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Violencia de género

El calvario de Andrea, víctima zamorana de un homicidio frustrado: "Cada 20 días un policía me llama para saber si estoy viva o muerta"

Tras un intento de asesinato, Andrea vive atemorizada y bajo protección, mientras su agresor disfruta de libertad, lo que la obliga a cambiar constantemente de domicilio y trabajo

Andrea, víctima de violencia de género, sujeta un pañuelo con fuerza.

Andrea, víctima de violencia de género, sujeta un pañuelo con fuerza. / José Luis Fernández

"El precio que he tenido que pagar para seguir viva es no ser yo". Si la tristeza pudiera palparse habría salido de las entrañas de Andrea y hubiera traspasado la línea telefónica que la lleva a esta conversación.

Andrea muestra el dispositivo que le alerta si su ex pareja está cerca. | JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

Andrea muestra el dispositivo que le alerta si su ex pareja está cerca. | JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

Han pasado tres años y un mes desde que su ex pareja intentó asesinarla en una bodega a las afueras de Fuentesaúco, 161 semanas viviendo fuera de su hogar en dos casas de acogida, 1.125 días temiendo por su vida y por la de todos la que la rodean: "Siento la responsabilidad de que no les pase algo a las personas de mi alrededor. Si eso pasara, no me lo perdonaría nunca. Cuando mis hijos vinieron a verme les puse protección sin que ellos lo supieran", explica. "Una persona como él puede mandar a alguien para que me pegue un tiro", añade la víctima de violencia de género.

Habla despacio, casi susurrando, como si las palabras pesaran al salir de su boca, como si la vida se hubiera ido aquel 5 de febrero de 2023, aunque en el fondo, así fue: "Si pudiera, recuperaría a la Andrea de antes. Aquella que creía que la vida era alegría, que era feliz. No esta versión de mí misma en la que apenas me reconozco, que llora por los rincones y que recuerda en bucle lo que ocurrió aquella noche. Ya no veo a la gente de la misma forma", asegura.

A veces, la tristeza y la apatía dan paso a la ansiedad, al miedo, y por último, a la depresión. Es entonces cuando Andrea se medica: "Me cuesta dormir aunque lo intente. Dejo que pase la noche, el día y otra vez la noche. Solo quiero que esta pesadilla se termine de una vez por todas".

El recuerdo constante de aquella noche no es lo único a lo que tiene que enfrentarse. El saucano apodado "El Huracán", de iniciales J.G.I., goza de la libertad que Andrea no puede tener: "Él hace su vida como se le antoja. Disfruta de la vida como quiere. Yo no lo puedo hacer. Tengo que estar pendiente de dónde estoy, de a dónde voy, del dispositivo que me avisa si está cerca y, si suena, me empiezo a poner mal. La carga está cayendo sobre mí, no sobre él", explica.

"La jueza y la fiscal creen que este dispositivo me cuida, pero no es así, esto no es cuidarme. El saber que este individuo está cerca de mí me provoca tal malestar que debo tomar una medicación tan fuerte que me dopa", señala. "Esto no es vida. Vivo atormentada. Todo esto no me está dejando ser yo porque siempre estoy pendiente del aparato, de si suena, de si no suena. Debería ser yo la que está tranquila", sentencia.

Andrea ya ha perdido la cuenta de las veces que "El Huracán" ha intentado ponerse en contacto con ella: "Tengo que estar cambiando de trabajo cada poco, porque en cuanto él se entera de dónde estoy, aparece. Al final acaba viniendo la policía a protegerme, pero eso no le gusta a la gente. Siempre trabajo en cocina, y si de repente entra la policía al local los clientes no saben qué está pasando, nadie les va a explicar que soy víctima de violencia de género porque queda mal visto", relata. "He cambiado de dirección, de trabajo, de ciudad… ya estoy cansada. No sé cómo lo hace pero siempre me encuentra" dice la víctima. "Cada 20 días un policía me llama para saber si estoy viva o muerta. A mí no me tienen que vigilar como si fuera un delincuente. El que tiene que estar encerrado es él", reclama.

A miles de kilómetros de su familia, Andrea lleva una doble vida: "Trato de disimular. Como madre tengo que protegerlos, ¿me entendés?", pregunta. "En diciembre hizo dos años del fallecimiento de uno de mis hijos. Las medidas de protección, la falta de dinero y el proceso judicial en el que me veo envuelta me impidieron acudir a despedirme de él", explica. Una actitud que no tardó en llamar la atención del resto de sus hijos y de su ex marido: "Siempre he tenido una muy buena comunicación con ellos. Todos se extrañaron al ver que no fui. Nunca les he ocultado nada y ahora tengo que mentirles. Pienso que si ahora les cuento todo me van a reclamar el no haber confiado en ellos antes. Yo siempre les he dicho que confíen en mí, y ahora estoy haciendo lo contrario a lo que les enseñé", se lamenta.

Andrea narra lo que muchas veces no se cuenta, lo que se pasa por alto y lo que se perdona: "Me gustaría que las mujeres sepan que cuando les dicen que ‘no valen para nada’ o que ‘no sirven’ se trata ya de una agresión. Que hablen, que se comuniquen con alguien que las pueda ayudar", procedimientos que ella no hizo y que ahora, desde su experiencia, anima a que otras mujeres lo hagan por ella. "Yo he llegado a pensar, cuando algo no me sale bien, que él tenía razón. Al final, estás viendo como se te va la vida, como te la está arrebatando, y tú, no puedes hacer nada. Hay que pararlos a tiempo, porque este tipo de individuos creen que tienen más derechos que una misma. Y no es así", sentencia.

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