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Daniel Ramírez, escritor y periodista: "Hay historias que necesitan el paso de una generación para ser contadas"

"La cultura, a través de libros y de guiones, supone una buena manera de hacer memoria"

El escritor y periodista Daniel Ramírez.

El escritor y periodista Daniel Ramírez. / HUGO G. PECELLÍN

Natalia Sánchez

Natalia Sánchez

Daniel Ramírez es periodista y escritor. Trabaja en Onda Cero y como redactor jefe en El Español. Ha publicado libros de ensayo, reportaje y poesía y tiene un nuevo título bajo el brazo.

Acaba de publicar "Los días que no existieron" ¿cómo gestó esta nueva novela?

Como periodista, en un momento dado, una fuente pone en mis manos unos papeles que sitúan a los nazis refugiados en España con identidad falsa tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Esta fuente no me permitió publicar un reportaje. Yo insistí, pero me pidió que no lo hiciera. Llevaba tiempo buscando algún argumento para una nueva novela y me dije que tenía que llevar a la ficción lo que no podía hacer en la realidad. Quería encontrar a un viejo nazi refugiado con una identidad falsa, que tuviera un pasado misterioso, inundado de cuentas por resolver y tenía que encontrarlo y poder arrimarlo al precipicio de las grandes preguntas.

Aborda, por lo tanto, la memoria y el olvido.

Sí. Es un thriller en el sentido clásico del término. Es una novela que pretende llevar al lector de la primera página a la última a una velocidad vertiginosa a través de una historia que tiene misterio, que tiene cierta dosis de acción. La búsqueda del viejo nazi es un asunto que tiene que ver con la memoria y con cómo evoluciona a lo largo del paso del tiempo la violencia política. Tanto tiene que ver con la memoria que yo estaba escribiendo ya la novela y en un momento dado mi abuelo, que tiene 95 años, me contó que él fue extorsionado por ETA. Esto para mí fue algo catártico, porque es algo que él no contó a mi madre y a sus demás hijos. Hay historias que necesitan el paso de una generación para ser contadas. Este hecho me obligó a una revisitación de mis recuerdos y además me estaban pasando tantas cosas en lo personal que sentía que a la protagonista le tenía que estar sucediendo algo parecido porque las novelas que funcionan son aquellas en las que se percibe que hay verdad dentro de ellas. Así se me ocurrió plantear a la protagonista Julia como una periodista que persigue al viejo alemán refugiado en Madrid y dotarla de esa condición de víctima del terrorismo. A su abuelo lo mató ETA y es un crimen que está a punto de prescribir y que ella ha dejado de lado para intentar sobrevivir. En la búsqueda de este viejo nazi va a resonar el asesinato de su abuelo y ella se va a atrever, por fin, a investigar también lo que pasó con su abuelo.

El autor con su novela entre las manos.

El autor con su novela entre las manos. / Hugo G. Pecellín

Julia es una periodista que investiga, ¿es un poco un alter ego suyo?

Hay algunas cuestiones como la profesión que yo comparto con Julia, el amor por la literatura, por el reportaje con nervio y colmillo, pero no creo que sea un alter ego mío en el sentido de que ella tiene virtudes que yo no tengo, tiene defectos que yo no tengo. Es un personaje de ficción. Elegí que fuera periodista porque me parecía que esa búsqueda del viejo nazi y la búsqueda también de los asesinos de su abuelo me permitían dotar a la novela de un gran ritmo.

¿Por qué ha elegido a una mujer como protagonista?

Por las capas de profundidad. Yo sentía que si la protagonista, Julia, era una mujer me permitía dar mucha más profundidad psicológica a la novela, y que el contrapunto con el viejo nazi y el contrapunto con los asesinos de su abuelo me permitía explorar planos muy interesantes que no hubiera podido explorar de otra manera. Creo que el personaje de Julia tiene esas capas de profundidad en la concepción del amor, de la violencia política, etc. No digo que los hombres no la tengan, pero creo que Julia me permitía dar más profundidad.

En la novela aparece ETA, existe una trama nazi, pero de alguna manera también está presente el bombardeo de Guernica.

El bombardeo de Guernica se me cuela en la novela y se convierte en un acontecimiento central porque, mientras que escribía la novela intentaba mantener muchas entrevistas con personas que hubieran vivido en la realidad avatares y peripecias parecidas a las que yo contaba. Me entrevisté con terroristas de ETA, con mercenarios que asesinaron ETA o con el último ministro de Franco e incluso me entrevisté con personas que habían sobrevivido a la ocupación nazi en distintos países o con soldados de la llamada División Azul que compartieron frente con los nazis. Y en un momento dado, localizo a la hija de uno de los pilotos nazis que bombardearon Guernica. La llamé y le comenté que quería hablar con ella como escritor para tomar notas para la ficción. Ese encuentro y esas conversaciones con ella para mí fueron determinantes para mi personaje del alemán Gustav Hafner.

El peridista y escritor Daniel Ramírez.

El peridista y escritor Daniel Ramírez. / Hugo G. Pecellín

Comentaba que su abuelo compartió, tras dos generaciones, que ETA le extorsionó. ¿Por qué nos sucede?

Creo que los episodios de la violencia política, tanto el nacionalsocialismo, el franquismo, es decir, los estados totalitarios, pero también de las bandas terroristas, el IRA, ETA, etc., dejan tal cantidad de dolor en quienes lo padecen, que, muchas veces, se adopta como método de supervivencia el silencio, tanto para sobrevivir uno mismo como para permitir que las generaciones venideras puedan mirar hacia adelante y vivir sin rencor. Por mi experiencia cuando hablas con personas que tienen ahora de 80 años para arriba, te cuentan que después de la guerra no se hablaba de ella, del franquismo. Hasta que no se produjo la Transición, tampoco se hablaba con verdad y con ecuanimidad. Y el "boom" de novelas y de productos cinematográficos sobre ETA, se está produciendo ahora. Y eso está empezando a suceder ahora, cosa que celebro, porque creo que la cultura, sobre todo los libros de historia, pero también las novelas y los guiones, supone una buena manera de hacer memoria. Lo que me parece una mala manera de hacer memoria es cuando esa memoria está en manos de la política, que lo embadurna todo de odio, de división y de polarización.

Han pasado varias generaciones y todavía hay personas enterradas en las cunetas, lo que supone una herida abierta.

He compartido momentos con gente que estaba buscando a sus familiares en las cunetas y con gente que no los encontraba, y con gente que los había encontrado. En España, por nuestra tradición judeocristiana, enterrar a nuestros muertos es una parte fundamental del duelo. Uno de los grandes errores de las llamadas políticas de memoria ha sido no situar como prioridad la búsqueda y el hallazgo de los cadáveres en las cunetas y todavía hoy no se está llevando a cabo ese proceso en plenitud. Creo que, además, es una medida que si se pusiera en el centro del debate sobre la historia reuniría un gran consenso. Yo no me creo que haya alguien que pueda estar en contra, independientemente de la ideología que tenga, de que una persona pueda enterrar a su padre, a su madre o a su abuelo.

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