Entrevista
Tomás Sánchez Santiago, zamorano Premio Castilla y León de las Letras: "Ahora hasta el pensamiento se delega en los influencers"
El escritor y poeta zamorano atesora una larga trayectoria literaria en la que ha cultivado la poesía, la novela, el ensayo y la crítica literaria

El poeta zamorano Tomás Sánchez Santiago. | ICAL
Esta semana se ha hecho público que usted es el Premio Castilla y León de las Letras 2025, un galardón que reconoce su trayectoria literaria.
Reconocer una trayectoria es dejar en evidencia que uno ya tiene una edad y un camino recorrido. Ha habido un jurado al que le ha parecido oportuno que este premio fuera para mí y lo acepto agradecido.
El jurado remarcó que se lo otorgaba por "su permanente compromiso ético y crítico y por su mirada humanizadora hacia lo cotidiano y lo pequeño, convirtiendo las cosas humildes y auténticas en materia literaria".
Quisiera creer que no es un argumento meramente literario, sino que es parte esencial de mi actitud ante la vida que he podido volcarla en la escritura. Tengo la convicción de que el sentido del ser humano en el mundo no lo marcan los poderosos, sino que hay una pulsión, casi subterránea, de esos seres anónimos que son los que realmente nos convencen de que merece la pena vivir. El hecho de atender precisamente el perfil de esas criaturas implica una actitud ante el mundo. La actitud de quien no está dispuesto a servir a los dictámenes de quienes manejan los hilos de la vida colectiva. Y algo de eso creo que puede haber en la poesía que he escrito. Por poner un ejemplo, en el libro "El que desordena" lo que proponía era dar la imagen del poeta como alguien desobediente que no estaba dispuesto a aceptar las reglas del juego como nos las han impuesto y nos las siguen imponiendo desde muchos frentes.
¿Siempre ha tenido esa mirada crítica?
Supongo que hay una evolución. Toda obra creativa, sea la que sea, tiene que ir al compás de la experiencia, y la experiencia la marca la edad. Desde siempre, me he sentido conmovido por esos seres probablemente porque desde siempre he tenido una convivencia relativamente estrecha con ellos. Aludo a los zapateros y al público en general que iba por la tienda de mi padre. Eso me ponía en contacto frecuente con los valores de esa gente, de ese público, que solían ser campesinos que venían a la ciudad a buscar zapatos, o gente del barrio de San Lázaro y de la calle Feria, que eran gentes sencillas, que tenían una manera de amar la vida muy distinta a la que nos imponen muchas veces. Me crié y me alimenté de esa naturaleza, de esos caracteres, y supongo que después, cuando empiezas a escribir, lógicamente tienes esa especie de bastidor presente de continuo.

"Ahora hasta el pensamiento se delega en los influencers" | ARCHIVO
¿Cómo comenzó en la escritura?
Todo escritor empieza a escribir leyendo. Si tengo que pensar en cómo empezó todo, tengo que hablar de lecturas. El aprendiz de escritor lee y se dice a sí mismo "yo quiero ser este, el que estoy leyendo". Con lo cual, hay una inevitable primera etapa de imitación. Con el tiempo, te vas dando cuenta de que quieres escribir, pero no para ser ese autor al que has leído, sino para ser tú mismo. Ahí es donde empiezan a aparecer los trazos de una personalidad propia, algo que empezó en la adolescencia. El lenguaje para mí empezó siendo un asunto elemental, en el sentido de básico. Recuerdo que me gustaba mucho escuchar palabras y apuntarlas aisladas, sin más, y, cuando las escribía, me parecía que las estaba dibujando. Es algo que tiene que ver con el pensamiento mágico. Empecé un poco, por esa fascinación. Y luego ya todo se fue complicando.
Y esa fascinación le llevó a estudiar Filología Hispánica y a ser profesor de Lengua y Literatura.
Era el territorio donde yo sentía que podía entender el sentido de las cosas, de las palabras. Para mí el lenguaje, en cualquier sentido en que se utilice este concepto, es la traducción del alma. Hice una carrera para desentrañar mejor el alcance de las palabras. Me interesa mucho la etimología, cómo las palabras van variando, cómo son unas criaturas traviesas que no obedecen del todo el destino que se les tenía previsto en un primer momento. En consonancia con esa desobediencia es cuando mi escritura también tiene algo de traviesa. En todo lo que he escrito hay un entrecruzamiento de registros. Hay poemas que pueden parecer relatos, hay poemas que pueden parecer parte de un diario como en "El que menos sabe", donde hay fabulaciones en la prosa que he escrito en que aparece el vuelo lírico, incluso otros lenguajes que no tienen que ver con el lenguaje estrictamente literario, como puedan ser recetas de cocina o recetas médicas o lenguaje administrativo o críticas de cine. Para mí todo lenguaje es literario, todo lenguaje es poético. No se trata de elegir un lenguaje especial que niegue el lenguaje habitual, sino de saberlo utilizar emplazado de manera adecuada para hacer de ello una obra literaria.
