el miedo a las represalias, la intimidación social, la manipulación psicológica... No se les puede pedir más a quienes están siendo castigadas.

«Hay todavía una mentalidad muy instalada de culpar siempre a la mujer»

En la mayoría de los casos existe un vínculo sentimental entre víctima y agresor, ¿cómo dificulta esta situación a la hora de denunciar?

Siempre es más difícil para ella que para él. La manipulación psicológica llega a tal punto que la víctima termina creyendo que quién actúa mal es ella. Para que una mujer denuncie, normalmente ha tenido que aguantar muchísimo. No suelen denunciar al primer grito.

Y entonces, cuando tras años de abusos se atreven a denunciar se empieza a escuchar un «¿por qué no lo hizo antes?»

Eso tiene mucho que ver con el «qué dirán». En ciudades y pueblos como los nuestros sigue pesando muchísimo. Antes se escondía a las personas con discapacidad, a los homosexuales, cualquier realidad que la familia considerara una «vergüenza». Con la violencia de género pasa algo parecido, muchas víctimas quieren vivir solas su problema y no contarlo, pero de ese hoyo no se sale sola. Necesitan apoyo externo sí o sí. Por eso muchas veces no quieren seguir adelante. Antiguamente, la víctima podía acogerse a su derecho de no declarar, y eso hacía que muchos procedimientos se vinieran abajo. Ahora, si Fiscalía considera que hay base suficiente, puede seguir adelante aunque ella renuncie. Pero aun así, la falta de protección real pesa mucho. Si en Zamora capital cuesta denunciar, imagina en los pueblos. Hay todavía una mentalidad muy instalada de culpar siempre a la mujer por cómo va vestida, por cómo se comporta, por si «provoca», etc. Eso pasa mucho entre personar mayores, pero últimamente también entre gente joven. Hay chavales de 18 o 20 años que niegan la desigualdad, niegan el feminismo y repiten discursos alimentados por la extrema derecha. Eso da mucho miedo.

¿Es posible que muchas víctimas no se den cuenta de que lo son?

Por supuesto. Vivir con miedo en esas realidades se normaliza. La dependencia económica influye, pero incluso cuando la mujer logra esa independencia, la manipulación psicológica sigue generando dependencia. Todo empieza desde el inicio de la relación con algo tan sencillo como un constante «esto lo haces mal». Y después llega el aislamiento social, se pierden amistades, se rompe la red de apoyo y la víctima no se da cuenta.

¿Qué tiene que pasar para que una mujer despierte del trance en el que se encuentra y sea capaz de denunciar después de haber aguantado tanto?

Cuando por fin pide ayuda, aunque entonces, ya suele llevar mucho tiempo atrapada. Ahí es importante entender el llamado síndrome de la mujer maltratada. Muchas mujeres han crecido en entornos familiares desestructurados o violentos, y eso deja una huella psicológica enorme. A veces se repite un patrón en el que muchas mujeres que ya han sufrido violencia en un contexto vuelven a caer en relaciones abusivas. De hecho, en una de mis investigaciones vi muchos casos en los que mujeres peruanas que habían tenido una relación abusiva, al llegar a España volvían a sufrir violencia de género. No es que tengan un cartel que diga que «son víctimas de violencia» como muchas dicen creer, lo que ocurre es el síndrome de la mujer maltratada, donde sin darse cuenta «vuelven» a «permitir» abusos por culpa del patrón en el que se han visto envueltas. Además, vivir en una familia violenta tiene consecuencias enormes en los hijos. Si un niño normaliza la violencia en casa, es muy probable que reproduzca la violencia.

¿Qué formas de violencia son las más difíciles de demostrar en un juicio?

Sobre todo la violencia verbal y psicológica. Las agresiones físicas dejan lesiones, partes médicos, informaciones forenses, etc. Pero las verbales son mucho más difíciles de acreditar, aunque suelen dejar secuelas más profundas. En violencia de género, al igual que en el ámbito laboral, las grabaciones sí pueden admitirse como prueba aunque no haya consentimiento del otro, pero muchas víctimas no llegan a grabar. El insulto continuado, la humillación, el desprecio... dejan una herida tremenda. Una agresión física puede curar antes; la psicológica no.

¿Ser hombre en un ámbito como este, le ha influido en cómo le han percibido las víctimas?

Al principio sí. A veces de entrada genera cierta desconfianza, pero yo intento hablar con ellas, explicarles todo, mostrarles apoyo. Sin embargo, donde más lo he notado, es con los agresores.

¿También ha tenido que defender a agresores?

Sí. Aquí en Zamora un mismo abogado puede estar en un turno de violencia de género y también en la guardia ordinaria. Eso significa que un día puede asistir a una víctima y otro a un agresor. A mí me parece un error, creo que debería de haber una separación clara; o asistir siempre a víctimas o siempre a agresores. A mí me ha pasado que algunos agresores sabían que tengo formación en género y que siempre he defendido a las víctimas.

¿El enfoque del periodismo sobre la violencia de género cambia la manera en la que la sociedad la interpreta?

Por supuesto. Para un periodista es muy importante analizar desde qué perspectiva se cuenta la victimización de la mujer. Mucha gente dice que ahora hay más violencia de género, pero no es cierto, la violencia de género ha existido siempre. Lo que ocurre es que ahora muchas víctimas han reunido el valor de denunciar.

«Hay chavales que niegan la desigualdad y repiten discursos alimentados por la extrema derecha»

¿Es lo mismo una denuncia archivada que una denuncia falsa?

No. Que se archive un procedimiento no significa que haya denuncias falsas. Para que una denuncia sea falsa, el supuesto agresor tiene que denunciar a la víctima por denuncia falsa y debe haber una sentencia que así lo declare. Si no existe la sentencia, no se puede afirmar que una denuncia sea falsa.

¿De qué cifras hablamos?

Mínimas, prácticamente residuales. Estamos hablando de un 0,001%. Lo que ocurre muchas veces es que las denuncias se archivan por falta de pruebas, no porque los hechos no hayan ocurrido. Por ejemplo, una agresión verbal puede haberse producido perfectamente y, sin embargo, acabar archivada porque no hay testigos ni grabaciones.

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