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Caldereros y hojalateros, oficios artesanos de otros tiempos en Zamora

Junto a la calderería, se practicaba la hojalatería, fabricando y colocando canalones y productos como candiles y faroles, esenciales antes de la electricidad

Raigambre.

Raigambre.

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Cristina Manías Fraile (Raigambre)

En tiempos pasados, cuando las cocinas de gas aún no habían llegado a los pueblos zamoranos, los calderos colgaban de las llares para recibir el calor de la lumbre, sirviendo tanto para calentar agua como para preparar la comida. Los calderos eran recursos imprescindibles que debían ser reparados cuando estaban dañados porque la precariedad de la economía hacía necesario que nuestros antepasados estiraran todo lo posible la vida útil de los objetos de uso cotidiano.

Esta labor la llevaban a cabo los caldereros que, valiéndose de unas pocas herramientas, de su maña y de la fuerza de sus brazos, eran capaces de dotar de una segunda vida a los calderos agujereados.

Midiendo la zona a reparar. | Cristina Manías Fraile.

Midiendo la zona a reparar. | Cristina Manías Fraile.

Estas piezas solían tener una gruesa capa en el fondo para poder resistir bien el contacto con las llamas sin deformarse. Las paredes del caldero eran más finas y se remataban con asas para poder agarrarlos y engancharlos a las llares. Con frecuencia el daño se producía en esa parte baja, en el fondo del caldero, que había que reparar con un remache metálico.

Los caldereros solían disponer de un taller de trabajo en una habitación de sus propios domicilios o en el corral, dedicándose además a viajar por otras poblaciones, cargando sus herramientas a lomos de un burro, pregonando sus servicios de reparación.

Herramientas

Las herramientas que utilizaban para sus reparaciones eran fuelles, limas, tenazas, pinzas, martillos, punzones, sopletes y yunques.

Utilizaban remaches para tapar los agujeros, aplicaban calor para pegar la pieza al fondo del recipiente y después lo golpeaban con un martillo para darle forma. También reparaban otros utensilios metálicos, como herradas, baldes de zinc y alquitaras.

Este oficio también era ejercido en España por gitanos y mercheros nómadas que iban recorriendo distintas partes del país ofreciendo sus servicios. En los pueblos zamoranos llegaban con sus familias y, mientras los padres reparaban calderas, los niños cantaban y bailaban por el pueblo pidiendo una propina. En las poblaciones más humildes, a falta de dinero, no dejaban de darles unas patatas, unos fréjoles o unos huevos como gratificación por el salero que mostraban en sus cantes y bailes.

En general, los gitanos y mercheros eran bien recibidos por estos servicios que prestaban.

Caldereros y hojalateros, oficios artesanos de otros tiempos

Caldereros y hojalateros, oficios artesanos de otros tiempos

En la ciudad de San Sebastián el primer sábado de febrero se celebra la fiesta de Los Caldereros con comparsas formadas por personas disfrazadas que cantan canciones y tocan los más variopintos instrumentos, formados por cazos, sartenes y calderos golpeados con martillos, y van recorriendo la ciudad conmemorando a los zíngaros que antiguamente llegaban a la ciudad ejerciendo el oficio de la calderería en vísperas de Carnavales.

Con frecuencia, los caldereros también eran hojalateros, elaborando y colocando canalones en los tejados de las casas, y fabricando productos de hojalata, como los candiles y faroles, de indudable utilidad en tiempos pasados, cuando no había electricidad en las viviendas ni tampoco linternas. La hojalata consiste en chapas de acero o de hierro revestidas con una fina capa de estaño que protege el metal de la humedad y del óxido.

Abuelas a la luz del candil

Los candiles solían utilizarse con aceite o petróleo para alumbrarse en las viviendas por las noches. ¡Cuántas de nuestras abuelas tenían que coser y tejer por la noche, a la escasa luz de un candil, forzando la vista!

Los faroles se usaban frecuentemente en el exterior, cuando los labradores tenían que realizar "jeras" nocturnas, es decir, tareas como atender al ganado en la cuadra o ir a regar el huerto a medianoche, cuando el agua escaseaba y se regaba por turnos, "a la roda". Colocaban una vela en el farol, que tenía los laterales protegidos por cristales para que el viento no apagara la llama.

Con los avances tecnológicos, los candiles y faroles fueron cayendo en desuso, especialmente a raíz de la implantación de la luz eléctrica en los pueblos y por el uso de linternas en tiempos más recientes. Si bien en la década de los 70 del siglo pasado todavía en algunas localidades se podía contemplar la estampa de algún labrador que iba a regar en las noches veraniegas alumbrado por la escasa luz de un antiguo farol de hojalata.

Los oficios de calderero y de hojalatero se aprendían generalmente en casa, siendo transmitidos los conocimientos de padres a hijos. Los hijos de estos artesanos acudían a ayudar a su padre en cuanto salían de la escuela, acompañándole también en las visitas que hacían por los pueblos.

El oficio tradicional de la calderería perduró hasta las últimas décadas del siglo XX, cuando ya se empezaron a utilizar nuevos materiales y poco a poco se fueron dejando de reparar los antiguos calderos.

Uno de los últimos caldereros fue José Mezquita Prieto, de San Juan del Rebollar, quien hace años me mostró cómo ejercía su oficio y me permitió fotografiarle en acción, aplicando remaches a viejos calderos de cobre para que pudieran continuar prestando servicio, igual que en aquellos tiempos en los que, lejos de la vorágine consumista propia de nuestros días, nuestros antepasados daban un gran valor a sus escasas pertenencias y alargaban la vida útil de los objetos de uso cotidiano.

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