El poeta es el que siempre escucha y tiene que atender al otro, nutrirse de las palabras del otro
Cuando empieza a escribir, ¿tiene claro si va a ser un poema u otro género?
No siempre tiene uno claro lo que va a escribir. Otras veces, cuando se te aparece ese primer fogonazo, sabes que eso va a formar parte de un relato más o menos largo. A lo mejor luego el relato es más largo que un relato. Cada texto tiene su propio latido. Por mi experiencia personal, el poema se te aparece. Recuerdo oírle a José Hierro decir que lo primero que se le aparecía era una música. A todos los poetas se nos aparece algo. Puede ser una música, puede ser una sola palabra, puede ser un primer verso... una materia a la que agarrarte. Aunque hagas un poema no tienes contenido para un libro. El poema queda ahí y no sabes muy bien qué hacer con eso, pero va creciendo, a su manera, como si fuera un organismo que tampoco depende de ti ni de tu voluntad. Al final, hay un momento en que te das cuenta de que eso tiene ya un alcance y ese alcance puede ser narrativo, o puede ser poético, o puede ser ensayístico. Lo que hay que saber, me parece a mí, es esperar a escucharlo del todo para saber qué hacer con él.
Habla de saber escuchar, algo complejo en estos tiempos de tanto ruido.
España es el país del ruido. España es el país de la confusión. Un exceso de ruido impide el pensamiento y yo creo que eso tiene que ver también con en esta época tan desdichada que estamos viviendo, donde hasta el pensamiento se delega en los influencers. El ruido cada vez cobra ese sentido nefasto de propiciar una especie de ignorancia apasionada. Contra eso, el poeta siempre es el que escucha. Además, tiene que escuchar, si es posible, las palabras vivas. La voz es un ingrediente, yo diría que misterioso. Es un agente que le da a la palabra la vitalidad que ella no tiene cuando se piensa nada más, incluso cuando se escribe. Escuchar implica recibir a la palabra mientras vuela y en segundo lugar, atender al otro. Nutrirte de las palabras del otro. Cualquier escritor lo sabe. Él no es el dueño de sus palabras y todas las palabras que pone en el texto no son del todo suyas. Las oyes, las escuchas... pertenecen a quien menos supones en ese momento.
En el Museo de Lobo tiene que estar el archivo personal del artista
Pero el escritor las pasa por su matiz.
Sí, las pasas por tu tamiz, pero tú eres un poco ladrón. El escritor tiene que saber robar palabras. No robar palabras para usurpar el territorio de nadie, sino para intentar mejorar lo que está haciendo con lo cual la obra adquiere, quieras que no, un sesgo colectivo. La palabra escuchada es una palabra compartida y es una palabra que nos lleva a creer en la existencia, en la vida y, por tanto, también en la creación.
¿Qué autores le han influido?
Empiezas a ciegas manoteando en aquella época de enciclopedias y de bibliotecas no nutridas de los años 70. Leí muy pronto a Baudelaire, que me inquietó muchísimo y me vino a decir que todo tema puede ser poético. Yo diría que los más persistentes han sido Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda y José Ángel Valente. Ya no de una manera instintiva, sino con algo más de conciencia. De ahí saltas al 27 y descubres, sobre todo, a dos poetas, a Lorca y a Cernuda. Sigo leyendo poesía medieval, sobre todo, popular. Y sigo leyendo con bastante frecuencia la poesía de los arcaicos griegos. Aunque solo sean jirones de poemas, aparecen ya versos que son verdaderas sentencias sobre la poesía. Hay una ensalada de lecturas que se ha ido nutriendo con los años también con Rimbaud y Rilke, y muchos poetas actuales, amigos, que realmente me alimentan. Si no fuera por ellos, uno tendría que ir demasiado solo en la vida.
Zamora tiene unas figuras muy relevantes y creo que existe una responsabilidad muy alta en no difundir suficientemente las obras de estos creadores
Ha cultivado también la novela. La titulada "Calle Feria", ¿le dio a conocer como escritor para el gran público?
Sí, puede ser que "Calle Feria" me diera a conocer un poco más, lo poco que se me ha dado a conocer, porque tampoco soy un autor de multitudes. Yo siempre digo que la poesía sobre todo es música de cámara y yo creo que la literatura, en general, también debería serlo para los que realmente quieren ir, no para los que van buscando otra cosa que va más allá del texto.
¿Qué radiografía efectúa usted de la literatura del momento actual?
Ahora mismo está pasando algo que es inquietante y es la facilidad para publicar, y digo facilidad para publicar de cualquier manera. Ya sé que es complicado para mí también encontrar un techo, pero ahora mismo cualquiera que quiera publicar tiene editoriales que te lo propician. Esa facilidad yo creo que está confundiendo un poco las cosas. La poesía, por ejemplo, se está confundiendo con el espectáculo. Estoy viendo que en la literatura actual los autores tienen más preocupación por el propio autor como personaje que por la obra que de la que están tratando. Se trata de esa palabra que es un poco controvertida, que es conseguir visibilidad a costa de lo que sea. Y el escritor tiene como espacio natural la penumbra. Recuerdo a Carmen Martín Gaite que, en una ocasión, una muchacha le pidió consejo para llegar a ser una escritora y la respuesta que le dio fue tajante. Le dijo: "Cómprate una cadena con un candado, átate a la pata de la mesa y tira la llave porque no hay otra manera". Un escritor no tiene que ser un ser triste, desdichado y maldito, ¡ni mucho menos!, pero sí que tiene que estar siempre alerta y no creerse todo lo que le cuentan.
Otro de sus registros corresponde al ensayo donde ha otorgado visibilidad a zamoranos relevantes como Delhy Tejero, Baltasar Lobo, Miguel Berdión o Claudio Rodríguez, incluso usted fue uno de los fundadores del Seminario Permanente que divulga la figura del poeta.
Lo he hecho porque son grandes. Cuando empecé a conocer la figura y la obra de Delhy Tejero era una pintora ya estudiada, había tesis sobre ella, pero me di cuenta de que no daban la talla de todo lo que fue ella. Quise contribuir un poco simplemente a mostrarla, a que se supiera realmente cuál era el alcance de su pintura. Con Miguel Berdión no conseguimos nada, digo conseguimos porque se implicó conmigo Miguel Manzano, en los años 90, para convencer a alguna institución zamorana para que la figura de Miguel Berdión y su obra no se perdiera. En aquel momento había testigos, había alumnos incluso que habían recibido clases de él... Existía la posibilidad de poder hacer una biografía que nos acercara mucho al propio Berdión y además habría que rescatar todas sus composiciones. Manzano y yo hablamos con ciertos políticos zamoranos que no nos hicieron ni caso porque les proponíamos que hubiera alguien a quien se le pagara lógicamente un tiempo para que se preocupara de rastrear, de investigar... Realmente, al final, Miguel Berdión se ha quedado en una calle secundaria de Zamora.
El lenguaje, en cualquier sentido que se utilice este concepto, es la traducción del alma
Y ¿Baltasar Lobo?
Cuando en los años 90 conocí su obra me pareció tan sugestiva, tan interesante, tan llena casi de esa candidez que él es capaz de trasladar a una materia como puede ser el bronce o el mármol, que me gustó mucho. Lo único que he hecho sobre Lobo es una edición al alimón con José Luis Puerto de un "Platero y yo" que estaba perdido, lo recuperamos y estoy muy satisfecho. Aunque hay que decir que todavía la obra de Lobo está por recuperar como hay que recuperarla. Y no solamente su obra escultórica, que ojalá tenga un lugar digno, sino también todo eso que se nos ha olvidado, el archivo de Lobo. En los años 90, cuando hablé con las hermanas de Lobo, me dijeron que el archivo del escultor estaba en París y ellas me hablaban de cartas de Octavio Paz, de Blas de Otero... yo no sé dónde está eso ahora mismo. Todavía hay que hacer mucha labor por parte de quienes tienen que hacerla, que son nuestros responsables políticos, porque hay una cosa que se llama la política cultural y, sobre todo, los investigadores y los profesores que están y tienen que estar pendientes de salvar lo que hay que salvar.
¿Está de acuerdo con la ubicación del futuro Museo Lobo en el antiguo Ayuntamiento, en la actual sede de la Policía Municipal?
No me parece suficiente. La obra de Lobo está esperando a que se la emplace como debe en diversos lugares. Son esculturas de gran volumen y se merecen un museo de mucha más entidad. Tuve envidia realmente cuando, hace no mucho, tuve la ocasión de ver el museo que hay dedicado al escultor Pablo Gargallo en Zaragoza y pensé que uno así querría para Lobo. Es verdad que es un museo que está avalado por varias instituciones y es verdad que Zaragoza no es Zamora. Yo me puedo hacer cargo de que Zamora es una ciudad muy desatendida y de que sería muy difícil mantener un museo como debe mantenerse. Lo que no podemos hacer es presentar, de manera impropia y parcialmente, una obra de un escultor que tiene que estar dignamente representado. Y no solamente la obra del escultor, sino toda la documentación posible para hacer un museo que podría ser perfectamente no solo exclusivo de Lobo. Regentar eso, exige unas condiciones, para empezar económicas, que me imagino que son las que espantan a las autoridades políticas. Una vez más, topamos con Zamora, topamos con una provincia que no le interesa a nadie, ni siquiera a la autonomía.
Y Claudio Rodríguez, una de sus referencias...
Claudio ya se defiende por sí solo. No hay otro como él. Si amamos a nuestra tierra, realmente hay que amar a los más grandes también de nuestra tierra, que es gente muy comprometida con su trabajo. En la pintura Delhy Tejero, en la escultura Baltasar Lobo, en la música Miguel Berdión, en la poesía Claudio Rodríguez, y en el pensamiento Agustín García Calvo. Estoy hablando de figuras a unos niveles que van más allá del paisanaje y yo creo que existe una responsabilidad muy alta en no difundir suficientemente las obras de estos creadores.
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